19-nov. La respuesta del hombre a Dios

Si Dios fuera una idea, lo suyo sería el asentimiento, simple y sencillo. Si Dios fuera un sentimiento, responderíamos, por ejemplo, con otro sentimiento. Si se tratase de una norma o ley, la abrazaríamos con toda la voluntad. Al revelarse Dios a sí mismo como persona, como amigo que habla a los hombres, la respuesta se da con todo el ser. Y por tanto con la inteligencia, con la voluntad, con el corazón. Es por tanto totalizante y totalizadora, una presencia que todo lo abarca, y fuera de la cual nada en el hombre queda eximido de su llamada ni de su palabra. Invade el corazón, pero no sólo el corazón. Cuestiona la inteligencia y forma de ver el mundo, pero no sólo se trata de ideas. Mueve a la vida en plenitud, y no se confunde con la ley. Es, como digo, Misterio invisible que se ha dado a conocer con el objetivo de llamar a la comunión con él.

La respuesta del hombre a Dios, por otro lado, sigue siendo libre. Dios no se impone, ni somete al hombre esclavizándolo, ni provoca una reacción en él al modo como Skinner trataba a sus perros. La presencia de Dios ante el hombre dignifica al hombre mismo y le ofrece y brinda la posibilidad de acoger o rechazar, de unirse o seguir su camino, de abrazarlo o alejarse. No hay otro camino, aunque quizá permanezcamos siempre en camino, lo cual es diferente. O una opción u otra se hará de mayor peso, una opción u otra se constituirá en centro de la vida del hombre ante la siempre inesperada visita del Señor, aun en nuestras búsquedas más sinceras.

La fe se comprende como respuesta, por tanto, a la invitación hecha por Dios desde el amor y desde el deseo de recibir al hombre en su compañía y cercanía familiar. La fe nace y tiene origen, no en el hombre propiamente, aunque crea, sino en Dios mismo. De modo que hace responder al hombre desde el sometimiento de la inteligencia y de su voluntad a Dios, es decir, desde el hombre que se comprende en su propia pequeñez ante Dios y comienza a servir al Señor. A esta respuesta la Sagrada Escritura la denomina “obediencia de la fe”. Este sometimiento no significa que el hombre deje de pensar o de sentir o de querer o de desear, ni mucho menos, sino que se da cuenta de que está ante la Verdad, el Bien y la Belleza. De algún modo podemos decir que ha encontrado todo lo que andaba buscando, y que ese sometimiento, de carácter muy práctico pero que nace sobre todo del interior del hombre, significa e implica una adhesión total de la persona que no está exenta de esfuerzo, ni del vencimiento de las tendencias torcidas del hombre. El encuentro con Dios, que deja libre, también transforma, siempre a ritmo humano y con paciencia divina.

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14-nov. El canon de las Escrituras

Todos sabemos que el canon de la Escritura es la norma que establece qué libros son inspirados como Palabra de Dios, recogidos por tanto y tratados como tales, en la Biblia. Se estipuló así en el Concilio de Roma, del año 382, bajo la autoridad de San Dámaso I. Hay otros libros que pueden estar inspirados, de muchas formas, y con muchos propósitos. Pero no son Palabra de Dios, y aquí está la diferencia que se señala entre canónicos y apócrifos. A todas luces, por lo tanto, se nos muestra que para ser tema conciliar, existía otra literatura paralela a la dictaminada, cuyos efectos en la vida de fe y de la iglesia eran distintos a los frutos del Espíritu, y cometían errores sobre la vida de Jesús. La Iglesia sólo puede determinar esto, como también se puede observar, en comunión de verdad con el Señor Resucitado y bajo la acción del Espíritu. El canon no sólo es una palabra dada en la historia de negación, que hubiera sido más fácil quizá, sino una afirmación recogida para siempre sobre la Palabra de Dios y la vida cristiana.

En total 73 libros, de muy diversas épocas, agurados en el Antiguo Testamento (46 escritos proféticos, sapienciales, incluso novelescos) y el Nuevo Testamento (27 textos, siendo centrales los cuatro evangelios). Tanta exahustividad y finura sólo puede venir del Espíritu. Siendo tantos libros debemos establecer un orden. Pero el orden, no está dentro del canon. Ni siquiera en las Biblias que se editan. Lo fundamental es el contenido.

Me sorprende que a ninguno se le haya ocurrido tirar abajo el Antiguo Testamento, dejarlo meramente como reliquia histórica, como leve intento, como aproximación de segunda categoría. Bueno, se le ocurrió a más de uno. Pero la Iglesia, en su sabiduría, se dio cuenta de que esto no podía ser así. Porque divinamente inspirados, significa que son Palabra de Dios dentro de la pedagogía de preparación del Hijo. Un camino recorrido, acompañados y en diálogo, en el que se significa tanto la cercanía de Dios con el pueblo de múltiples marenas, como también el deseo de los hombres, en ocasiones frágil y envuelto en pecado y maldad, por buscar a Dios hasta encontrarlo. Y, por tanto, son un gran tesoro. Que no ha perdido actualidad, aunque ha encontrado el prisma definitivo desde el que ser leído auténticamente.

El Nuevo Testamento tiene por objetivo central a Jesucristo, y todo lo que de él se deriva, como origen e inicio de la Iglesia bajo la acción del Espíritu. Aunque es así realmente para toda la Escritura, en el NT queda patente y claro. De ahí la necesidad del canon, porque no se trata sin más de hablar de Jesucristo o de contar cosas sobre él, sino de hablar con verdad y como Palabra de Dios permanente y perenne para la humanidad. Dios encarnado, Palabra hecha hombre que en sus actos y palabras, especialmente en su pasión y glorificación, da a conocer quién es Dios y revela al mismo tiempo la plenitud del hombre nuevo.

Junto a los Evangelios, como núcleo esencial de la fe, en tanto que la fe es relación con mismo Jesucristo y él es la Palabra, dimanan otros textos de la Iglesia naciente, como las cartas de Pablo o las apostólicas, los Hechos de los Apóstoles y el Apocalipsis. Interesante colección, diversa y variada, que surge de la misma fuente, del mismo Espíritu, con la necesidad de velar y proteger no sólo a las primeras comunidades sino a toda la Iglesia en su historia de peregrina. Interesante colección también de autores, diversos y tocados por el mismo Espíritu.

  1. Personalmente, el canon me devuelve muchas preguntas y me hace reconocer que la fe sigue siendo la puerta de acceso a las grandes verdades de la Iglesia. En relación con Dios, con el Dios vivo y verdadero, y en comunión con la Iglesia, cuando me planteo la necesidad del canon percibo un cuidado exquisito de parte del Señor para los hombres, para que no busquen donde no hay vida, para que sea señalada la fuente de la Vida verdadera.
  2. Supone un signo más de la presencia del Espíritu en la vida de la Iglesia, dispuesto a mantener la verdad y a llevarnos y unirnos con Jesucristo. Muchos fueron los que escribieron, sobre Dios o sobre la vida de Jesús, incluso cartas con el hombre de algún apóstol. Y obligaron al discernimiento sereno. Lo cual lleva, en primer lugar, a reconocer que es el mismo Espíritu el que custodia la integridad de la fe, y no da igual, ni siquiera con buena intención o deseo de acomodar a los tiempos, qué se diga del Señor. Existe un orden, dentro de la revelación, que ha llegado a su plenitud. El ejercicio posterior supone adentrarse, guiado por el Espíritu, en este inmenso tesoro, sin añadir en él.
  3. La unidad del canon implica una unidad de lectura. El Evangelio queda incomprensible en su verdad última sin el Antiguo Testamento, sin la preparación y pedagogía de Dios, y a su vez el AT se reconoce en camino y atento, siendo Palabra de Dios, hacia la encarnación y salvación del Verbo. La unidad implica también coherencia, sin contradicción, y perfección.
  4. Dicho lo cual, y sabiendo cómo se trata a la Palabra de Dios en la Iglesia con esmero, veneración y cariño, me alegro de haber sido conducido de este modo y de no tener por igual, ni de lejos, el Evangelio a otros libros sobre Jesús, o la Biblia a otros libros de espiritualidad. Gracias a Dios es central y constituyente en la vida de fe, y en la expresión de la misma. Por mucho que otros libros me hagan bien, o me propongan una lectura más fácil y sencilla, más asequible y acomodada de la vida de Jesús. El Evangelio como la Biblia no reciben valor por su lenguaje, sin más, sino por la autoría de los mismos.

30-oct. Cristo Jesús, mediador y plenitud de toda revelación

Antes de hablar de Cristo Palabra, el Catecismo se refiere a la fragmentación de la revelación anterior. Y nos invita a comprenderla de este modo, en la verdad de una experiencia y revelación que no estaba completa, y que quería más, y que alcanza su culmen y máxima expresión posible en Cristo. Si Cristo es la Palabra completa y definitiva del Padre, podemos decir que con anterioridad Dios había hablado con palabras particulares y concretas, en diálogo sincero con el pueblo, en respuesta en gran medida a sus necesidades y demandas dentro del progreso de la historia de la Salvación. Estas palabras “pequeñas” e incompletas le iban capacitando para acoger la Palabra en el culmen de la historia. De este modo se señala la validez y eficacia de las mediaciones, diversas y múltiples de la etapa anterior, al tiempo que se da un salto cualitativo en su recapitulación y máxima expresión en Cristo. No se trata sólo de un aspecto cuantitativo, sino de un salto de lo parcial a lo total, de lo fragmentado a la unidad. En Cristo está todo lo anterior recogido como promesa, y se expandirá su Palabra como prolongación y desarrollo de lo que Cristo es. Así se constituye en centro de toda la historia, en fuente y culmen.

Por otro lado, se subraya la importancia de Cristo como Palabra única. Dios no tiene más Palabra que la del Hijo, que ha sido entregada por completo a los hombres, haciéndoles llegar así su designio y voluntad salvífica, y entablando con ellos un diálogo, más allá del cual ya no se puede decir nada más. Todo ha sido dicho, por parte de Dios, en Cristo Jesús. De modo que el hombre que quiera conocerle, buscarle y dialogar con Él, lo hará a través del Hijo.

La experiencia de la mediación humana es imprescindible. El hombre no tiene acceso a nada si no es “a través de”, sean palabras, sean ideas, sean experiencias, sean sentimientos, sean tradiciones. Todo está mediado para el hombre. Y estas “mediaciones o intermediarios”, puestos en medio de aquello que se busca y la persona, pueden en ocasiones ser facilitadores o impedimientos, como si se tratase de grados de trasparencia y de autenticidad. En ocasiones experimentamos la dificultad para llegar a la esencia por la incapacidad de la mediación, como puede pasar en clase con un buen o mal maestro, o en casa con un buen o mal padre-educador, o con un amigo en tanto que mediador del don de la amistad, o con un libro o escrito en tanto que mediadores de la sabiduría, o incluso con un chiste como mediador del humor y de la alegría. De modo que, cuando decimos que Cristo es mediador, afirmamos al mismo tiempo dos cosas: que en Él tenemos acceso libre y confiado al Padre, porque ha roto el muro que nos separaba de la Vida, de la Verdad, del Bien, de Dios mismo; y que Él es absolutamente trasparente, por tanto, al Padre siendo Dios mismo, haciendo de facilitador y de Camino para el acceso a Dios. Por un lado, Cristo en su humanidad acoge y da a comprender al modo humano, por otro hace explícito el contenido de la revelación.

Las tres cuestiones de hoy me parece que son elementos configuradores de la experiencia cristiana, al tiempo que purifican nuestra fe de idolatrías y de falsedades. No se trata de sólo Cristo, o de sola Palabra, sino de reconocer en Cristo, en toda su realidad, como mediador de Dios perfecto y como plenitud de la revelación. Existen por tanto otros caminos, fragmentados, que también nos acercan a Dios, acercándonos poco a poco a Cristo, que es la plenitud de todo lo anterior. Y existen, como no puede ser de otro modo, más signos y muchas ayudas para la vida cristiana, que nos permiten comprender y actualizar nuestra fe y armonizarla con la vida, pero tendrán en Cristo su centro. No son palabra nueva, sino desarollo o comprensión de lo que ya ha sido mostrado en el Hijo, y en Él tendrán su luz y fuerza verdadera. Así la Iglesia ha expresado que el Espíritu Santo es el Espíritu del Hijo, que nos hace vivir como hijos adoptivos. Y así la experiencia cristiana reconoce en la tradición que se ve orientada, cada vez más, hacia Cristo como cabeza, en quien se recapitula todo.

15-oct. Qué es eso de tener fe

No hay nada mejor para encontrar y renovar preguntas sabias que abajarse a dar luz a los pequeños, a los que empiezan y dan sus primeros pasos. Independientemente de su edad. Que encontramos niños que comienzan, como es natural, y jóvenes y adultos que con gran inocencia se ven a sí mismos como campos sin cuidar, a modo de la selva virgen. Quizá respecto a la fe no sea ésta, del todo, la situación. Porque refleja un terreno disputado, abierta y públicamente, donde todos meten baza sin excesivo pudor. Pero, como estoy siendo constructivo y positivo, y la mirada se educa, hoy tengo el placer de alegrarme y gozar con quienes preguntan con un cierto tono de inocencia y son capaces de escuchar las respuestas hasta el final, escuchar con admiración y con pasión, escuchar sin demasiados prejuicios.Y todo esto viene a tenor de una pregunta que me ha cautivado: “Oye, josefer, ¿qué es eso de tener fe?” Cuando alguien pregunta así, con tono fraterno, sólo puede nacer una respuesta en la misma sintonía, desde el amor y el cariño. Que conste, de partida, que no venía con maldad, ni mucho menos, ni todo esto se deriva de un enfrentamiento, duda o malestar. Va dirigida por alguien que sé que me estima a mí, que con mi fe escolapia, de cura cristiano y profesor entre adolescentes hormonados, camino por el mundo igual que el resto de los mortales, con días de ánimo y noches de desaliento. E insisto, quien pregunta lo sabe bien, porque me conoce.

A bote pronto, ordené un par de ideas, y aquí está el resultado de la conversación amigable entre los dos.

  1. Conocimiento. Alguien me habló de Dios. Así empezó toda la historia. En casa, en el colegio, en la iglesia. Formó parte desde siempre de mi ambiente, del mundo en el que me movía. Un día me pregunté yo a mí mismo, me puse a buscar. Y encontré que era capaz de escucharle y sentirle. ¡Todo cambió! Ése día, que no recuerdo, surgió algo entre los dos, único y especial, que con el tiempo también pude compartir con otros. Sé quién es Dios, le conozco. Es familiar. Ahora bien, he pasado por un tiempo de muchas preguntas sobre él, he estudiado, leído, cultivado esa relación. Hay quienes conocen cosas por conocer nada más, y en mi caso creo que se daba esta necesidad por un interés mayor. Lo de Dios me tocaba muy hondo. Su verdad, la certeza de su existencia y presencia, no puede compararse a otras “verdades” del mundo, como tampoco tienen el mismo peso para mí que dos más dos son cuatro y que mi padre me ama. En mi escala de verdades existen grados. Y Dios está en la cumbre de mis alegrías. Dios, y lo de Dios. Su amor, su perdón, su misericordia, que el mundo existe porque Dios quiere, que el hombre y la mujer son hermosos porque comparten con Dios imagen y semejanza, que el mal destruye y rompe y divide y entristece, que el amor de Dios es amor de Padre, que el rostro de Dios es el del Hijo, que Dios vive en el mundo y lo mueve en el Espíritu, que la comunión vence la soledad y el egoísmo… En primer lugar, amigo, la fe para mí es certeza. Y puedo decirlo con mi vida. Una verdad trascentente, llena de vida, cargada de sentido, escrutadora de mí mismo y del mundo. Nunca me deja indiferente.
  2. Confianza. Nunca seguridad. Tampoco me interesa. Cuando hay amor, que supera toda filosofía y resiste como vana cualquier palabra hueca y vacía, todo queda inundado y redimensionado. Sin amor el hombre se entretiene con las cosas, salta de flor en flor, queda a merced y al vaivén de sentimientos y emociones pasajeros. Amor y confianza se mantienen firmemente unidas. De modo que resulta verdaderamente creíble a quién a quien amo, y soy capaz de poner mi vida en sus manos, soñar con él, caminar en su presencia a pecho descubierto, dejarse sostener, empujar y corregir. La fe es confianza en Dios, y en lo de Dios en la tierra. Tengo garantías, signos, puedo interpretar la historia con sus ojos, que no son los míos, y seguir confiando. ¡Claro que sí! Siendo así, y con esta confianza, obedecer resulta apasionante, fiarse, entregar la vida, compartir. Esta fe, como confianza, torna rápido en obediencia. No llevo a confusión a nadie, ni quiero, porque esto de creer exige, arranca de cuajo el corazón de piedra y eso duele, convierte en demasiado sensibles nuestra vidas, a nadie le deja solo ni en su terquedad ni cuando desea quedarse “en paz” y tranquilo. Vamos, que mueve mucho, que remueve, que inquieta.
  3. Adhesión. Veo a las personas y me doy cuenta de que nadie puede explicarse por sí mismo. Que vamos unidos a historias de otros, y uniéndonos por el camino. Y la fe, en esa relación especial con Dios, tiene mucho de adhesión, de unión, de participación en lo mismo, de Dios en mi vida y de mi vida en Dios. Particularmente, de adhesión a Cristo. La fe enseña las fuentes de la salvación y de la vida, huecos y canales de Vida, de los sentimientos de Dios, de la compañía de Jesús, de la acción del Espíritu. Y, en esa medida, casi sin darme cuenta, ha llegado el día en que soy incapaz de explicarme a mí mismo sin Dios, sin Jesús. No como seres históricos, ideas que me invaden, sino como personas vivas y actuantes. Aquí lo grave sucede cuando ya no soy sólo yo con mis cosas, sino que me abro a ver y mirar el mundo de los demás, y no encuentro otra explicación que su vida con Dios, o en algunos casos, sin Él. La fe me vincula, me une, crea lazos con Dios. Al modo más humano, porque en mi caso no puede ser de otro modo. Pero Dios, que es un artista y me conoce, también me lanza sus hilos, correas y lazos. Ésta unión me lleva a compartir con Él su vida. Siendo cura, sé que lo tengo más fácil de ver que otros. Pero todos comparten el destino de Cristo Jesús, su vocación, su llamada.
  4. Cuerpo. Supongo que las palabra anteriores se leen con facilidad, y ésta algunos no sabrán a cuénto de qué viene. ¿La fe es cuerpo? ¿Qué quieres decir? Pues eso, que nuestra conversación, a modo de regalo y colofón, terminaba reconociendo dos cosas que se ejemplifican muy bien con la metáfora del cuerpo. Por un lado, que o la fe se hace carne, se encarna, se concreta, o se hace inútil y se pierde. Y, por otro, que en muchos momentos, en las dudas y en las dificultades, nos abrimos a una fe muy poco intimista y personal, y vemos “la fe verdadera” que es la fe de la Iglesia, y no los propios credos. Hay algo maravilloso en esto segundo, que conjuga individualismo y persona, con sociedad y cuerpo. ¡Algo maravilloso! ¡Puedo sostenerme en la fe de otros, puedo verme indigno y seguir creyendo, puedo desconocer y fiarme! Y esto, querido amigo, es regalo que he clarificado en la conversación contigo, gracias a tus dudas, gracias a tu sufrimiento, y también gracias al mío.

Sea como fuere, yo pido siempre el don de la fe, que no me aleje demasiado de Dios, y que ayude siempre a otros a creer a pesar de mis cosas. Si me dan a elegir, no me quedo con mi fe de niño pequeño, ni con la fe profunda de los estudios de teología. Si me dan a elegir prefiero la fe de hoy con amor, deseando que mañana dé un paso más de vida.

12-oct. Aumenta mi fe

Te pido, Señor, que aumentes mi fe. Sé de mi debilidad y de la fuerza del pecado, de la limitación de mi propia vida y de las tentaciones del mundo. Conozco bien, en mi propia vida y en mi carne, los milagros y los combates, las proezas de tu brazo y la fuerza de tu escudo protector. Te pido, Señor, que aumente mi fe, mi confianza en tu Palabra, mi amor a la Iglesia, la libertad en mi vida para hacer tu voluntad, la docilidad a tu Espíritu que sana, cura, une, reclama, habla. Te pido, Señor, que mi fe sea testimonio alegre, que confiese tu acción en el mundo, tu presencia salvadora.

La verdad os hará libres

Hay muchas verdades en nuestro mundo. También muchas formas de mirar. El hombre, sujeto que búsqueda inquieto y admirado por el mundo, se las encuentra a través del ejercicio de la razón, del estudio, de la vida misma. Siempre la vida parece anteceder. Se topa así, de frente, con un mundo hecho por completo que él va descubriendo, analizando, explicándose, profundizando en él, corrigiendo percepciones en aquello que no cuadra. Algunas veces llega tarde a las verdades en las que quiere afirmarse, o cuando las encuentra nada cambia.

Hay otro tipo de verdades. Esas que te encuentran e impactan. Las verdades de la fe vienen en ayuda de la persona que busca a Dios con corazón abierto, libre, en camino siempre. Le marcan una ruta, orientan su proceso. Probablemente el mismo camino gradual que la ciencia traza a los que quiere iniciar en sus artes. Pero, a diferencia de éstas, la fe exige comprometer la vida y confiarse en ellas. No son verdades que puedan ser aceptadas, sin más y de cualquier manera, en un pupitre, en las aulas. Se puede acoger allí, pero sólo se revelan como tales cuando sales de casa y vives, abierto y confiando, en amor y libertad, en función de Dios y del hombre, haciendo de Dios el centro y del hombre el prójimo. Son verdades que no se quedan en lo que ha sucedido, sino que aspiran a repetirse para salvación de todos, a actualizarse en la vida de cada hombre. No establecen, sin más, una ley general. Sino un encuentro particular. La fe, con toda su verdad y su poder, surge en el encuentro del hombre con el Dios hecho hombre en Jesucristo, más allá de la impersonalidad de lo absoluto y del Dios de los antiguos, en el diálogo de amor con Cristo Crucificado, en el impulso que acompaña a cada hombre por medio del Espíritu, en la Resurrección que nos hace convivir con el Hijo siendo hijos. Ésta es la verdad que hace libres a los hombres.

11-oct. Razones para mi fe

Comienzo por mí mismo. Y veo que siempre he tenido razones para mi fe. Empezando por mi propia familia, siguiendo por el ambiente en el que me movía, que no era siempre fácil ni propenso, y también en las elecciones que he ido haciendo de joven. Pequeñas y grandes, todas sumaban o restaban fuerza. En mis preguntas he encontrado más consuelo que decepción, y más ánimo y libertad que coacción e imposición. Pero fue de joven, antes de la universidad, cuando me cuestioné con seriedad, y siento que tuve la oportunidad de responder con fe y enteramente a Dios. Desde entonces procuro vivir en confianza, mantener la referencia y sentirme unido a Cristo Jesús, dejarme mover por el Espíritu y acoger de Dios, e interpretar desde Dios, cuanto sucede. No siempre es fácil, aunque sé que siempre es posible. Y este siempre, me interroga, impide que me cierre en mí mismo, me despierta y me impulsa.

Tres cosas hoy creo que me ayudan a mantener y crecer en la fe:

  1. La formación recibida. No ganada, ni conquistada, sino recibida. Que me ha ayudado a dar forma a muchas cosas y experiencias, a lo que tenía dentro y a lo que veía pero que estaban para mí desconectadas. Este esfuerzo intelectual no ha quedado, ni de lejos, en algo de ideas, en el mundo del más allá. Se va haciendo carne, y siempre es auxilio. En ocasiones, también es verdad, me interroga seriamente y me pide respuestas, comprensión y actualización más allá de lo aprendido. La formación no trata de libros y de páginas, se forma también en la oración y muy especialmente en el trato y la presencia de Dios en la propia vida. Ahí sí que va tomando cuerpo. Las ideas sólo son una ayuda, y no indispensable absolutamente. El encuentro con Dios se ha dado en muchos lugares, en muchas situaciones. Aunque todos ellos se han vuelto tarde o temprano sincera oración de entrega y de comunicación.
  2. La comunidad, las relaciones, la iglesia. Personas de fe que me han rodeado, con palabras sabias, impulsando y cuidando mi proceso, e igualmente en camino. He tenido el privilegio de vivir, como reconozco que otros sufren o han sufrido, ambientes dogmáticos, cerrados y limitados donde sólo se puede pensar y vivir unidireccionalmente. Para mí el Misterio de la iglesia se ha realizado, y realiza, en una comunión en la diversidad no siempre fácil, aunque muy enriquecedora y apasionante. Cuando Cristo está en medio, está en medio. Y lo puedo vivir a diario con muchas personas. Especialmente en la Eucaristía.
  3. Mi propia libertad, mi propia conciencia, mi propia fe. Creo que también se cuida la fe en la medida en que no se oculta y se muestra con libertad. No todos los contextos son fáciles. Curiosamente experimento que algunos, en los que debería ser más fácil hablar de Dios, se vuelve tedioso y complejo, así como de ciertas cuestiones de moral y de fe. Por el contrario, me sorprende que allí donde hay personas de bien, sin fe y sin pertenecer a la Iglesia, pero inteligentes y de buena voluntad, el diálogo resulta mucho más fácil de lo esperado. Incluso con alejados cuyas vidas se van volviendo serias, allí también. He elegido mostrarme desde la fe, hablar desde la fe y cuidarla así. Esto también me ayuda, aunque no es todo, sinceramente.