15-nov. La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia

Éste es el final del capítulo segundo, en forma de recopilación de cara a la vida práctica de la Iglesia y de todo cristiano. Y me hace recordar que existe algo llamado “Lectorado”, un ministerio menor que se entrega en el camino al sacerdocio, que recibí en una pequeña y sencilla celebración en medio de los escolapios jóvenes de mi provincia, en la casa en la que por entonces vivía. Recuerdo perfectamente que, siendo un paso tan pequeño aparentemente, para mí supuso un momento importante en un tiempo de crisis personal y vocacional. Quise abrazarme y confiar especialmente desde entonces en la Palabra, haciendo de ella algo esencial en mi camino. No era la primera vez que lo pensaba, ni que lo quería, sinceramente. Pero entonces lo necesitaba, y lo pedí encarecidamente en mi interior: “Señor, dame luz con tu Palabra.”

Pequeñas experencias como ésta, y tantas otras, recorren mi vida y mi relación con la Sagrada Escritura, educándome en mi camino personal y cristiano. Antes de anunciarla a otros, ha hecho conmigo un trabajo serio, e intenso. Me alegro de poder proclamar con seguridad que Dios, con su Palabra, siempre se ha mostrado cercano, prudente cuando correspondía, y exigente cuando tocaba. Y, lo quiera o no, está en mi día a día, y dice lo que tiene que decir. Hay días que la recibo con intensidad, otros que su fuerza es más discreta. Pero siempre está, siempre acompaña, y va fortaleciendo cada jornada son sus peripecias y aventuras, sin dejarme indiferente.

Habiendo vivido esto, para mí es fácil comprender que se diga que la Sagrada Escritura es fundamento y fuerza de la Iglesia. Quien tiene presente la Palabra también es capaz de iluminar su historia, y la de otros. Viene en su ayuda interiormente, y puede reconocer su presencia en la realidad, actuando en el mundo. Me ha hecho fuerte en la fe, con una confianza y disposición que no he labrado yo mismo, sin más; una actitud y libertad que ha sido sembrada, poco a poco, por el trato mayor y más inteligente, por la escucha más y más paciente cada jornada.

Así entiendo que la Palabra es el alma de la teología, de lo que decimos de Dios, y también de la misión de la Iglesia, en la predicación y en la pastoral. Sin duda alguna es alimento de vida, requisito para quienes se debilitan en su fe, porque encuentran en ella firmeza, y para los que están en momentos de mayor consolación, ya que el Espíritu les empujará a una semajanza más perfecta con el Señor. ¡Cómo no recomendar su lectura diaria! A mí, que me encanta disfrutar de los clásicos y de diversas lecturas, la Sagrada Escritura, con su lectura y evangelio diario, me parece esencial. Ojalá pudiera además ser compartida cotidianamente.

Anuncios

14-nov. El canon de las Escrituras

Todos sabemos que el canon de la Escritura es la norma que establece qué libros son inspirados como Palabra de Dios, recogidos por tanto y tratados como tales, en la Biblia. Se estipuló así en el Concilio de Roma, del año 382, bajo la autoridad de San Dámaso I. Hay otros libros que pueden estar inspirados, de muchas formas, y con muchos propósitos. Pero no son Palabra de Dios, y aquí está la diferencia que se señala entre canónicos y apócrifos. A todas luces, por lo tanto, se nos muestra que para ser tema conciliar, existía otra literatura paralela a la dictaminada, cuyos efectos en la vida de fe y de la iglesia eran distintos a los frutos del Espíritu, y cometían errores sobre la vida de Jesús. La Iglesia sólo puede determinar esto, como también se puede observar, en comunión de verdad con el Señor Resucitado y bajo la acción del Espíritu. El canon no sólo es una palabra dada en la historia de negación, que hubiera sido más fácil quizá, sino una afirmación recogida para siempre sobre la Palabra de Dios y la vida cristiana.

En total 73 libros, de muy diversas épocas, agurados en el Antiguo Testamento (46 escritos proféticos, sapienciales, incluso novelescos) y el Nuevo Testamento (27 textos, siendo centrales los cuatro evangelios). Tanta exahustividad y finura sólo puede venir del Espíritu. Siendo tantos libros debemos establecer un orden. Pero el orden, no está dentro del canon. Ni siquiera en las Biblias que se editan. Lo fundamental es el contenido.

Me sorprende que a ninguno se le haya ocurrido tirar abajo el Antiguo Testamento, dejarlo meramente como reliquia histórica, como leve intento, como aproximación de segunda categoría. Bueno, se le ocurrió a más de uno. Pero la Iglesia, en su sabiduría, se dio cuenta de que esto no podía ser así. Porque divinamente inspirados, significa que son Palabra de Dios dentro de la pedagogía de preparación del Hijo. Un camino recorrido, acompañados y en diálogo, en el que se significa tanto la cercanía de Dios con el pueblo de múltiples marenas, como también el deseo de los hombres, en ocasiones frágil y envuelto en pecado y maldad, por buscar a Dios hasta encontrarlo. Y, por tanto, son un gran tesoro. Que no ha perdido actualidad, aunque ha encontrado el prisma definitivo desde el que ser leído auténticamente.

El Nuevo Testamento tiene por objetivo central a Jesucristo, y todo lo que de él se deriva, como origen e inicio de la Iglesia bajo la acción del Espíritu. Aunque es así realmente para toda la Escritura, en el NT queda patente y claro. De ahí la necesidad del canon, porque no se trata sin más de hablar de Jesucristo o de contar cosas sobre él, sino de hablar con verdad y como Palabra de Dios permanente y perenne para la humanidad. Dios encarnado, Palabra hecha hombre que en sus actos y palabras, especialmente en su pasión y glorificación, da a conocer quién es Dios y revela al mismo tiempo la plenitud del hombre nuevo.

Junto a los Evangelios, como núcleo esencial de la fe, en tanto que la fe es relación con mismo Jesucristo y él es la Palabra, dimanan otros textos de la Iglesia naciente, como las cartas de Pablo o las apostólicas, los Hechos de los Apóstoles y el Apocalipsis. Interesante colección, diversa y variada, que surge de la misma fuente, del mismo Espíritu, con la necesidad de velar y proteger no sólo a las primeras comunidades sino a toda la Iglesia en su historia de peregrina. Interesante colección también de autores, diversos y tocados por el mismo Espíritu.

  1. Personalmente, el canon me devuelve muchas preguntas y me hace reconocer que la fe sigue siendo la puerta de acceso a las grandes verdades de la Iglesia. En relación con Dios, con el Dios vivo y verdadero, y en comunión con la Iglesia, cuando me planteo la necesidad del canon percibo un cuidado exquisito de parte del Señor para los hombres, para que no busquen donde no hay vida, para que sea señalada la fuente de la Vida verdadera.
  2. Supone un signo más de la presencia del Espíritu en la vida de la Iglesia, dispuesto a mantener la verdad y a llevarnos y unirnos con Jesucristo. Muchos fueron los que escribieron, sobre Dios o sobre la vida de Jesús, incluso cartas con el hombre de algún apóstol. Y obligaron al discernimiento sereno. Lo cual lleva, en primer lugar, a reconocer que es el mismo Espíritu el que custodia la integridad de la fe, y no da igual, ni siquiera con buena intención o deseo de acomodar a los tiempos, qué se diga del Señor. Existe un orden, dentro de la revelación, que ha llegado a su plenitud. El ejercicio posterior supone adentrarse, guiado por el Espíritu, en este inmenso tesoro, sin añadir en él.
  3. La unidad del canon implica una unidad de lectura. El Evangelio queda incomprensible en su verdad última sin el Antiguo Testamento, sin la preparación y pedagogía de Dios, y a su vez el AT se reconoce en camino y atento, siendo Palabra de Dios, hacia la encarnación y salvación del Verbo. La unidad implica también coherencia, sin contradicción, y perfección.
  4. Dicho lo cual, y sabiendo cómo se trata a la Palabra de Dios en la Iglesia con esmero, veneración y cariño, me alegro de haber sido conducido de este modo y de no tener por igual, ni de lejos, el Evangelio a otros libros sobre Jesús, o la Biblia a otros libros de espiritualidad. Gracias a Dios es central y constituyente en la vida de fe, y en la expresión de la misma. Por mucho que otros libros me hagan bien, o me propongan una lectura más fácil y sencilla, más asequible y acomodada de la vida de Jesús. El Evangelio como la Biblia no reciben valor por su lenguaje, sin más, sino por la autoría de los mismos.

12-nov. La Sagrada Escritura, inspirada e interpretada

Últimamente, y reconozco que no hace mucho tiempo de esto, he empezado a nombrar como Sagrada Escritura a lo que siempre he llamado Biblia o Palabra. Este pequeño cambio, que en según qué ambientes estés se nota más o menos, resulta significativo. Y me coloca delante de los textos con reverencia y cuidado. La palabra “sagrado” me lleva a Dios, e introduce en el misterio, como “lo santo”. Será una actitud cultual, respetuosa, que a algunos les puede estar sonando seria y distante. Aunque más bien lo vivo al revés, como espacio abierto por Dios, y no por hombre, para el diálogo y la comunicación.

No hace mucho me pidieron algo que me supuso mucho esfuerzo y contrariedad. Estaba perplejo, confundido. Incluso diría que herido y molesto. Lo que más pesaba en mí era la confusión, y aunque sabía lo que tenía que hacer, porque estaba claro, entraba a jugar también mi libertad, mis sueños, mis deseos, mi interpretación de la vida. A todo esto, me topé con un texto de la Sagrada Escritura, que había leído muchas veces anteriormente. No era, en absoluto, algo nuevo. Me lo sabía de memoria. Pero me supo diferente: “Acoge, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios.” Puedo asegurar que sentirse traspasado y trastocado de ese modo, en la agitación y en la prueba, señaló con rotundidad el norte. Y de lo que más me alegro de todo, fue de la actitud de acogida. Una Palabra acogida como amor, que desveló la compañía de Dios en todo lo que sucedía. Una experiencia que, por mucho que se quiera forzar, no se tiene sino desde la acogida respetuosa, sabiendo que no son ni tus deseos ni tus caminos los que se están trazando, sino que alguien te lleva de la mano, o al menos te indica por dónde seguir a la espera de una respuesta. El diálogo estaba abierto, la Palabra estaba dicha.

La Sagrada Escritura permite al hombre entender a Dios, al estar escrita en lenguas humanas, dicha expresamente para el hombre. Esta semejanza con nuestro lenguaje, al tiempo que facilita, también en ocasiones puede volverse una dificultad, y ser objeto de manipulación. Sin embargo, quien escucha a Dios en la Sagrada Escritura, o mantiene esa actitud de fe y atención, encuentra siempre algo nuevo. Estamos acostumbrados a tener entre nosotros la Biblia, pero deberíamos considerar que Dios no quisiera haber hablado, porque su Palabra es fruto de su libertad y amor, no mera condescendencia con el hombre ni respuesta a su capricho y necesidad. Su Palabra es verdad, en la que Dios se da a sí mismo. Es primeramente Palabra que nace de Dios, porque Dios ha querido. Palabra que se ha hecho plenamente hombre, en Jesucristo, Palabra Única e Hijo Único del Padre. De ahí que la Iglesia cuide y venere la Sagrada Escritura, y también la reparte entre los fieles.

En ocasiones me planteo la facilidad con la que tratamos la Sagrada Escritura, sin excesivo cuidado ni cariño, en nuestra vida cotidiana. Y cómo contrasta esta actitud con la liturgia de la Iglesia, que dispone de una presencia especial para ella, un trato digno y respetuoso, e incluso amoroso a través del beso después de la lectura del Evangelio. Sería bello enseñar a los cristianos a amar la Escritura, antes de leerla o estudiarla, sin más, antes de aprenderla. Como quien se educa para desear que Dios hable, o diga algo. Y así, desde ese silencio, que también se vive en ocasiones a lo largo de la vida, estar receptivos, dejarnos sorprender. Creo que sería oportuna, y se hace, esta reflexión más amplia sobre nuestra actitud ante la Sagrada Escritura. Sin duda, todo lo que se haga por dignificarla, redunda igualmente en nuestra capacidad para escuchar mejor lo que el Señor nos dice a través de ella, y cómo podemos en ella encontrarnos con el Hijo. No se trata, con todo, de “un Libro”, ni de “una colección de Libros”, sino de “la Palabra” de Dios, palabra viva que propicia el encuentro entre Dios y el hombre.

La Sagrada Escritura tiene a Dios como autor, y contiene aquello que fue inspirado por el Espíritu Santo, a través de hombres elegidos, dóciles a la voz del Espíritu y dispuestos así a responder con todos sus dones y capacidades a su acción. Por ello estos libros enseñan la verdad sólidamente, para nuestra salvación.

Lejos de suponer para la fe una dificultad el que esté hecha con la participación santa de autores humanos, me resulta una llamada en el Año de la Fe a dar gloria a Dios por la obra en algunos de sus hijos. Entiendo que, en su decisión por acercarse al hombre al máximo para hablar con él, la presencia de estos escritores humanos es un signo más que apoya la voluntad de Dios por respetar y valorar la libertad del hombre, al tiempo que muestra cómo esa libertad, capacidad y voluntad humana no son signos que le separen de Dios, ni le independicen de su origen, sino que bien orientados muestran su más radical belleza y bondad.

Además, el Espíritu ayuda en la interpretación, al modo como entiendo que podríamos dialogar con el autor de un libro, para que nos explique e ilumine los entresijos, los motivos. Nos pone en comunión, en sintonía con el texto, nos prepara para su recepción e ilumina la inteligencia para comprenderlo en su conjunto, no aisladamente, y en relación a la propia vida. El Espíritu no nos mueve a la curiosidad ni al capricho. Le interesa la vida del hombre, con lo que eso significa, y por eso se aproxima a nosotros de semejante modo.

El CVII señaló tres criterios para una interpretación de la Escritura conforme al Espíritu: (1) Prestar una gran atención al contenido y a la unidad de toda la Escritura. (2) Leer la Escritura en la Tradición viva de toda la Iglesia. (3) Estar atento a la analogía de la fe.

Si lo piensas bien, lo dicho en el párrafo anterior, viene a significar liberar la Escritura del peso y de la manipulación de los sectarismos y de las interpretaciones sesgadas. Lejos de plantear un método fácil, nos pone en el camino de la eclesialidad, de la comunión, de la lectura viva y actuante, y de la adhesión de corazón a la Escritura como la unión misma que fe provoca entre Dios y el creyente. Otras lecturas, con métodos más definidos, sólo podrán ser ayuda en la medida en que abran el tesoro que la Escritura porta, y esta llave sólo la tiene el Espíritu. De modo que cuando se acoge como Palabra de Dios, podemos reconocer que el Espíritu actúa en nosotros.

9-Nov. El crecimiento en la inteligencia de la fe

Llamo la atención sobre el título del post, tomado literalmente del CATIC. He preferido no cambiarlo ni tocarlo porque me resulta muy significativo. Se refiere a la inteligencia de la fe, en lugar de al crecimiento en la fe misma. Pero me parece fundamental subrayar que la comprensión lleva a una mejor vivencia, sin identificar por ello que saber mucho signifique directamente vivir mucho. Lo cual no se dice aquí expresamente, aunque sí quedará claro más adelante. Estamos llamados a creer en la inteligencia de nuestra fe, acompañando de igual modo nuestro crecimiento en otras dimensiones de la vida, de igual modo que alguien que comienza a amar desea saber más de la otra persona, o quien se dispone a confiar lo hace conociendo de qué pasta está hecho ese amigo a quien desvelará sus secretos.

Quiere conocer quien ya cree. Y quizá nos pueda servir de signo o síntoma para valorar el estado actual de nuestra propia experiencia cristiana. Si ha movido mi inteligencia, si me ha llevado a valorar otros aspectos, si tengo más cuidado en lo que pienso, si he examinado con un poco de detenimiento la coherencia de ciertas ideas, si he buscado de algún modo detenerme en alguna lectura, o si he podido expresar con razones, más o menos amplias o limitadas, por qué vivo como vivo, por qué creo en el Dios que creo. Sin embargo, con todo lo dicho, la inteligencia de la fe no es producto de la mera acción o interés del hombre, sino fruto de la acción del Espíritu, dada la naturaleza de aquello que querermos aprehender. El Espíritu nos sitúa ante el misterio que no se ve, con una inteligencia capaz primeramente de amar aquello que estamos contemplando o sintiendo. El Espíritu nos mueve a esa introducción que nos hace sentir dentro, y participar, de aquello que queremos ver mejor, con la humildad de una criatura cuya inteligencia es más solícita que exigente.

Tres son las vías que el Catecismo señala al respecto:

  1. La vía de la profundización, al modo de María, que guardaba en su corazón las palabras del Hijo. Este “llevar en el interior”, repasar y revivir, es primeramente una tarea teológica, que tiene también su especialización, aunque es propia de todo fiel cristiano y debería acomodarse a su nivel cultural, social y personal. Nadie dice que esta tarea se haga sólo en los libros, porque se trata de investigar la verdad revelada, de modo que también incluye la necesaria profundización, por ejemplo, en los signos de los tiempos con la adecuada interpretación y discernimiento. De igual modo, nadie dice que esta tarea deba ejercerse en solitario, sino que más bien debe contagiarse y rezumar de la eclesialidad cotidiana y de la comunión necesaria, del diálogo y compartir que forma parte de la misma vida de fe.
  2. La vía de la vida misma, dada por la asidua participación y repetición de palabras en el contexto litúrgico, o en la vida de la comunidad. De este modo hay personas enteramente sabias en los misterios de Dios que no han abierto jamás un libro al modo teológico, o que no se han detenido especialmente a sistematizar su conocimiento, y que desbordan sabiduría e inteligencia espiritual por los cuatro costados. Hay un modo nuevo, siempre sorprendente, de acoger a Dios en la vida cíclica y ordenada de la Iglesia, que nos lleva en espiral a una mejor y más profunda inteligencia acomodándose con paciencia a nuestro mismo desarrollo.
  3. Por último, la vía de la escucha y de la comunión eclesial, expresada por nuestros pastores según el carisma especial que han recibido para el crecimiento y cuidado de la Iglesia.

8-nov. Sentido sobrenatural de la fe

Creer y conocer a Dios nunca dejará de ser un don que sorprende. Primeramente a quien lo tiene, y que por tanto nos cuestiona, nos lleva a agradecer. Nosotros, que creemos, nos damos cuenta de que no lo hemos construido por nosotros mismos, ni nace de nuestras ilusiones, ni imaginación, ni de las ideas. Hemos participado activamente, pero como receptores, confiando, fiándonos, participando, cultivando, creyendo. Hemos respondido, por así decir, a la fe con fe, al don con la gratitud y la responsabilidad de guardarlo. Además, dadas las características de nuestra sociedad moderna cada día más combativa con la vida religiosa, añadiría que llega un momento en el que creer y vivir cristianamente se mantiene y sostiene como don de Dios,al que vamos respondiendo. Y esto nos debería causar sorpresa, igualmente. Tanto el regalo hecho en la fe, como que esa fe perdure en nosotros, y nos dé vida.

Quienes pretenden hacer de la fe un proceso natural en el hombre no saben bien de qué están hablando. Lo siento. Ni tampoco quienes la humanizan hasta el punto de parecer que Dios interviene aisladamente, haciendo de su presencia algo tangencial incluso. Será humano, muy humano. Responderá al hombre, a todas sus inquietudes y dimensiones. Será social y pública, o no será. Pero no dejará de ser por ello sobrenatural, superando al hombre y lo humano, alzándolo a lo divino, haciéndolo digno de participar en el conocimiento de Dios y recibir a Dios mismo. De hecho, tiene en su carácter sobrenatural la esencia de su don y regalo, de lo que Dios quiere para el hombre.

El sentido sobrenatural de la fe se expresa en la capacidad que tiene cada creyente de aceptar y hacer suya la totalidad de la revelación, y entrar por tanto en comunión y conocimiento perfecto de Dios. También, como expresión de lo anterior, en una relación única con otras personas que también han recibido el don de la fe. Algo que puede, cualquier persona, constatar de múltiples maneras cuando se encuentra con otras personas que no conoce de nada y, sin embargo, se ve unida y vinculada de forma especial a través de la fe. Es el Espíritu quien fortalece la fe de cada creyente y le une a otros.

El Espíritu de la Verdad que guía a la Iglesia, dando a cada creyente, la conduce por tanto de forma sobrenatural, y exige escucha y docilidad. Para que de este modo:

  1. Se realice la adhesión de la fe a la de los santos, testigos de la fe. Guía por tanto, bajo el testimonio de su vida, de palabra y de obra, con la ayuda de nuestros hermanos mayores en la fe. Compartiendo con ellos santidad, contagiándonos de la respuesta valiente y atrevida que dieron, cada uno en su momento y contexto.
  2. Se profundice en ella con un juicio recto. El Espíritu nos adentra en el misterio de Dios como luz en nuestras oscuridades, y nos da a conocer más y más cada día la misericordia y la bondad de Dios, la salvación obrada en la historia, su designio y voluntad para con todos los hombres.
  3. Y para que se aplique cada día más plenamente en la vida. No se limita al conocimiento, incide en nuestra voluntad, libertad y capacidad para obrar según su voluntad. Queriendo lo que Dios quiere, amando al modo del Hijo. Con paciencia, otorgándonos perdón y reponiéndonos en el reposo. Respetando el camino de cada uno, aunque con exigencia. Y así, llevar la fe a la vida y la vida a la fe.

7-nov. Los dogmas de la fe

Hace años que rezo el Credo. Recuerdo que en misa, cuando era pequeño, me confundía en ocasiones si cambiábamos de iglesia, y no sabía bien por qué. Pero hace bastante menos que comprendí que esto que decimos y expresamos -los dogmas de la fe- están conectados con la vida espiritual y con la vida creyente. Siempre he sabido, y así me lo habían explicado, que eran importantes, que unían la fe de toda la Iglesia, aunque no siempre, como digo, los veía tan directamente unidos con mi propia fe, como expresión de mi propia fe, como marcando un camino. La perspectiva cambia, radicalmente, cuando se acogen desde este modo. De la incomprensión, la perplejidad y la falta de inteligencia, a una orientación y fuerza de fe que mueve toda la persona.

Por otro lado, lo de los dogmas, como tantas palabras, se ha visto cargado de connotaciones negativas porque resuena más el -ísimo que su natural expresión. Y no debemos confundirlo. Los dogmas de fe de la Iglesia se expresan como consecuencia de la Revelación, y por tanto del amor de Dios que se da a conocer y comunica a los hombres, y no como imposición ni demostración de fuerza, y mucho menos opresión. Reclaman obediencia y adhesión, obligan y modelan la inteligencia de la fe en tanto que expresan la Verdad mayúscula que Dios ha querido dar a conocer. Algunos querrán que Dios no hable con tanta fuerza, o no escuchar su voz, como le pasó al pueblo en el desierto. Sin embargo, la Palabra de Dios resulta ahora audible al modo humano, sin provocar la temida destrucción que el pueblo del Éxodo creía que acontecería. Aunque ciertamente no deja de ser su Palabra, y por tanto ser un Misterio.

El Catecismo resalta tres aspectos que me parece fundamental subrayar:

  1. La autoridad con la que se proclaman los dogmas proviene de Cristo mismo, confiada a la Iglesia, tanto en materia de fe como en moral. Son verdades de fe, que provienen directamente de la Revelación o tienen con ella un vínculo necesario.
  2. Iluminan y dan seguridad a toda la vida cristiana, sustentándola fuera de sí misma, en el Señor. Por ejemplo, la existencia de Dios, que Dios es Trinidad. Por la simple razón no alcanzaríamos estas verdades, que acogidas en la fe se muestran razonables y dan sustento a la fe.
  3. Por último, que la comprensión de los dogmas debe hacerse en el conjunto de la fe, y de forma sistemática. De tal manera que existe un orden y jerarquía en los mismos, y están conectados de forma diversa con el fundamento de la fe cristiana.

Dicho lo cual, personalmente me nace el agradecimiento profundo por poder confesar mi fe en el Credo y saber que la Iglesia se sostiene ante semejante grandeza.

6-nov. El Magisterio

Cuánto me gustaría que se comprendiera adecuadamente la situación del Magisterio de la Iglesia hoy, con todo lo que comporta dentro de una sociedad privilegiada intelectualmente para poder pensar por sí misma, aunque no siempre ejerza este derecho y regalo que se le hace. Digo que cuánto me gustaría porque noto y siento que no es lo que sucede habitualmente. Incluso dentro de la misma Iglesia hay quienes interpretan así o asá, hacen o deshacen a su parecer, y tratan los asuntos de mayor importancia a través de sus meras opiniones.

Conservar un tesoro nunca fue fácil. De eso está llena la literatura y el cine. Conservar una hacienda unida, sin que sea repartida y dividida entre los hijos nunca fue fácil. Los mismos generales de Alejandro Magno se quedaron con distintos reinos, ahogando el imperio resurgente de su corta vida. Pero la Revelación, tanto en la Sagrada Tradición como en la Sagrada Escritura, debe mantener su unidad para bien de los cristianos; y los hijos, los discípulos, los creyentes deben recibir por entero la fe, sin mermarla, ni empequeñecerla, ni seleccionar las páginas o sus gustos. Les va en ello que les demos a conocer verdaderamente a Jesucristo y la salvación, o que, de otra manera, les hagamos un Dios a su medida, una historia contada por hombres para hombres. De ahí que la Iglesia se reconozca a sí misma como necesitada de la asistencia del Espíritu continuamente para llevar adelante esta transmisión, y ore e implore a Dios carismas especiales para la interpretación y la recepción de la Palabra de Dios.

Esta oración y súplica de la Iglesia y de los creyentes, creo que es escuchada por Dios continuamente, de modo que con cada uno va haciendo su camino para que pueda llegar a vivir integralmente, y en unidad con toda la Iglesia, la fe. De hecho, un cristiano por sí mismo, dada su capacidad para recibir y lo particular de su historia y vida, sólo puede mostrar y testimoniar su propio proceso de fe. No la fe de la Iglesia, sino su camino. Y reconoce, aisladamente, que él no tiene la fe de la Iglesia. Sino que la revelación se mantiene en la comunión de vida con los demás creyentes, unidos entre sí a través de sus pastores, y de este modo persevera en la custodia, práctica y profesión de fe recibida.

Y por otro lado, la Magisterio le corresponde la misión, que no se da a sí mismo sino que está inspirado por Dios y es querido por Dios, de interpretar y discernir, de guiar y orientar la fe de la Iglesia. El ejercicio de esta enseñanza sólo puede hacerse en nombre de Jesucristo (con la seriedad que esto comporta), en la comunión de los obispos con el sucesor de Pedro. En absoluto es Palabra de Dios, sino que está al servicio de la Palabra de Dios, con el fin de enseñar puramente y fielmente lo transmitido; no sale de su persona, sino que enseña aquello que está en la Fuente, interpretando en fidelidad. Y creemos que esta tarea no puede darse sin la asistencia del Espíritu, al igual que la acogida de la Palabra también es facilitada e iluminada por Dios mismo dándose a sí mismo a los hombres.

Hablando personalmente, una tarea de semejante magnitud sólo provoca en mí admiración. No sólo amor por mis obispos y pastores, a quienes conozco débiles y frágiles, como personas que son al igual que yo me conozco a mí mismo. Y, de igual modo que a aquellos que llevan peso sobre sus vidas que muchas veces les superan, intento ayudar del mejor modo que puedo. Su carga, sin embargo, no es transferible, más allá del diálogo y de la fidelidad que yo pueda mostrar con mi propia vida, de la búsqueda sincera de Dios y de la verdad con la que pueda servirles, y con el testimonio de lo que vivo. Sin embargo, entiendo que mi lugar en la cadena de la fe es la de recibir, y la responsabilidad que tengo como fiel cristiano, y al igual que todos al servicio de la Iglesia, es la de acoger íntegramente la Palabra de Dios y la de dejarme guiar con docilidad dentro de la comunión eclesial. Todo está pensado para mi bien, todo es querido por Dios para mi bien. Incluso las personas que están al frente de la Iglesia las acojo como un don de Dios para mi propia vida, con quienes busco estar en mayor comunión cada día.

El problema surge cuando algunos olvidan, junto con esta docilidad y amor por la Iglesia, que deben ser ellos mismos, y que deben pensar, discurtir, formar su conciencia, acoger esta Palabra en libertad. O cuando se produce una sospecha que todo lo cuestiona, incapaces de recibir el don de Dios y de sentirse parte de la Iglesia en comunión. Estas dos situaciones, extremas ambas, dan muestra de la complejidad de nuestra situación histórica y eclesial, y se realizan cotidianamente. La docilidad no puede suprimir la propia persona, esclavizándola y minimizándola, cayendo en la idolatría y el endiosamiento de las personas, cuando sólo a Dios debemos rendir culto; y tampoco, por el extremo contrario, hacer nuestra propia iglesia, sin aceptar las mediaciones autorizadas que Dios mismo ha dispuesto para nuestro bien, para ganar en mayor libertad, para impedir la esclavitud de uno mismo a su propio pensamiento y parecer, o para idolatrarse y endiosarse él solo, o dejar que otros lo manipulen de este modo.