25-oct. Nuestro modo de hablar de Dios

Cuando decimos hoy que necesitamos cambiar nuestro lenguaje sobre Dios, afirmamos al mismo tiempo dos cosas: (1) que podemos, fruto de nuestro conocimiento y de nuestras experiencias y vivencias personales, hablar de Dios, y que nuestra capacidad racional da para ello, y para que nos podamos entender, y para que seamos entendidos por otros que quizá nunca han escuchado una palabra sobre Dios; (2) que existen muchos lenguajes posibles sobre Dios, unos mejores y más cercanos, otros más equívocos y distantes; todos ellos parten de las limitaciones y grandezas de nuestro conocimiento de las realidades craedas; y que por lo tanto debemos estar atentos a nuestras palabras, porque son relevantes.

En cualquier caso, ¡cuánto me alegro de que ninguna cultura haya reflejado la experiencia religiosa en palabras que sólo unos pocos podían conocer, y en lenguajes ocultos. Todas, para hablar de Dios, utilizan las palabras que tienen a mano, los verbos que tienen a mano, el lenguaje de la vida cotidiana. Y desde él, se alzan y atreven a lo sublime y a lo eterno. ¡Qué grande!

En este sentido, es muy clarificadora por ejemplo la experiencia de la paternidad en la tierra para hablar de la Paternidad mayúscula de Dios con todos los hombres. Según algunos, hay quienes tienen limitaciones a la hora de hablar de Dios como Padre, porque esa palabra refleja para ellos una relación poco sana, decepcionante o dañina; mientras que para otros, sería todo lo contrario, en función de su propia experiencia de paternidad, más bondadosa, de mayor confianza, más cercana. Lo que en ocasiones no nos planteamos es que esta “palabra” nace en la vida del mismo Jesús, y que es Él quien nos la comunica desde su encarnación, desde sus relaciones familiares, y también desde el trato con la Palabra, en el Antiguo Testamento. Las palabras, además, nos llevan a la acción, a comportarnos y vivirnos, a buscar de un determinado modo. No es lo mismo “Padre”, sabiendo que es Jesús quien lo pronuncia, que “Papaito”, que “Papá”, que “Abuelo”. Respondemos de modo diferente a su Palabra.

Respecto al modo como hablamos de Dios, la Iglesia insiste en dos puntos muy importantes:

  1. El mejor lenguaje para referirse a Dios es el de las personas, y el de las relaciones personales. Dios es personal, se ha revelado como un Dios personal. Porque Dios quiso dejar su huella en el hombre, creado a su imagen y semejanza. Y este “parecido” nos permite reflejar la perfección de lo infinito. Y en el hombre encontramos ese deseo de más, esa aspiración a la grandeza, la capacidad para nombrar incluso aquello que no puede alcanzar con sus fuerzas, pero sí soñar.
  2. El lenguaje humano debe purificarse, reconocer su límite y no hacerse absoluto, de modo que no nos lleve a confusión. Podemos decir en catequesis que Dios es amigo, siempre y cuando la amistad esté clara en lo que significa, y siempre y cuando cuando sepamos que Dios no es un “colega”. Nuestra semejanza con Dios se construye en la enorme difernecia y distancia que  hay entre el Creador y la criatura.

Además, contamos con la revelación, con una Palabra en la que Dios se ha contado a sí mismo, encarnada en Jesús. Dios habla, y ha hablado, y sigue y seguirá hablando. Misterio abierto con lenguaje asequible al hombre, para que el hombre entienda, acoja y comparta.

Y también, respecto del lenguaje, estamos llamados a compartir comprensiblemente unos con otros aquello que conocemos de Dios. En un ejercicio de discernimiento común, más que de autoridad y de enseñanza, superando dogmanismos e iluminismos, para iluminarnos y ayudarnos en el caminar. Aquí las palabras que son comunes, las experiencias que son comunes, el enriquecimiento mutuo en el que superamos los propios esquemas, se vuelve a nuestro favor como elemento purificador en el que yo intento conocer más allá de lo propio, sin hacer lo mío lo exclusivo de la Iglesia.

Algunos han abogado, a lo largo de la historia, por una comprensión negativa de Dios, en la que el hombre sólo puede decir aquello que Dios no es. Algo que, aunque parezca muy real, nos hace caer en el desconocimiento de Dios, en la no aceptación de su Palabra y de la revelación. Una cuestión es decir que Dios siempre es “más” y otra, muy distinta, negar toda posible expresión de Dios.

Después de esta pequeña reflexión sobre el lenguaje y Dios, creo que sería bueno entre los cristianos reconocer que, si bien por lado necesitamos una forma de hablar de Dios que llegue más a la gente, también sería muy conveniente para nuestra fe y nuestra espiritualidad, para nuestra relación con Dios en la oración o la misión, recuperar un respeto bien entendido y una cierta unción a la hora de hablar de Él y de nombrarle, y de llamarle. En esta actitud, de toda la persona y de toda la comunidad, se recuperaría el sentido hondo del lenguaje sobre Dios, de quien no podemos hablar, y eso sí es cierto, de cualquier modo.

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24-oct. Conocer a Dios

Las razones no convencen al hombre moderno. Al mismo tiempo, no puede prescindir de la razón. Se ha vuelto un sujeto “transracional“, utilizando la razón no tanto como guía, sino como filtro. De tal manera que la razón se exige en tanto que la fe debe ser razonable y creíble. La existencia de Dios debe comunicarse hoy por otras vías diferentes a las que hasta la modernidad fueron empleadas. El conocimiento, como tal, se debe situar en un contexto apropiado y en la búsqueda de sentido, en verdades que alcancen la totalidad de la vida. Ejercicio al que hoy, incluso con las búsquedas y deseos permanentes en todo hombre, no estamos muy acostumbrados. Sin embargo, el hombre de fe descubre que siempre han estado abiertos ante él, desde la creación misma, dos caminos para llegar a Dios: el mundo y el hombre. En el mundo, con su orden y movimiento y belleza cuestiona y pregunta al hombre, como realidad que no está sostenida en sí misma, que no puede tener ni origen ni final en sí misma. La belleza del universo cuestiona e impresiona al hombre. Por otro lado, el hombre en su profundidad y capacidad, con su apertura a la verdad y al bien se interroga sobre la existencia de Dios a partir de su capacidad espiritual, y descubre en sí una semilla de eternidad, irreductible a pura materia.

Más allá de todo esto, sorprende que Dios quiere que el hombre entre en su propia intimidad. Las pruebas de fe disponen al encuentro. La razón, como capacidad, se queda en el reconocimiento, todavía en la distancia. Pero el hombre busca conocer y amar a Dios.Para ello, más que dejar huellas de sí mismo en el mundo y en Dios, se ha contado a sí mismo y ha abierto para el hombre la posibilidad de acogerle en la fe, relacionarse con él de forma personal.

Lo que la razón alcanza, por tanto, es al Dios del absoluto, al principio y fin de lo creado, como respuesta a los interrogantes del propio hombre, y su búsqueda de sentido. Esa misma razón le permite acoger la revelación y la donación que Dios hace de sí mismo. Sin embargo, la inteligencia y capacidad de conocer del hombre no es un valor absoluto, en la que se pueda confiar sin la necesaria purificación y esfuerzo. El hombre necesita el esfuerzo de su razón para llegar a Dios, y una revisión de sus propias creencias e ideas del mundo. Experimentamos muchas dificultades para conocer a Dios sólo por medio de la razón, “porque las verdades que se refieren a Dios y a los hombres sobrepasan absolutamente el orden de las cosas sensibles y cuando deben traducirse en actos y proyectarse en la vida exigen que el hombre se entregue y renuncie a sí mismo.”