20-nov. Obediencia en la fe

Una fe madura abraza la obediencia. Iba a escribir “abraza sin miedo la obediencia en la fe”, y finalmente no lo he hecho. Porque en la fe también existe el miedo, y las dudas, y muchas inseguridades e incertezas. Quisiéramos todo claro y limpio, nítido y fiducial, pero sería una simplificación intolerable de la vida, del hombre y de Dios mismo.

Soy consciente de que hay verdades, de cualquier tipo, que cuesta secundar y a las que no se presta suficiente atención. Incluso aquellas simples y directas, de las cuales conocemos perfectamente sus consecuencias más que posibles. Por ejemplo, está claro que “si no estudias, no aprobarás”, y que lo bueno es aprobar y seguir dando de nosotros todo cuanto podamos, y sin embargo muchos experimentan en la juventud la dificultad por centrarse en el estudio. Por ejemplo, también es verdad que “vivir es un regalo”, y que “debo conocerme a mí mismo”, y que “toda persona tiene sentimientos”. Y todas ellas nos provocarían reacciones vitales de lo más intenso. No son nada fáciles de asumir, aceptar, acoger, creer a corazón entero y con todo el ser.

Mis alumnos en clase se “sorprenden” cuando hablo de que la verdadera libertad comienza en la obediencia, y que su estructura misma requiere verdad y fidelidad para ser buena y ser humana. Nadie quiere vivir de “los muchos posibles” sino “abrazar lo mejor”. Así nuestra libertad es obediencia a lo mejor que podemos encontrar y conocer, intentando responder, también, del mejor modo posible.

Por lo tanto, no me extraña en absoluto que en materia de fe experimentemos resistencias a la Verdad que ha sido revelada, y que incluso llegamos a reconocer como Verdad. No me sorprendo al comprobar la tensión que causa en la vida comprender la fe como obediencia. Es complejo, difícil, costoso. Sin lugar a dudas.

Al mismo tiempo, proclamamos que la verdadera obediencia a Dios no es posible sin la fe, y que tampoco la fe es posible comprenderla en plenitud sin obediencia. El Catecismo presenta dos modelos en relación a esta respuesta.

  1. Abraham, el padre en la fe. Llamado a dejarlo todo, salir de su tierra, encaminar sus pasos a una tierra desconocida y fiado de la promesa de fecundidad. La fe fue su garantía, lo que le hacía valedor y lo que le permitió ser peregrino en la tierra. Por eso muchos le recordarán, y es padre de todos los creyentes.
  2. María, la madre de los creyentes. En su humildad y humillación acogió la Palabra, hizo carne la vida del Hijo, y se mantuvo fiel y dócil a su Palabra a lo largo de toda su vida. En Ella no sólo encontramos “obediencia”, sino esclavitud.
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