12-nov. La Sagrada Escritura, inspirada e interpretada

Últimamente, y reconozco que no hace mucho tiempo de esto, he empezado a nombrar como Sagrada Escritura a lo que siempre he llamado Biblia o Palabra. Este pequeño cambio, que en según qué ambientes estés se nota más o menos, resulta significativo. Y me coloca delante de los textos con reverencia y cuidado. La palabra “sagrado” me lleva a Dios, e introduce en el misterio, como “lo santo”. Será una actitud cultual, respetuosa, que a algunos les puede estar sonando seria y distante. Aunque más bien lo vivo al revés, como espacio abierto por Dios, y no por hombre, para el diálogo y la comunicación.

No hace mucho me pidieron algo que me supuso mucho esfuerzo y contrariedad. Estaba perplejo, confundido. Incluso diría que herido y molesto. Lo que más pesaba en mí era la confusión, y aunque sabía lo que tenía que hacer, porque estaba claro, entraba a jugar también mi libertad, mis sueños, mis deseos, mi interpretación de la vida. A todo esto, me topé con un texto de la Sagrada Escritura, que había leído muchas veces anteriormente. No era, en absoluto, algo nuevo. Me lo sabía de memoria. Pero me supo diferente: “Acoge, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios.” Puedo asegurar que sentirse traspasado y trastocado de ese modo, en la agitación y en la prueba, señaló con rotundidad el norte. Y de lo que más me alegro de todo, fue de la actitud de acogida. Una Palabra acogida como amor, que desveló la compañía de Dios en todo lo que sucedía. Una experiencia que, por mucho que se quiera forzar, no se tiene sino desde la acogida respetuosa, sabiendo que no son ni tus deseos ni tus caminos los que se están trazando, sino que alguien te lleva de la mano, o al menos te indica por dónde seguir a la espera de una respuesta. El diálogo estaba abierto, la Palabra estaba dicha.

La Sagrada Escritura permite al hombre entender a Dios, al estar escrita en lenguas humanas, dicha expresamente para el hombre. Esta semejanza con nuestro lenguaje, al tiempo que facilita, también en ocasiones puede volverse una dificultad, y ser objeto de manipulación. Sin embargo, quien escucha a Dios en la Sagrada Escritura, o mantiene esa actitud de fe y atención, encuentra siempre algo nuevo. Estamos acostumbrados a tener entre nosotros la Biblia, pero deberíamos considerar que Dios no quisiera haber hablado, porque su Palabra es fruto de su libertad y amor, no mera condescendencia con el hombre ni respuesta a su capricho y necesidad. Su Palabra es verdad, en la que Dios se da a sí mismo. Es primeramente Palabra que nace de Dios, porque Dios ha querido. Palabra que se ha hecho plenamente hombre, en Jesucristo, Palabra Única e Hijo Único del Padre. De ahí que la Iglesia cuide y venere la Sagrada Escritura, y también la reparte entre los fieles.

En ocasiones me planteo la facilidad con la que tratamos la Sagrada Escritura, sin excesivo cuidado ni cariño, en nuestra vida cotidiana. Y cómo contrasta esta actitud con la liturgia de la Iglesia, que dispone de una presencia especial para ella, un trato digno y respetuoso, e incluso amoroso a través del beso después de la lectura del Evangelio. Sería bello enseñar a los cristianos a amar la Escritura, antes de leerla o estudiarla, sin más, antes de aprenderla. Como quien se educa para desear que Dios hable, o diga algo. Y así, desde ese silencio, que también se vive en ocasiones a lo largo de la vida, estar receptivos, dejarnos sorprender. Creo que sería oportuna, y se hace, esta reflexión más amplia sobre nuestra actitud ante la Sagrada Escritura. Sin duda, todo lo que se haga por dignificarla, redunda igualmente en nuestra capacidad para escuchar mejor lo que el Señor nos dice a través de ella, y cómo podemos en ella encontrarnos con el Hijo. No se trata, con todo, de “un Libro”, ni de “una colección de Libros”, sino de “la Palabra” de Dios, palabra viva que propicia el encuentro entre Dios y el hombre.

La Sagrada Escritura tiene a Dios como autor, y contiene aquello que fue inspirado por el Espíritu Santo, a través de hombres elegidos, dóciles a la voz del Espíritu y dispuestos así a responder con todos sus dones y capacidades a su acción. Por ello estos libros enseñan la verdad sólidamente, para nuestra salvación.

Lejos de suponer para la fe una dificultad el que esté hecha con la participación santa de autores humanos, me resulta una llamada en el Año de la Fe a dar gloria a Dios por la obra en algunos de sus hijos. Entiendo que, en su decisión por acercarse al hombre al máximo para hablar con él, la presencia de estos escritores humanos es un signo más que apoya la voluntad de Dios por respetar y valorar la libertad del hombre, al tiempo que muestra cómo esa libertad, capacidad y voluntad humana no son signos que le separen de Dios, ni le independicen de su origen, sino que bien orientados muestran su más radical belleza y bondad.

Además, el Espíritu ayuda en la interpretación, al modo como entiendo que podríamos dialogar con el autor de un libro, para que nos explique e ilumine los entresijos, los motivos. Nos pone en comunión, en sintonía con el texto, nos prepara para su recepción e ilumina la inteligencia para comprenderlo en su conjunto, no aisladamente, y en relación a la propia vida. El Espíritu no nos mueve a la curiosidad ni al capricho. Le interesa la vida del hombre, con lo que eso significa, y por eso se aproxima a nosotros de semejante modo.

El CVII señaló tres criterios para una interpretación de la Escritura conforme al Espíritu: (1) Prestar una gran atención al contenido y a la unidad de toda la Escritura. (2) Leer la Escritura en la Tradición viva de toda la Iglesia. (3) Estar atento a la analogía de la fe.

Si lo piensas bien, lo dicho en el párrafo anterior, viene a significar liberar la Escritura del peso y de la manipulación de los sectarismos y de las interpretaciones sesgadas. Lejos de plantear un método fácil, nos pone en el camino de la eclesialidad, de la comunión, de la lectura viva y actuante, y de la adhesión de corazón a la Escritura como la unión misma que fe provoca entre Dios y el creyente. Otras lecturas, con métodos más definidos, sólo podrán ser ayuda en la medida en que abran el tesoro que la Escritura porta, y esta llave sólo la tiene el Espíritu. De modo que cuando se acoge como Palabra de Dios, podemos reconocer que el Espíritu actúa en nosotros.

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9-Nov. El crecimiento en la inteligencia de la fe

Llamo la atención sobre el título del post, tomado literalmente del CATIC. He preferido no cambiarlo ni tocarlo porque me resulta muy significativo. Se refiere a la inteligencia de la fe, en lugar de al crecimiento en la fe misma. Pero me parece fundamental subrayar que la comprensión lleva a una mejor vivencia, sin identificar por ello que saber mucho signifique directamente vivir mucho. Lo cual no se dice aquí expresamente, aunque sí quedará claro más adelante. Estamos llamados a creer en la inteligencia de nuestra fe, acompañando de igual modo nuestro crecimiento en otras dimensiones de la vida, de igual modo que alguien que comienza a amar desea saber más de la otra persona, o quien se dispone a confiar lo hace conociendo de qué pasta está hecho ese amigo a quien desvelará sus secretos.

Quiere conocer quien ya cree. Y quizá nos pueda servir de signo o síntoma para valorar el estado actual de nuestra propia experiencia cristiana. Si ha movido mi inteligencia, si me ha llevado a valorar otros aspectos, si tengo más cuidado en lo que pienso, si he examinado con un poco de detenimiento la coherencia de ciertas ideas, si he buscado de algún modo detenerme en alguna lectura, o si he podido expresar con razones, más o menos amplias o limitadas, por qué vivo como vivo, por qué creo en el Dios que creo. Sin embargo, con todo lo dicho, la inteligencia de la fe no es producto de la mera acción o interés del hombre, sino fruto de la acción del Espíritu, dada la naturaleza de aquello que querermos aprehender. El Espíritu nos sitúa ante el misterio que no se ve, con una inteligencia capaz primeramente de amar aquello que estamos contemplando o sintiendo. El Espíritu nos mueve a esa introducción que nos hace sentir dentro, y participar, de aquello que queremos ver mejor, con la humildad de una criatura cuya inteligencia es más solícita que exigente.

Tres son las vías que el Catecismo señala al respecto:

  1. La vía de la profundización, al modo de María, que guardaba en su corazón las palabras del Hijo. Este “llevar en el interior”, repasar y revivir, es primeramente una tarea teológica, que tiene también su especialización, aunque es propia de todo fiel cristiano y debería acomodarse a su nivel cultural, social y personal. Nadie dice que esta tarea se haga sólo en los libros, porque se trata de investigar la verdad revelada, de modo que también incluye la necesaria profundización, por ejemplo, en los signos de los tiempos con la adecuada interpretación y discernimiento. De igual modo, nadie dice que esta tarea deba ejercerse en solitario, sino que más bien debe contagiarse y rezumar de la eclesialidad cotidiana y de la comunión necesaria, del diálogo y compartir que forma parte de la misma vida de fe.
  2. La vía de la vida misma, dada por la asidua participación y repetición de palabras en el contexto litúrgico, o en la vida de la comunidad. De este modo hay personas enteramente sabias en los misterios de Dios que no han abierto jamás un libro al modo teológico, o que no se han detenido especialmente a sistematizar su conocimiento, y que desbordan sabiduría e inteligencia espiritual por los cuatro costados. Hay un modo nuevo, siempre sorprendente, de acoger a Dios en la vida cíclica y ordenada de la Iglesia, que nos lleva en espiral a una mejor y más profunda inteligencia acomodándose con paciencia a nuestro mismo desarrollo.
  3. Por último, la vía de la escucha y de la comunión eclesial, expresada por nuestros pastores según el carisma especial que han recibido para el crecimiento y cuidado de la Iglesia.

5-nov. Tradición y Sagrada Escritura

No pocas veces me encuentro con esta dificultad y con preguntas relacionadas con este ámbito. Y creo que no pocos cristianos confunden tradición con tradiciones, y tienen asociada la palabra tradición a un elemento negativo, que suena a pasado de moda. Si no hacemos “limpieza de mente”, muy higiénica de vez en cuando, no lograremos entender bien lo que la Iglesia dice. Es como si hablásemos de dos cosas, con los mismos fonemas; por lo tanto, no nos entenderemos nunca. Creo, por tanto, que no se trata más que de una confusión terminológica y de unos ciertos prejuicios.

Lo primero es comprender, como antes se ha expuesto, que la Revelación plena se ha dado en Jesucristo. Y que por consiguiente, los primeros que acogieron la Revelación fueron los discípulos. No sólo en su cabeza o en su corazón, sino también en sus vidas, guiados por el Espíritu Santo de forma especial, en atención al carisma fundador que comporta su misión, y renovados por Él. Los primeros cristianos son de este modo acogidos por la Iglesia como un pilar o fundamento, como el primer depósito de la fe vivo. No porque ellos hayan querido, sino por elección de Dios; no porque se den a sí mismos esa responsabilidad y dignidad, sino que son quienes van a cargar con el peso y la exigencia de ese momento, guiados y consolados por el Espíritu en medio de la persecución; porque ellos sean especialmente inteligentes y vieran el horizonte, sino por la iluminación del Espíritu en sus vidas, en su discernimiento, en su debilidad. Ellos no disponían al inicio de la Sagrada Escritura, sino de la Palabra de Dios en Jesucristo. E igualmente guiados por el Espíritu lo testimoniaron por escrito, dando lugar a la Sagrada Escritura. Por eso “Tradición y Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgieron ambas de la misma fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin.” (DV 9, CATIC 80). Esta Palabra de Dios es la que la Iglesia está llamada a guardar, a la que debe servir fielmente y debe comunicar íntegramente de generación en generación. No de cualquier modo, también es cierto, sino a través del Magisterio de la Iglesia, como trasmisor e intérprete inspirado por el Espíritu.

Otra cuestión son las tradiciones, de diverso carácter. Sean concrecciones en la historia, en los pueblos, corrientes intelectuales… Y que no son, ni pueden considerarse, como Palabra de Dios, ni fuente de la Iglesia. Su objetivo es ayudar a los cristianos, no someterlos ni cegarlos, para que alcancen al Señor Jesús, para que lleguen ellos también a beber y saciarse en la fuente. Por lo que podemos decir que son medios que debemos considerar más o menos útiles en tanto en cuanto se muestre su eficacia mediadora, y sean discernidos por la Iglesia.

31-oct. La transmisión de la fe

Aquí vale, para empezar, aquello de que quien ha recibido un regalo lo va diciendo a los demás, como poco. Si puede, lo enseña. No todo se puede enseñar, también es verdad. Porque hay limitaciones. Si me regalan un coche, no lo voy a meter en mi clase. Tendré que llevar a la gente hasta él. Pero si me han obsequiado con una comida, ¿tendré alguna foto dle momento? La cuestión es que, dentro de la dinámica del regalar y del vivir está también la de extenderse, aunque sea con una sonrisa, con una alegría, con el tono vital más allá de la persona que la recibe.

Respecto de la fe, exactamente igual. El tesoro y regalo de la fe ansía que, quien lo recibe, sea capaz de llevarlo más allá de sí mismo. Con dos ventajas: la primera, que se puede compartir enteramente, de modo que cuanto más se da y más se extiende, se hace más grande y se multiplica en mayor medida; y, por otro lado, que no depende enteramente de quien  comunica, sino de la relación y apertura de la persona a Dios, que es quien entrega verdaderamente la fe. Me imagino entonces que es como dar a conocer a dos amigos, a quien te lo ha regalado todo y a quien te acompaña en tus cosas de la vida, de modo que ambos puedan entablar esa relación hasta el punto de que tu otro amigo también reciba el gran don que tú disfrutas ya. Compartir la fe es “poner en contacto”, crear relaciones, vincular a otros hombres con Dios, acercarlos, aproximarlos, permitir que otros se sientan cómodos con Dios, que entablen diálogo… Algo así es transmitir la fe.

Este regalo se dio enteramente, de parte de Dios, en Jesucristo. Los primeros en recibirlo por entero fueron, por tanto, el grupo de discípulos. De esta manera se constituye la Tradición Apostólica, con la enorme responsabilidad de guardar el tesoro de la fe íntegro, para comunicarlo íntegro. No como reserva, para sí y sólo para sí, sino para seguir dándolo por entero, completo, y ayudar a otros a descubrir enteramente al Señor, el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, la vocación a la santidad a la que somos llamados. Tanta fuerza tiene este tesoro que une a los hombres en la fe, constituyendo la Iglesia en torno a Cristo mismo, al Resucitado, el verdadero tesoro que está deseando dar a conocer al mundo.

Esta comunicación comenzó con el mismo Jesús, que envió a los suyos a anunciar el Reino y a curar y salvar, como pescadores de hombres, como corderos en medio de lobos, como peregrinos sin bastón ni bolsa. Se trata de un anuncio y de la comunicación de los bienes divinos, una palabra y su cumplimiento definitivo. De modo que los apóstoles utilizaron todo cuanto estaba a su disposición, con sus palabras y con sus obras, con toda su vida, y también por medio de escritos. Así se completa la generación apostólica, con todo este testimonio de quienes pertenecieron a su generación y tuvieron trato con Cristo. En todo este anuncio los apóstoles no hablan de sí mismos, ni se ven a sí mismos como el regalo que Dios tiene para el mundo. Sino que su referencia es el mismo Dios, hecho hombre, y la salvación realizada en el misterio pascual. El kerigma condensa primeramente esta fe, en la que se ve que el centro está en Jesucristo, con su muerte para el perdón de los pecados y su resurreción para otorgar vida nueva al hombre, vida eterna, invitando a todos a participar de ella.

En esta responsabilidad, los apóstoles no se ven solos ni desvalidos, ni abandonados por el Señor, sino capacitados por el Espíritu Santo, que vive en ellos como en un templo, para mostrar al mundo enteramente la riqueza de la fe. Es por tanto el Espíritu quien obra en ellos, siendo dóciles a la voz de su llamada y al impulso de la misión.

30-oct. Cristo Jesús, mediador y plenitud de toda revelación

Antes de hablar de Cristo Palabra, el Catecismo se refiere a la fragmentación de la revelación anterior. Y nos invita a comprenderla de este modo, en la verdad de una experiencia y revelación que no estaba completa, y que quería más, y que alcanza su culmen y máxima expresión posible en Cristo. Si Cristo es la Palabra completa y definitiva del Padre, podemos decir que con anterioridad Dios había hablado con palabras particulares y concretas, en diálogo sincero con el pueblo, en respuesta en gran medida a sus necesidades y demandas dentro del progreso de la historia de la Salvación. Estas palabras “pequeñas” e incompletas le iban capacitando para acoger la Palabra en el culmen de la historia. De este modo se señala la validez y eficacia de las mediaciones, diversas y múltiples de la etapa anterior, al tiempo que se da un salto cualitativo en su recapitulación y máxima expresión en Cristo. No se trata sólo de un aspecto cuantitativo, sino de un salto de lo parcial a lo total, de lo fragmentado a la unidad. En Cristo está todo lo anterior recogido como promesa, y se expandirá su Palabra como prolongación y desarrollo de lo que Cristo es. Así se constituye en centro de toda la historia, en fuente y culmen.

Por otro lado, se subraya la importancia de Cristo como Palabra única. Dios no tiene más Palabra que la del Hijo, que ha sido entregada por completo a los hombres, haciéndoles llegar así su designio y voluntad salvífica, y entablando con ellos un diálogo, más allá del cual ya no se puede decir nada más. Todo ha sido dicho, por parte de Dios, en Cristo Jesús. De modo que el hombre que quiera conocerle, buscarle y dialogar con Él, lo hará a través del Hijo.

La experiencia de la mediación humana es imprescindible. El hombre no tiene acceso a nada si no es “a través de”, sean palabras, sean ideas, sean experiencias, sean sentimientos, sean tradiciones. Todo está mediado para el hombre. Y estas “mediaciones o intermediarios”, puestos en medio de aquello que se busca y la persona, pueden en ocasiones ser facilitadores o impedimientos, como si se tratase de grados de trasparencia y de autenticidad. En ocasiones experimentamos la dificultad para llegar a la esencia por la incapacidad de la mediación, como puede pasar en clase con un buen o mal maestro, o en casa con un buen o mal padre-educador, o con un amigo en tanto que mediador del don de la amistad, o con un libro o escrito en tanto que mediadores de la sabiduría, o incluso con un chiste como mediador del humor y de la alegría. De modo que, cuando decimos que Cristo es mediador, afirmamos al mismo tiempo dos cosas: que en Él tenemos acceso libre y confiado al Padre, porque ha roto el muro que nos separaba de la Vida, de la Verdad, del Bien, de Dios mismo; y que Él es absolutamente trasparente, por tanto, al Padre siendo Dios mismo, haciendo de facilitador y de Camino para el acceso a Dios. Por un lado, Cristo en su humanidad acoge y da a comprender al modo humano, por otro hace explícito el contenido de la revelación.

Las tres cuestiones de hoy me parece que son elementos configuradores de la experiencia cristiana, al tiempo que purifican nuestra fe de idolatrías y de falsedades. No se trata de sólo Cristo, o de sola Palabra, sino de reconocer en Cristo, en toda su realidad, como mediador de Dios perfecto y como plenitud de la revelación. Existen por tanto otros caminos, fragmentados, que también nos acercan a Dios, acercándonos poco a poco a Cristo, que es la plenitud de todo lo anterior. Y existen, como no puede ser de otro modo, más signos y muchas ayudas para la vida cristiana, que nos permiten comprender y actualizar nuestra fe y armonizarla con la vida, pero tendrán en Cristo su centro. No son palabra nueva, sino desarollo o comprensión de lo que ya ha sido mostrado en el Hijo, y en Él tendrán su luz y fuerza verdadera. Así la Iglesia ha expresado que el Espíritu Santo es el Espíritu del Hijo, que nos hace vivir como hijos adoptivos. Y así la experiencia cristiana reconoce en la tradición que se ve orientada, cada vez más, hacia Cristo como cabeza, en quien se recapitula todo.

29-oct. Las etapas de la revelación

El Catecismo presenta estas etapas divididas en cuatro grandes etapas, que culminan en la revelación definitiva y plena en Jesucristo. Es importante subrayar este aspecto de la pedagogía divina y de la paciencia de Dios, al modo como un maestro va hablando con sus alumnos e introduciéndoles en una materia. Esa paciencia, que tiene en cuenta también los pasos hacia adelante y hacia atrás, es nuestra salvación. No todo se puede mostrar ni enseñar en un instante, hace falta lentitud y ejercicios, porque la “cabeza y cerviz del hombre está endurecida, como su corazón”, y seguir dando pasos aunque algunas veces no todo esté asentado. Dios se muestra en la historia, de este modo, como un pedagogo. Con cada hombre, y con la humanidad. Y su revelación, aunque el hombre la ansíe siempre como total, será acogida según la posibilidad del momento.

Tenemos noticia, por otro lado, de tal revelación gracias al Antiguo Testamento. A través de sus géneros literarios, de su capacidad para discernir en su historia lo que es de Dios y lo que no es de Dios, y sobre todo de la acción del Espíritu Santo que inspira la Escritura para hacerla Palabra de Dios en sentido pleno. Así acogemos, por tanto, estos relatos y tradiciones, en las que Dios se cuenta a través de los hombres y para ellos, con palabras apropiadas para su entendimiento.

  1. El primer tiempo de la historia es previo a la humanidad misma. En la creación Dios da testimonio de sí, dejando en todo su huella, su orden, su belleza, su inmensidad y grandeza. No sólo al principio, sino dándole sostén y fundamento, Dios sigue siendo el Creador de todo. La creación misma es, toda ella, fruto de su amor y comunicación, en el que se da por entero. Pero especialmente, dentro de todo el orden, ha dejado su huella en el hombre y la mujer, creados a su imagen, y por tanto reflejo de su mismo ser. Los primeros padres, figura de la humanidad, señalan que el lugar que corresponde al hombre dentro de la creación es el de la intimidad y familiaridad con Dios, el de la comunión y diálogo con él, en continua presencia. Sin embargo, esta comunicación y conocimiento mutuo se ve rota e interrumpida en el pecado, fruto del engaño, de la mentira sobre Dios y sobre el hombre. En este momento, en el que los hombres niegan a Dios y pretenden ocupar su puesto, Dios se sigue mostrando al hombre con benevolencia y cuidado, no dejando al hombre solo frente a las consecuencias de su pecado, sino ofreciendo salvación y llamando incesantemente al hombre a compartir de nuevo su vida.
  2. El segundo momento se sitúa en la alianza con Noé. La humanidad se presenta ya en este relato bíblico dividida, dentro de un orden plural. División causada para limar su orgullo. Dios hará entonces alianza con la humanidad entera, evitando su destrucción, e iniciando un camino de salvación con ellas agrupadas en países, socialmente. A pesar de la corrupción y maldad que se expresa en los primeros capítulos del Génesis, que muestran cómo el pecado va degradando y dividiendo progresivamente todo lo humano, llegando incluso a darse muerte unos a otros, destacan figuras de especial santidad y bondad que revelan que, por encima de todo, la luz de Dios brilla en la oscuridad, y la bondad no puede ser eliminada del corazón del hombre y de la humanidad totalmente. En la alianza con Noé hay una palabra firme y definitiva de Dios con cada uno de sus hijos, con aquellos que le buscan rectamente, con aquellos que buscan la verdad, el bien y la justicia.
  3. La elección de Abraham da comienzo a la tercera etapa, cuando Dios comienza a reunir a sus hijos dispersos. De este modo, Abraham es llamado “padre de muchos”, padre de la fe. Tres aspectos se destacan, como principales y conectados entre sí, de esta etapa: (a) la llamada a la comunión por un nuevo nacimiento, de modo que, a ejemplo de Abraham todo hombre está convocado a (b) dejar lo suyo, sus modos y maneras, su patria incluso y su vida organizada, para formar parte de (c) un pueblo nuevo entre las naciones, que sea al mismo tiempo quien reciba y mantenga la promesa y la alianza con el Señor, y sea para la humanidad entera raíz y fermento.
  4. El pueblo de Israel, como resto liberado de la esclavitud de Egipo, en el que Dios dará los pasos definitivos hasta la venida del Hijo. Un pueblo elegido entre muchos, un pueblo pequeño compuesto por tribus, descendientes del mismo padre. El Israel liberado concreta la Alianza con Dios en las tablas de la Ley, de modo que hay un reconocimiento mutuo, un pacto de fidelidad indiscutiblemente asimétrico por parte de Dios, y un servicio a la humanidad entera como pueblo de la esperanza. Dios revela a este pueblo su propio nombre, haciéndole mediador y sacerdote de la antigua alianza. De entre el pueblo Dios suscita, en esta última etapa antes de Cristo a profetas y sabios que anuncien decididamente la venida de Dios y la salvación definitiva, que recuerden incesantemente la alianza hecha con Dios, y su fidelidad, que vaya adentrando al pueblo en la lógica de la misericordia y de la bondad.

María, la figura más pura de la Antigua Alianza, será de entre las mujeres la elegida por Dios para ser la puerta de la encarnación del Hijo. De este modo María es, desde la Nueva Alianza y la Nueva Creación, el gozne de la Historia de la salvación.

Personalmente, siempre me ha gustado contemplar esta historia como un proceso de concentración y expansión. Todo camina hacia una puerta pequeña, hacia una mujer, María, y en ella, se hace pequeño y asequible el Salvador del Mundo.

26-oct. Dios sale al encuentro del hombre

Y a ese “salir de sí”, para comunicarse y donarse, lo llamamos “revelación”. Un término precioso, que deberíamos cuidar, con el que queremos hablar de algo fascinante: Dios, antes de que el hombre pueda ir en su búsqueda, cuando es como un niño pequeño que gatea en la fe, va hacia él para hacerse el encontradico y protegerle. Al igual que cuando éramos niños nuestros padres se asomaban en la cuna, y nos robaban una sonrisa haciendo una carantoña, así me imagino yo a Dios en mi vida espiritual en más de una ocasión. Y al igual que no recuerdo la cara de mis padres, porque yo era pequeño, entiendo que tampoco puedo recordar esta preciosa y hermosa relación con Dios, en la que él se dejaba ver y a mí me alegraba el alma.

La revelación divina pertenece a un orden de conocimiento inalcanzable para el hombre, por el hombre mismo. Sí es capaz de recibirla, porque está capacitado para acogerla. Pero no para crearla por sí, ni imaginársela tan siquiera. Porque corresponde al ámbito del Misterio personal de Dios. Del mismo modo que podemos estar mirando a una persona o familiar eternamente, sin saber qué piensa o qué siente o qué quiere, porque ni el pensamiento, ni el sentimiento, ni la voluntad se pueden ver, así ocurre con Dios. Nuestra capacidad llega hasta donde llega, que es a vislumbrarle y amarle como absoluto, como eterno, como principio y origen de todo. Pero de ahí a que ese Absoluto quiera hablar conmigo, darse a sí mismo y compartir su vida, hay un salto infinito. A este salto lo llamamos revelación, porque Dios se re-vela, se muestra y vuelve a su ser.

Además de contarse a sí mismo, da a conocer su voluntad y designio de salvación, su compromiso, por así decir, con el hombre desde la eternidad. Ya no es que Dios sea origen de todo, incluido el hombre, sino que en ese diálogo el hombre mismo aprende que ha sido creado por amor, no de cualquier modo, ni de cualquier manera, y con un destino de amor, para el amor y para la comunión con Dios. Y por tanto, todo hombre, dentro del proyecto de salvación de Dios, ocupa un lugar y tiene una misión. Este carácter salvífico de la revelación llega a su culmen no en los grandes padres y profetas del Antiguo Testamento, sino en el mismo Hijo, como muestra definitiva y última -en tanto que final- de Dios con el hombre. En Jesucristo todos conocemos lo que el Padre desea de nosotros, y el amor que nos tiene, por la Cruz y la Resurrección.

Y también la revelación comporta un carácter pneumatológico, en la entrega del Espíritu Santo, como Dios que vive y alienta en el corazón y la vida de las personas, y los llama a la comunión plena con él. Una unidad que a nosotros se nos escapa, tanto como destino, como en los medios por los que podemos alcanzar semejante libertad y tamaño amor. Lo que Dios nos cuenta, de este modo, se nos da como eternidad, en tanto que siempre fue su voluntad amar y salvar a los hombres, entablar con ellos trato de amistad y cercanía, disfrutar juntos de todo lo creado en su orden, belleza y esplendor.

Es la revelación, la que capacita para la respuesta, para el conocimiento y para el amor, al igual que cuando alguien nos llama por nuestro nombre en mitad de la multitud, y nos conoce y reconoce, y se muestra interesado en nuestra presencia aunque nosotros vivamos en la ignorancia. Dios, de esta manera, se abaja a nosotros y a nuestro lenguaje y formas, para que a través de ellas sepamos trascender e ir más allá de las mismas, hacia otro orden de realidad en el que el cielo y la tierra no estén divididos, en el que el hombre no esté encerrado en sí mismo sin los otros, en el que el hombre y la creación no se vean separados o sientan subordinados irresponsablemente, en el que el hombre y Dios puedan convivir al modo como Padre e hijo en el HIjo, como Creador amante y creatura agradecida.