12-nov. La Sagrada Escritura, inspirada e interpretada

Últimamente, y reconozco que no hace mucho tiempo de esto, he empezado a nombrar como Sagrada Escritura a lo que siempre he llamado Biblia o Palabra. Este pequeño cambio, que en según qué ambientes estés se nota más o menos, resulta significativo. Y me coloca delante de los textos con reverencia y cuidado. La palabra “sagrado” me lleva a Dios, e introduce en el misterio, como “lo santo”. Será una actitud cultual, respetuosa, que a algunos les puede estar sonando seria y distante. Aunque más bien lo vivo al revés, como espacio abierto por Dios, y no por hombre, para el diálogo y la comunicación.

No hace mucho me pidieron algo que me supuso mucho esfuerzo y contrariedad. Estaba perplejo, confundido. Incluso diría que herido y molesto. Lo que más pesaba en mí era la confusión, y aunque sabía lo que tenía que hacer, porque estaba claro, entraba a jugar también mi libertad, mis sueños, mis deseos, mi interpretación de la vida. A todo esto, me topé con un texto de la Sagrada Escritura, que había leído muchas veces anteriormente. No era, en absoluto, algo nuevo. Me lo sabía de memoria. Pero me supo diferente: “Acoge, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios.” Puedo asegurar que sentirse traspasado y trastocado de ese modo, en la agitación y en la prueba, señaló con rotundidad el norte. Y de lo que más me alegro de todo, fue de la actitud de acogida. Una Palabra acogida como amor, que desveló la compañía de Dios en todo lo que sucedía. Una experiencia que, por mucho que se quiera forzar, no se tiene sino desde la acogida respetuosa, sabiendo que no son ni tus deseos ni tus caminos los que se están trazando, sino que alguien te lleva de la mano, o al menos te indica por dónde seguir a la espera de una respuesta. El diálogo estaba abierto, la Palabra estaba dicha.

La Sagrada Escritura permite al hombre entender a Dios, al estar escrita en lenguas humanas, dicha expresamente para el hombre. Esta semejanza con nuestro lenguaje, al tiempo que facilita, también en ocasiones puede volverse una dificultad, y ser objeto de manipulación. Sin embargo, quien escucha a Dios en la Sagrada Escritura, o mantiene esa actitud de fe y atención, encuentra siempre algo nuevo. Estamos acostumbrados a tener entre nosotros la Biblia, pero deberíamos considerar que Dios no quisiera haber hablado, porque su Palabra es fruto de su libertad y amor, no mera condescendencia con el hombre ni respuesta a su capricho y necesidad. Su Palabra es verdad, en la que Dios se da a sí mismo. Es primeramente Palabra que nace de Dios, porque Dios ha querido. Palabra que se ha hecho plenamente hombre, en Jesucristo, Palabra Única e Hijo Único del Padre. De ahí que la Iglesia cuide y venere la Sagrada Escritura, y también la reparte entre los fieles.

En ocasiones me planteo la facilidad con la que tratamos la Sagrada Escritura, sin excesivo cuidado ni cariño, en nuestra vida cotidiana. Y cómo contrasta esta actitud con la liturgia de la Iglesia, que dispone de una presencia especial para ella, un trato digno y respetuoso, e incluso amoroso a través del beso después de la lectura del Evangelio. Sería bello enseñar a los cristianos a amar la Escritura, antes de leerla o estudiarla, sin más, antes de aprenderla. Como quien se educa para desear que Dios hable, o diga algo. Y así, desde ese silencio, que también se vive en ocasiones a lo largo de la vida, estar receptivos, dejarnos sorprender. Creo que sería oportuna, y se hace, esta reflexión más amplia sobre nuestra actitud ante la Sagrada Escritura. Sin duda, todo lo que se haga por dignificarla, redunda igualmente en nuestra capacidad para escuchar mejor lo que el Señor nos dice a través de ella, y cómo podemos en ella encontrarnos con el Hijo. No se trata, con todo, de “un Libro”, ni de “una colección de Libros”, sino de “la Palabra” de Dios, palabra viva que propicia el encuentro entre Dios y el hombre.

La Sagrada Escritura tiene a Dios como autor, y contiene aquello que fue inspirado por el Espíritu Santo, a través de hombres elegidos, dóciles a la voz del Espíritu y dispuestos así a responder con todos sus dones y capacidades a su acción. Por ello estos libros enseñan la verdad sólidamente, para nuestra salvación.

Lejos de suponer para la fe una dificultad el que esté hecha con la participación santa de autores humanos, me resulta una llamada en el Año de la Fe a dar gloria a Dios por la obra en algunos de sus hijos. Entiendo que, en su decisión por acercarse al hombre al máximo para hablar con él, la presencia de estos escritores humanos es un signo más que apoya la voluntad de Dios por respetar y valorar la libertad del hombre, al tiempo que muestra cómo esa libertad, capacidad y voluntad humana no son signos que le separen de Dios, ni le independicen de su origen, sino que bien orientados muestran su más radical belleza y bondad.

Además, el Espíritu ayuda en la interpretación, al modo como entiendo que podríamos dialogar con el autor de un libro, para que nos explique e ilumine los entresijos, los motivos. Nos pone en comunión, en sintonía con el texto, nos prepara para su recepción e ilumina la inteligencia para comprenderlo en su conjunto, no aisladamente, y en relación a la propia vida. El Espíritu no nos mueve a la curiosidad ni al capricho. Le interesa la vida del hombre, con lo que eso significa, y por eso se aproxima a nosotros de semejante modo.

El CVII señaló tres criterios para una interpretación de la Escritura conforme al Espíritu: (1) Prestar una gran atención al contenido y a la unidad de toda la Escritura. (2) Leer la Escritura en la Tradición viva de toda la Iglesia. (3) Estar atento a la analogía de la fe.

Si lo piensas bien, lo dicho en el párrafo anterior, viene a significar liberar la Escritura del peso y de la manipulación de los sectarismos y de las interpretaciones sesgadas. Lejos de plantear un método fácil, nos pone en el camino de la eclesialidad, de la comunión, de la lectura viva y actuante, y de la adhesión de corazón a la Escritura como la unión misma que fe provoca entre Dios y el creyente. Otras lecturas, con métodos más definidos, sólo podrán ser ayuda en la medida en que abran el tesoro que la Escritura porta, y esta llave sólo la tiene el Espíritu. De modo que cuando se acoge como Palabra de Dios, podemos reconocer que el Espíritu actúa en nosotros.

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25-oct. Nuestro modo de hablar de Dios

Cuando decimos hoy que necesitamos cambiar nuestro lenguaje sobre Dios, afirmamos al mismo tiempo dos cosas: (1) que podemos, fruto de nuestro conocimiento y de nuestras experiencias y vivencias personales, hablar de Dios, y que nuestra capacidad racional da para ello, y para que nos podamos entender, y para que seamos entendidos por otros que quizá nunca han escuchado una palabra sobre Dios; (2) que existen muchos lenguajes posibles sobre Dios, unos mejores y más cercanos, otros más equívocos y distantes; todos ellos parten de las limitaciones y grandezas de nuestro conocimiento de las realidades craedas; y que por lo tanto debemos estar atentos a nuestras palabras, porque son relevantes.

En cualquier caso, ¡cuánto me alegro de que ninguna cultura haya reflejado la experiencia religiosa en palabras que sólo unos pocos podían conocer, y en lenguajes ocultos. Todas, para hablar de Dios, utilizan las palabras que tienen a mano, los verbos que tienen a mano, el lenguaje de la vida cotidiana. Y desde él, se alzan y atreven a lo sublime y a lo eterno. ¡Qué grande!

En este sentido, es muy clarificadora por ejemplo la experiencia de la paternidad en la tierra para hablar de la Paternidad mayúscula de Dios con todos los hombres. Según algunos, hay quienes tienen limitaciones a la hora de hablar de Dios como Padre, porque esa palabra refleja para ellos una relación poco sana, decepcionante o dañina; mientras que para otros, sería todo lo contrario, en función de su propia experiencia de paternidad, más bondadosa, de mayor confianza, más cercana. Lo que en ocasiones no nos planteamos es que esta “palabra” nace en la vida del mismo Jesús, y que es Él quien nos la comunica desde su encarnación, desde sus relaciones familiares, y también desde el trato con la Palabra, en el Antiguo Testamento. Las palabras, además, nos llevan a la acción, a comportarnos y vivirnos, a buscar de un determinado modo. No es lo mismo “Padre”, sabiendo que es Jesús quien lo pronuncia, que “Papaito”, que “Papá”, que “Abuelo”. Respondemos de modo diferente a su Palabra.

Respecto al modo como hablamos de Dios, la Iglesia insiste en dos puntos muy importantes:

  1. El mejor lenguaje para referirse a Dios es el de las personas, y el de las relaciones personales. Dios es personal, se ha revelado como un Dios personal. Porque Dios quiso dejar su huella en el hombre, creado a su imagen y semejanza. Y este “parecido” nos permite reflejar la perfección de lo infinito. Y en el hombre encontramos ese deseo de más, esa aspiración a la grandeza, la capacidad para nombrar incluso aquello que no puede alcanzar con sus fuerzas, pero sí soñar.
  2. El lenguaje humano debe purificarse, reconocer su límite y no hacerse absoluto, de modo que no nos lleve a confusión. Podemos decir en catequesis que Dios es amigo, siempre y cuando la amistad esté clara en lo que significa, y siempre y cuando cuando sepamos que Dios no es un “colega”. Nuestra semejanza con Dios se construye en la enorme difernecia y distancia que  hay entre el Creador y la criatura.

Además, contamos con la revelación, con una Palabra en la que Dios se ha contado a sí mismo, encarnada en Jesús. Dios habla, y ha hablado, y sigue y seguirá hablando. Misterio abierto con lenguaje asequible al hombre, para que el hombre entienda, acoja y comparta.

Y también, respecto del lenguaje, estamos llamados a compartir comprensiblemente unos con otros aquello que conocemos de Dios. En un ejercicio de discernimiento común, más que de autoridad y de enseñanza, superando dogmanismos e iluminismos, para iluminarnos y ayudarnos en el caminar. Aquí las palabras que son comunes, las experiencias que son comunes, el enriquecimiento mutuo en el que superamos los propios esquemas, se vuelve a nuestro favor como elemento purificador en el que yo intento conocer más allá de lo propio, sin hacer lo mío lo exclusivo de la Iglesia.

Algunos han abogado, a lo largo de la historia, por una comprensión negativa de Dios, en la que el hombre sólo puede decir aquello que Dios no es. Algo que, aunque parezca muy real, nos hace caer en el desconocimiento de Dios, en la no aceptación de su Palabra y de la revelación. Una cuestión es decir que Dios siempre es “más” y otra, muy distinta, negar toda posible expresión de Dios.

Después de esta pequeña reflexión sobre el lenguaje y Dios, creo que sería bueno entre los cristianos reconocer que, si bien por lado necesitamos una forma de hablar de Dios que llegue más a la gente, también sería muy conveniente para nuestra fe y nuestra espiritualidad, para nuestra relación con Dios en la oración o la misión, recuperar un respeto bien entendido y una cierta unción a la hora de hablar de Él y de nombrarle, y de llamarle. En esta actitud, de toda la persona y de toda la comunidad, se recuperaría el sentido hondo del lenguaje sobre Dios, de quien no podemos hablar, y eso sí es cierto, de cualquier modo.

22-oct. Conocer y amar a Dios, más y mejor, es la vida del hombre

El hombre porta dentro una pregunta imborrable, la del sentido de su propia vida. No sólo la de su origen, también la de su meta y horizonte. En muchas circunstancias surge con especial fuerza. Y reclama una respuesta que sólo se encuentra definitivamente en el amor de Dios, y en el amar en su propia vida. El amor constituye esencialmente al hombre, porque éste ha sido creado por Dios por amor y para el amor.

  1. El conocer del hombre comienza al ser conocido y llamado por su propio nombre, al dejarse conocer e interrogar, cuando entra en un diálogo y sale de sí mismo.
  2. El amor del hombre, igualmente, se inicia con el amor que recibe, y por lo tanto, en el dejarse amar en profundidad por quien le conoce últimamente.

Esta verdad de la fe, acogida con fidelidad y concretándola en la propia vida, como una verdad práctica y como una verdad dicha por amor al hombre para que encuentre paz, es capaz de sustentar toda su existencia, orientarle definitivamente hacia el bien, generar comunión entre los hombres, y encontrar y ver a Dios, a quien busca incansablemente. Cuando el hombre acepta, y deja de luchar contra sí mismo, que ha sido creado por Dios para el amor se ve en la tesitura de dar una respuesta que sólo del amor nace y que sólo desea amar más y mejor cada día.

  1. Esta verdad la conocemos en la historia de la Salvación, en la que Dios se revela como Uno y Trino. Padre, origen de todo que llama a todo hombre a compartir su propia vida. Hijo que redime y salva al hombre, roto por el poder del pecado y alejado del amor y dividido como humanidad y en su propia humanidad. Espíritu Santo que actúa en cada persona y la asemeja en lo cotidiano y en la historia al Hijo, haciendo de todo aquel que lo recibe y se deja hacer por él un hombre libre al modo como el Hijo revela la perfecta humanidad.
  2. La comunicación de esta verdad, para nuestra salvación, forma parte del envío de la Iglesia a anunciar la Buena Noticia, a dar respuesta desde el Amor de Dios a los hombres en sus búsquedas e interrogantes, en su sentido hondo y en su horizonte, en su acción y en su compromiso. La Iglesia ante el mundo es este sacramento que, con su palabra y sus obras, hace presente a Dios para que el hombre se encuentre cara a cara con Él.
  3. Dar a conocer a los hombres el camino abierto hacia la salvación y el Reino es recibido por los cristianos con urgencia, en fidelidad. De este modo se predica con fe la fe de la iglesia, se vive la fe en la comunión y amor fraterno en la comunidad de creyentes, se celebra en la liturgia, y cada hombre se encuentra con Dios en la oración.

Hoy estamos urgidos, desde muchos ámbitos, a renovar la catequesis, por medio de la cual los hombres conocen a Cristo, le abrazan con fe, y se incorporan a su Cuerpo, que es la Iglesia. Especialmente entre los jóvenes y entre aquellos que no han escuchado hablar nunca del amor de Dios manifestado en el Hijo, de quienes buscan y sacian su sed en tantos lugares. Pero también, y con igual urgencia, entre los bautizados de Occidente, cuya fe demanda una educación y recepción más intensa y sincera.

CATIC 1 – 25