22-oct. Conocer y amar a Dios, más y mejor, es la vida del hombre

El hombre porta dentro una pregunta imborrable, la del sentido de su propia vida. No sólo la de su origen, también la de su meta y horizonte. En muchas circunstancias surge con especial fuerza. Y reclama una respuesta que sólo se encuentra definitivamente en el amor de Dios, y en el amar en su propia vida. El amor constituye esencialmente al hombre, porque éste ha sido creado por Dios por amor y para el amor.

  1. El conocer del hombre comienza al ser conocido y llamado por su propio nombre, al dejarse conocer e interrogar, cuando entra en un diálogo y sale de sí mismo.
  2. El amor del hombre, igualmente, se inicia con el amor que recibe, y por lo tanto, en el dejarse amar en profundidad por quien le conoce últimamente.

Esta verdad de la fe, acogida con fidelidad y concretándola en la propia vida, como una verdad práctica y como una verdad dicha por amor al hombre para que encuentre paz, es capaz de sustentar toda su existencia, orientarle definitivamente hacia el bien, generar comunión entre los hombres, y encontrar y ver a Dios, a quien busca incansablemente. Cuando el hombre acepta, y deja de luchar contra sí mismo, que ha sido creado por Dios para el amor se ve en la tesitura de dar una respuesta que sólo del amor nace y que sólo desea amar más y mejor cada día.

  1. Esta verdad la conocemos en la historia de la Salvación, en la que Dios se revela como Uno y Trino. Padre, origen de todo que llama a todo hombre a compartir su propia vida. Hijo que redime y salva al hombre, roto por el poder del pecado y alejado del amor y dividido como humanidad y en su propia humanidad. Espíritu Santo que actúa en cada persona y la asemeja en lo cotidiano y en la historia al Hijo, haciendo de todo aquel que lo recibe y se deja hacer por él un hombre libre al modo como el Hijo revela la perfecta humanidad.
  2. La comunicación de esta verdad, para nuestra salvación, forma parte del envío de la Iglesia a anunciar la Buena Noticia, a dar respuesta desde el Amor de Dios a los hombres en sus búsquedas e interrogantes, en su sentido hondo y en su horizonte, en su acción y en su compromiso. La Iglesia ante el mundo es este sacramento que, con su palabra y sus obras, hace presente a Dios para que el hombre se encuentre cara a cara con Él.
  3. Dar a conocer a los hombres el camino abierto hacia la salvación y el Reino es recibido por los cristianos con urgencia, en fidelidad. De este modo se predica con fe la fe de la iglesia, se vive la fe en la comunión y amor fraterno en la comunidad de creyentes, se celebra en la liturgia, y cada hombre se encuentra con Dios en la oración.

Hoy estamos urgidos, desde muchos ámbitos, a renovar la catequesis, por medio de la cual los hombres conocen a Cristo, le abrazan con fe, y se incorporan a su Cuerpo, que es la Iglesia. Especialmente entre los jóvenes y entre aquellos que no han escuchado hablar nunca del amor de Dios manifestado en el Hijo, de quienes buscan y sacian su sed en tantos lugares. Pero también, y con igual urgencia, entre los bautizados de Occidente, cuya fe demanda una educación y recepción más intensa y sincera.

CATIC 1 – 25

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21-oct. Fidei depositum

A la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica le antecede una Constitución Apostólica, es decir, una carta de presentación solemne en la que se expresa tanto el motivo y sentido del mismo, como su intención y proyección bajo el título Fidei Depositum (Depósito de la fe). Así se entiende, en parte la Iglesia, con la misión de guardar y conservar la fe; no de aumentarla, hacerla crecer, inventarse cosas nuevas, adaptar otras, cortar y recortar, sino de fidelidad y de acogida alegre. El Espíritu Santo, en esta tarea, irá recordando y centrando la inteligencia y los corazones de los hombres. Es el encargo que el Señor le concedió a ella, de escuchar y meterse en el corazón estas palabras, de abrazar “la mejor parte”, de “meterse en los oídos estas palabras”. Y de esta misión, este catecismo y el sentido de todo el magisterio (enseñanza de la Iglesia), siempre en referencia a la relación que Dios ha entablado con el hombre en el Hijo y por el Espíritu, y ante la que el hombre responde con su propia fe y vida. El servicio de la Iglesia entonces, lejos de ser para sí, debe ser para el Señor y a la escucha de la Palabra.

  1. El encargo, como tal, nace en el Concilio Vaticano II. Busca hacer asequible y explicar mejor la fe en su conjunto, la doctrina cristiana para creyentes y no creyentes. Y entablar así un diálogo con ellos.
  2. Pretende mostrar serenamente la fuerza y la belleza de la fe, abandonando otras posturas, como la condena de los errores de nuestra época. Y así lo dice literalmente. Por lo tanto, se sitúa en el horizonte del anuncio y de la evangelización, de la proclamación de una Buena Noticia, del compartir generoso de una gran riqueza que hace plena la humanidad que todos llevamos y da respuesta a  nuestras inquietudes y preguntas.
  3. Un texto de referencia, no una palabra última y definitiva, que debe concretarse en cada situación y circunstancia convenientemente. No basta con dar el catecismo por ahí, ni repartirlo por las calles. Su lugar propio, según el deseo de quienes lo redactan y de la misión que cumple está en ser referencia. Adaptando a la vida de los cristianos.
  4. Nace de la Biblia y de la Liturgia de la Iglesia, de lo que Dios dice y de lo que los hombres celebran, de lo que Dios comunica y del don que hace Dios de sí mismo.
  5. Una tarea emprendida universalmente, en la que ha participado toda la Iglesia. A diferencia de otros libros, que llevan autor claro y definido, surge del sentir de los fieles, y ha sido consultada dicha fe a lo largo de sus nueve redacciones. Una tarea que podemos definir como expresión de una comunión que va más allá del parecer de muchos; un libro que nace de la búsqueda y de la recta intención e interpretación de la Iglesia misma. Una sinfonía de la fe, en la que suenan distintos instrumentos y voces.
  6. Estructurado en cuatro partes: el credo, la liturgia, el obrar cristiano, y la oración cristiana.

Lo firma S.S. Juan Pablo II después de orar por todos aquellos que se entregan a la labor catequética en la Iglesia, que son muchos, y de presentarlos a todos en comunión ante María.

Mañana más. Y mejor.

AMPI