14-nov. El canon de las Escrituras

Todos sabemos que el canon de la Escritura es la norma que establece qué libros son inspirados como Palabra de Dios, recogidos por tanto y tratados como tales, en la Biblia. Se estipuló así en el Concilio de Roma, del año 382, bajo la autoridad de San Dámaso I. Hay otros libros que pueden estar inspirados, de muchas formas, y con muchos propósitos. Pero no son Palabra de Dios, y aquí está la diferencia que se señala entre canónicos y apócrifos. A todas luces, por lo tanto, se nos muestra que para ser tema conciliar, existía otra literatura paralela a la dictaminada, cuyos efectos en la vida de fe y de la iglesia eran distintos a los frutos del Espíritu, y cometían errores sobre la vida de Jesús. La Iglesia sólo puede determinar esto, como también se puede observar, en comunión de verdad con el Señor Resucitado y bajo la acción del Espíritu. El canon no sólo es una palabra dada en la historia de negación, que hubiera sido más fácil quizá, sino una afirmación recogida para siempre sobre la Palabra de Dios y la vida cristiana.

En total 73 libros, de muy diversas épocas, agurados en el Antiguo Testamento (46 escritos proféticos, sapienciales, incluso novelescos) y el Nuevo Testamento (27 textos, siendo centrales los cuatro evangelios). Tanta exahustividad y finura sólo puede venir del Espíritu. Siendo tantos libros debemos establecer un orden. Pero el orden, no está dentro del canon. Ni siquiera en las Biblias que se editan. Lo fundamental es el contenido.

Me sorprende que a ninguno se le haya ocurrido tirar abajo el Antiguo Testamento, dejarlo meramente como reliquia histórica, como leve intento, como aproximación de segunda categoría. Bueno, se le ocurrió a más de uno. Pero la Iglesia, en su sabiduría, se dio cuenta de que esto no podía ser así. Porque divinamente inspirados, significa que son Palabra de Dios dentro de la pedagogía de preparación del Hijo. Un camino recorrido, acompañados y en diálogo, en el que se significa tanto la cercanía de Dios con el pueblo de múltiples marenas, como también el deseo de los hombres, en ocasiones frágil y envuelto en pecado y maldad, por buscar a Dios hasta encontrarlo. Y, por tanto, son un gran tesoro. Que no ha perdido actualidad, aunque ha encontrado el prisma definitivo desde el que ser leído auténticamente.

El Nuevo Testamento tiene por objetivo central a Jesucristo, y todo lo que de él se deriva, como origen e inicio de la Iglesia bajo la acción del Espíritu. Aunque es así realmente para toda la Escritura, en el NT queda patente y claro. De ahí la necesidad del canon, porque no se trata sin más de hablar de Jesucristo o de contar cosas sobre él, sino de hablar con verdad y como Palabra de Dios permanente y perenne para la humanidad. Dios encarnado, Palabra hecha hombre que en sus actos y palabras, especialmente en su pasión y glorificación, da a conocer quién es Dios y revela al mismo tiempo la plenitud del hombre nuevo.

Junto a los Evangelios, como núcleo esencial de la fe, en tanto que la fe es relación con mismo Jesucristo y él es la Palabra, dimanan otros textos de la Iglesia naciente, como las cartas de Pablo o las apostólicas, los Hechos de los Apóstoles y el Apocalipsis. Interesante colección, diversa y variada, que surge de la misma fuente, del mismo Espíritu, con la necesidad de velar y proteger no sólo a las primeras comunidades sino a toda la Iglesia en su historia de peregrina. Interesante colección también de autores, diversos y tocados por el mismo Espíritu.

  1. Personalmente, el canon me devuelve muchas preguntas y me hace reconocer que la fe sigue siendo la puerta de acceso a las grandes verdades de la Iglesia. En relación con Dios, con el Dios vivo y verdadero, y en comunión con la Iglesia, cuando me planteo la necesidad del canon percibo un cuidado exquisito de parte del Señor para los hombres, para que no busquen donde no hay vida, para que sea señalada la fuente de la Vida verdadera.
  2. Supone un signo más de la presencia del Espíritu en la vida de la Iglesia, dispuesto a mantener la verdad y a llevarnos y unirnos con Jesucristo. Muchos fueron los que escribieron, sobre Dios o sobre la vida de Jesús, incluso cartas con el hombre de algún apóstol. Y obligaron al discernimiento sereno. Lo cual lleva, en primer lugar, a reconocer que es el mismo Espíritu el que custodia la integridad de la fe, y no da igual, ni siquiera con buena intención o deseo de acomodar a los tiempos, qué se diga del Señor. Existe un orden, dentro de la revelación, que ha llegado a su plenitud. El ejercicio posterior supone adentrarse, guiado por el Espíritu, en este inmenso tesoro, sin añadir en él.
  3. La unidad del canon implica una unidad de lectura. El Evangelio queda incomprensible en su verdad última sin el Antiguo Testamento, sin la preparación y pedagogía de Dios, y a su vez el AT se reconoce en camino y atento, siendo Palabra de Dios, hacia la encarnación y salvación del Verbo. La unidad implica también coherencia, sin contradicción, y perfección.
  4. Dicho lo cual, y sabiendo cómo se trata a la Palabra de Dios en la Iglesia con esmero, veneración y cariño, me alegro de haber sido conducido de este modo y de no tener por igual, ni de lejos, el Evangelio a otros libros sobre Jesús, o la Biblia a otros libros de espiritualidad. Gracias a Dios es central y constituyente en la vida de fe, y en la expresión de la misma. Por mucho que otros libros me hagan bien, o me propongan una lectura más fácil y sencilla, más asequible y acomodada de la vida de Jesús. El Evangelio como la Biblia no reciben valor por su lenguaje, sin más, sino por la autoría de los mismos.
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12-nov. La Sagrada Escritura, inspirada e interpretada

Últimamente, y reconozco que no hace mucho tiempo de esto, he empezado a nombrar como Sagrada Escritura a lo que siempre he llamado Biblia o Palabra. Este pequeño cambio, que en según qué ambientes estés se nota más o menos, resulta significativo. Y me coloca delante de los textos con reverencia y cuidado. La palabra “sagrado” me lleva a Dios, e introduce en el misterio, como “lo santo”. Será una actitud cultual, respetuosa, que a algunos les puede estar sonando seria y distante. Aunque más bien lo vivo al revés, como espacio abierto por Dios, y no por hombre, para el diálogo y la comunicación.

No hace mucho me pidieron algo que me supuso mucho esfuerzo y contrariedad. Estaba perplejo, confundido. Incluso diría que herido y molesto. Lo que más pesaba en mí era la confusión, y aunque sabía lo que tenía que hacer, porque estaba claro, entraba a jugar también mi libertad, mis sueños, mis deseos, mi interpretación de la vida. A todo esto, me topé con un texto de la Sagrada Escritura, que había leído muchas veces anteriormente. No era, en absoluto, algo nuevo. Me lo sabía de memoria. Pero me supo diferente: “Acoge, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios.” Puedo asegurar que sentirse traspasado y trastocado de ese modo, en la agitación y en la prueba, señaló con rotundidad el norte. Y de lo que más me alegro de todo, fue de la actitud de acogida. Una Palabra acogida como amor, que desveló la compañía de Dios en todo lo que sucedía. Una experiencia que, por mucho que se quiera forzar, no se tiene sino desde la acogida respetuosa, sabiendo que no son ni tus deseos ni tus caminos los que se están trazando, sino que alguien te lleva de la mano, o al menos te indica por dónde seguir a la espera de una respuesta. El diálogo estaba abierto, la Palabra estaba dicha.

La Sagrada Escritura permite al hombre entender a Dios, al estar escrita en lenguas humanas, dicha expresamente para el hombre. Esta semejanza con nuestro lenguaje, al tiempo que facilita, también en ocasiones puede volverse una dificultad, y ser objeto de manipulación. Sin embargo, quien escucha a Dios en la Sagrada Escritura, o mantiene esa actitud de fe y atención, encuentra siempre algo nuevo. Estamos acostumbrados a tener entre nosotros la Biblia, pero deberíamos considerar que Dios no quisiera haber hablado, porque su Palabra es fruto de su libertad y amor, no mera condescendencia con el hombre ni respuesta a su capricho y necesidad. Su Palabra es verdad, en la que Dios se da a sí mismo. Es primeramente Palabra que nace de Dios, porque Dios ha querido. Palabra que se ha hecho plenamente hombre, en Jesucristo, Palabra Única e Hijo Único del Padre. De ahí que la Iglesia cuide y venere la Sagrada Escritura, y también la reparte entre los fieles.

En ocasiones me planteo la facilidad con la que tratamos la Sagrada Escritura, sin excesivo cuidado ni cariño, en nuestra vida cotidiana. Y cómo contrasta esta actitud con la liturgia de la Iglesia, que dispone de una presencia especial para ella, un trato digno y respetuoso, e incluso amoroso a través del beso después de la lectura del Evangelio. Sería bello enseñar a los cristianos a amar la Escritura, antes de leerla o estudiarla, sin más, antes de aprenderla. Como quien se educa para desear que Dios hable, o diga algo. Y así, desde ese silencio, que también se vive en ocasiones a lo largo de la vida, estar receptivos, dejarnos sorprender. Creo que sería oportuna, y se hace, esta reflexión más amplia sobre nuestra actitud ante la Sagrada Escritura. Sin duda, todo lo que se haga por dignificarla, redunda igualmente en nuestra capacidad para escuchar mejor lo que el Señor nos dice a través de ella, y cómo podemos en ella encontrarnos con el Hijo. No se trata, con todo, de “un Libro”, ni de “una colección de Libros”, sino de “la Palabra” de Dios, palabra viva que propicia el encuentro entre Dios y el hombre.

La Sagrada Escritura tiene a Dios como autor, y contiene aquello que fue inspirado por el Espíritu Santo, a través de hombres elegidos, dóciles a la voz del Espíritu y dispuestos así a responder con todos sus dones y capacidades a su acción. Por ello estos libros enseñan la verdad sólidamente, para nuestra salvación.

Lejos de suponer para la fe una dificultad el que esté hecha con la participación santa de autores humanos, me resulta una llamada en el Año de la Fe a dar gloria a Dios por la obra en algunos de sus hijos. Entiendo que, en su decisión por acercarse al hombre al máximo para hablar con él, la presencia de estos escritores humanos es un signo más que apoya la voluntad de Dios por respetar y valorar la libertad del hombre, al tiempo que muestra cómo esa libertad, capacidad y voluntad humana no son signos que le separen de Dios, ni le independicen de su origen, sino que bien orientados muestran su más radical belleza y bondad.

Además, el Espíritu ayuda en la interpretación, al modo como entiendo que podríamos dialogar con el autor de un libro, para que nos explique e ilumine los entresijos, los motivos. Nos pone en comunión, en sintonía con el texto, nos prepara para su recepción e ilumina la inteligencia para comprenderlo en su conjunto, no aisladamente, y en relación a la propia vida. El Espíritu no nos mueve a la curiosidad ni al capricho. Le interesa la vida del hombre, con lo que eso significa, y por eso se aproxima a nosotros de semejante modo.

El CVII señaló tres criterios para una interpretación de la Escritura conforme al Espíritu: (1) Prestar una gran atención al contenido y a la unidad de toda la Escritura. (2) Leer la Escritura en la Tradición viva de toda la Iglesia. (3) Estar atento a la analogía de la fe.

Si lo piensas bien, lo dicho en el párrafo anterior, viene a significar liberar la Escritura del peso y de la manipulación de los sectarismos y de las interpretaciones sesgadas. Lejos de plantear un método fácil, nos pone en el camino de la eclesialidad, de la comunión, de la lectura viva y actuante, y de la adhesión de corazón a la Escritura como la unión misma que fe provoca entre Dios y el creyente. Otras lecturas, con métodos más definidos, sólo podrán ser ayuda en la medida en que abran el tesoro que la Escritura porta, y esta llave sólo la tiene el Espíritu. De modo que cuando se acoge como Palabra de Dios, podemos reconocer que el Espíritu actúa en nosotros.

9-Nov. El crecimiento en la inteligencia de la fe

Llamo la atención sobre el título del post, tomado literalmente del CATIC. He preferido no cambiarlo ni tocarlo porque me resulta muy significativo. Se refiere a la inteligencia de la fe, en lugar de al crecimiento en la fe misma. Pero me parece fundamental subrayar que la comprensión lleva a una mejor vivencia, sin identificar por ello que saber mucho signifique directamente vivir mucho. Lo cual no se dice aquí expresamente, aunque sí quedará claro más adelante. Estamos llamados a creer en la inteligencia de nuestra fe, acompañando de igual modo nuestro crecimiento en otras dimensiones de la vida, de igual modo que alguien que comienza a amar desea saber más de la otra persona, o quien se dispone a confiar lo hace conociendo de qué pasta está hecho ese amigo a quien desvelará sus secretos.

Quiere conocer quien ya cree. Y quizá nos pueda servir de signo o síntoma para valorar el estado actual de nuestra propia experiencia cristiana. Si ha movido mi inteligencia, si me ha llevado a valorar otros aspectos, si tengo más cuidado en lo que pienso, si he examinado con un poco de detenimiento la coherencia de ciertas ideas, si he buscado de algún modo detenerme en alguna lectura, o si he podido expresar con razones, más o menos amplias o limitadas, por qué vivo como vivo, por qué creo en el Dios que creo. Sin embargo, con todo lo dicho, la inteligencia de la fe no es producto de la mera acción o interés del hombre, sino fruto de la acción del Espíritu, dada la naturaleza de aquello que querermos aprehender. El Espíritu nos sitúa ante el misterio que no se ve, con una inteligencia capaz primeramente de amar aquello que estamos contemplando o sintiendo. El Espíritu nos mueve a esa introducción que nos hace sentir dentro, y participar, de aquello que queremos ver mejor, con la humildad de una criatura cuya inteligencia es más solícita que exigente.

Tres son las vías que el Catecismo señala al respecto:

  1. La vía de la profundización, al modo de María, que guardaba en su corazón las palabras del Hijo. Este “llevar en el interior”, repasar y revivir, es primeramente una tarea teológica, que tiene también su especialización, aunque es propia de todo fiel cristiano y debería acomodarse a su nivel cultural, social y personal. Nadie dice que esta tarea se haga sólo en los libros, porque se trata de investigar la verdad revelada, de modo que también incluye la necesaria profundización, por ejemplo, en los signos de los tiempos con la adecuada interpretación y discernimiento. De igual modo, nadie dice que esta tarea deba ejercerse en solitario, sino que más bien debe contagiarse y rezumar de la eclesialidad cotidiana y de la comunión necesaria, del diálogo y compartir que forma parte de la misma vida de fe.
  2. La vía de la vida misma, dada por la asidua participación y repetición de palabras en el contexto litúrgico, o en la vida de la comunidad. De este modo hay personas enteramente sabias en los misterios de Dios que no han abierto jamás un libro al modo teológico, o que no se han detenido especialmente a sistematizar su conocimiento, y que desbordan sabiduría e inteligencia espiritual por los cuatro costados. Hay un modo nuevo, siempre sorprendente, de acoger a Dios en la vida cíclica y ordenada de la Iglesia, que nos lleva en espiral a una mejor y más profunda inteligencia acomodándose con paciencia a nuestro mismo desarrollo.
  3. Por último, la vía de la escucha y de la comunión eclesial, expresada por nuestros pastores según el carisma especial que han recibido para el crecimiento y cuidado de la Iglesia.

30-oct. Cristo Jesús, mediador y plenitud de toda revelación

Antes de hablar de Cristo Palabra, el Catecismo se refiere a la fragmentación de la revelación anterior. Y nos invita a comprenderla de este modo, en la verdad de una experiencia y revelación que no estaba completa, y que quería más, y que alcanza su culmen y máxima expresión posible en Cristo. Si Cristo es la Palabra completa y definitiva del Padre, podemos decir que con anterioridad Dios había hablado con palabras particulares y concretas, en diálogo sincero con el pueblo, en respuesta en gran medida a sus necesidades y demandas dentro del progreso de la historia de la Salvación. Estas palabras “pequeñas” e incompletas le iban capacitando para acoger la Palabra en el culmen de la historia. De este modo se señala la validez y eficacia de las mediaciones, diversas y múltiples de la etapa anterior, al tiempo que se da un salto cualitativo en su recapitulación y máxima expresión en Cristo. No se trata sólo de un aspecto cuantitativo, sino de un salto de lo parcial a lo total, de lo fragmentado a la unidad. En Cristo está todo lo anterior recogido como promesa, y se expandirá su Palabra como prolongación y desarrollo de lo que Cristo es. Así se constituye en centro de toda la historia, en fuente y culmen.

Por otro lado, se subraya la importancia de Cristo como Palabra única. Dios no tiene más Palabra que la del Hijo, que ha sido entregada por completo a los hombres, haciéndoles llegar así su designio y voluntad salvífica, y entablando con ellos un diálogo, más allá del cual ya no se puede decir nada más. Todo ha sido dicho, por parte de Dios, en Cristo Jesús. De modo que el hombre que quiera conocerle, buscarle y dialogar con Él, lo hará a través del Hijo.

La experiencia de la mediación humana es imprescindible. El hombre no tiene acceso a nada si no es “a través de”, sean palabras, sean ideas, sean experiencias, sean sentimientos, sean tradiciones. Todo está mediado para el hombre. Y estas “mediaciones o intermediarios”, puestos en medio de aquello que se busca y la persona, pueden en ocasiones ser facilitadores o impedimientos, como si se tratase de grados de trasparencia y de autenticidad. En ocasiones experimentamos la dificultad para llegar a la esencia por la incapacidad de la mediación, como puede pasar en clase con un buen o mal maestro, o en casa con un buen o mal padre-educador, o con un amigo en tanto que mediador del don de la amistad, o con un libro o escrito en tanto que mediadores de la sabiduría, o incluso con un chiste como mediador del humor y de la alegría. De modo que, cuando decimos que Cristo es mediador, afirmamos al mismo tiempo dos cosas: que en Él tenemos acceso libre y confiado al Padre, porque ha roto el muro que nos separaba de la Vida, de la Verdad, del Bien, de Dios mismo; y que Él es absolutamente trasparente, por tanto, al Padre siendo Dios mismo, haciendo de facilitador y de Camino para el acceso a Dios. Por un lado, Cristo en su humanidad acoge y da a comprender al modo humano, por otro hace explícito el contenido de la revelación.

Las tres cuestiones de hoy me parece que son elementos configuradores de la experiencia cristiana, al tiempo que purifican nuestra fe de idolatrías y de falsedades. No se trata de sólo Cristo, o de sola Palabra, sino de reconocer en Cristo, en toda su realidad, como mediador de Dios perfecto y como plenitud de la revelación. Existen por tanto otros caminos, fragmentados, que también nos acercan a Dios, acercándonos poco a poco a Cristo, que es la plenitud de todo lo anterior. Y existen, como no puede ser de otro modo, más signos y muchas ayudas para la vida cristiana, que nos permiten comprender y actualizar nuestra fe y armonizarla con la vida, pero tendrán en Cristo su centro. No son palabra nueva, sino desarollo o comprensión de lo que ya ha sido mostrado en el Hijo, y en Él tendrán su luz y fuerza verdadera. Así la Iglesia ha expresado que el Espíritu Santo es el Espíritu del Hijo, que nos hace vivir como hijos adoptivos. Y así la experiencia cristiana reconoce en la tradición que se ve orientada, cada vez más, hacia Cristo como cabeza, en quien se recapitula todo.

29-oct. Las etapas de la revelación

El Catecismo presenta estas etapas divididas en cuatro grandes etapas, que culminan en la revelación definitiva y plena en Jesucristo. Es importante subrayar este aspecto de la pedagogía divina y de la paciencia de Dios, al modo como un maestro va hablando con sus alumnos e introduciéndoles en una materia. Esa paciencia, que tiene en cuenta también los pasos hacia adelante y hacia atrás, es nuestra salvación. No todo se puede mostrar ni enseñar en un instante, hace falta lentitud y ejercicios, porque la “cabeza y cerviz del hombre está endurecida, como su corazón”, y seguir dando pasos aunque algunas veces no todo esté asentado. Dios se muestra en la historia, de este modo, como un pedagogo. Con cada hombre, y con la humanidad. Y su revelación, aunque el hombre la ansíe siempre como total, será acogida según la posibilidad del momento.

Tenemos noticia, por otro lado, de tal revelación gracias al Antiguo Testamento. A través de sus géneros literarios, de su capacidad para discernir en su historia lo que es de Dios y lo que no es de Dios, y sobre todo de la acción del Espíritu Santo que inspira la Escritura para hacerla Palabra de Dios en sentido pleno. Así acogemos, por tanto, estos relatos y tradiciones, en las que Dios se cuenta a través de los hombres y para ellos, con palabras apropiadas para su entendimiento.

  1. El primer tiempo de la historia es previo a la humanidad misma. En la creación Dios da testimonio de sí, dejando en todo su huella, su orden, su belleza, su inmensidad y grandeza. No sólo al principio, sino dándole sostén y fundamento, Dios sigue siendo el Creador de todo. La creación misma es, toda ella, fruto de su amor y comunicación, en el que se da por entero. Pero especialmente, dentro de todo el orden, ha dejado su huella en el hombre y la mujer, creados a su imagen, y por tanto reflejo de su mismo ser. Los primeros padres, figura de la humanidad, señalan que el lugar que corresponde al hombre dentro de la creación es el de la intimidad y familiaridad con Dios, el de la comunión y diálogo con él, en continua presencia. Sin embargo, esta comunicación y conocimiento mutuo se ve rota e interrumpida en el pecado, fruto del engaño, de la mentira sobre Dios y sobre el hombre. En este momento, en el que los hombres niegan a Dios y pretenden ocupar su puesto, Dios se sigue mostrando al hombre con benevolencia y cuidado, no dejando al hombre solo frente a las consecuencias de su pecado, sino ofreciendo salvación y llamando incesantemente al hombre a compartir de nuevo su vida.
  2. El segundo momento se sitúa en la alianza con Noé. La humanidad se presenta ya en este relato bíblico dividida, dentro de un orden plural. División causada para limar su orgullo. Dios hará entonces alianza con la humanidad entera, evitando su destrucción, e iniciando un camino de salvación con ellas agrupadas en países, socialmente. A pesar de la corrupción y maldad que se expresa en los primeros capítulos del Génesis, que muestran cómo el pecado va degradando y dividiendo progresivamente todo lo humano, llegando incluso a darse muerte unos a otros, destacan figuras de especial santidad y bondad que revelan que, por encima de todo, la luz de Dios brilla en la oscuridad, y la bondad no puede ser eliminada del corazón del hombre y de la humanidad totalmente. En la alianza con Noé hay una palabra firme y definitiva de Dios con cada uno de sus hijos, con aquellos que le buscan rectamente, con aquellos que buscan la verdad, el bien y la justicia.
  3. La elección de Abraham da comienzo a la tercera etapa, cuando Dios comienza a reunir a sus hijos dispersos. De este modo, Abraham es llamado “padre de muchos”, padre de la fe. Tres aspectos se destacan, como principales y conectados entre sí, de esta etapa: (a) la llamada a la comunión por un nuevo nacimiento, de modo que, a ejemplo de Abraham todo hombre está convocado a (b) dejar lo suyo, sus modos y maneras, su patria incluso y su vida organizada, para formar parte de (c) un pueblo nuevo entre las naciones, que sea al mismo tiempo quien reciba y mantenga la promesa y la alianza con el Señor, y sea para la humanidad entera raíz y fermento.
  4. El pueblo de Israel, como resto liberado de la esclavitud de Egipo, en el que Dios dará los pasos definitivos hasta la venida del Hijo. Un pueblo elegido entre muchos, un pueblo pequeño compuesto por tribus, descendientes del mismo padre. El Israel liberado concreta la Alianza con Dios en las tablas de la Ley, de modo que hay un reconocimiento mutuo, un pacto de fidelidad indiscutiblemente asimétrico por parte de Dios, y un servicio a la humanidad entera como pueblo de la esperanza. Dios revela a este pueblo su propio nombre, haciéndole mediador y sacerdote de la antigua alianza. De entre el pueblo Dios suscita, en esta última etapa antes de Cristo a profetas y sabios que anuncien decididamente la venida de Dios y la salvación definitiva, que recuerden incesantemente la alianza hecha con Dios, y su fidelidad, que vaya adentrando al pueblo en la lógica de la misericordia y de la bondad.

María, la figura más pura de la Antigua Alianza, será de entre las mujeres la elegida por Dios para ser la puerta de la encarnación del Hijo. De este modo María es, desde la Nueva Alianza y la Nueva Creación, el gozne de la Historia de la salvación.

Personalmente, siempre me ha gustado contemplar esta historia como un proceso de concentración y expansión. Todo camina hacia una puerta pequeña, hacia una mujer, María, y en ella, se hace pequeño y asequible el Salvador del Mundo.

24-oct. Conocer a Dios

Las razones no convencen al hombre moderno. Al mismo tiempo, no puede prescindir de la razón. Se ha vuelto un sujeto “transracional“, utilizando la razón no tanto como guía, sino como filtro. De tal manera que la razón se exige en tanto que la fe debe ser razonable y creíble. La existencia de Dios debe comunicarse hoy por otras vías diferentes a las que hasta la modernidad fueron empleadas. El conocimiento, como tal, se debe situar en un contexto apropiado y en la búsqueda de sentido, en verdades que alcancen la totalidad de la vida. Ejercicio al que hoy, incluso con las búsquedas y deseos permanentes en todo hombre, no estamos muy acostumbrados. Sin embargo, el hombre de fe descubre que siempre han estado abiertos ante él, desde la creación misma, dos caminos para llegar a Dios: el mundo y el hombre. En el mundo, con su orden y movimiento y belleza cuestiona y pregunta al hombre, como realidad que no está sostenida en sí misma, que no puede tener ni origen ni final en sí misma. La belleza del universo cuestiona e impresiona al hombre. Por otro lado, el hombre en su profundidad y capacidad, con su apertura a la verdad y al bien se interroga sobre la existencia de Dios a partir de su capacidad espiritual, y descubre en sí una semilla de eternidad, irreductible a pura materia.

Más allá de todo esto, sorprende que Dios quiere que el hombre entre en su propia intimidad. Las pruebas de fe disponen al encuentro. La razón, como capacidad, se queda en el reconocimiento, todavía en la distancia. Pero el hombre busca conocer y amar a Dios.Para ello, más que dejar huellas de sí mismo en el mundo y en Dios, se ha contado a sí mismo y ha abierto para el hombre la posibilidad de acogerle en la fe, relacionarse con él de forma personal.

Lo que la razón alcanza, por tanto, es al Dios del absoluto, al principio y fin de lo creado, como respuesta a los interrogantes del propio hombre, y su búsqueda de sentido. Esa misma razón le permite acoger la revelación y la donación que Dios hace de sí mismo. Sin embargo, la inteligencia y capacidad de conocer del hombre no es un valor absoluto, en la que se pueda confiar sin la necesaria purificación y esfuerzo. El hombre necesita el esfuerzo de su razón para llegar a Dios, y una revisión de sus propias creencias e ideas del mundo. Experimentamos muchas dificultades para conocer a Dios sólo por medio de la razón, “porque las verdades que se refieren a Dios y a los hombres sobrepasan absolutamente el orden de las cosas sensibles y cuando deben traducirse en actos y proyectarse en la vida exigen que el hombre se entregue y renuncie a sí mismo.”