14-nov. El canon de las Escrituras

Todos sabemos que el canon de la Escritura es la norma que establece qué libros son inspirados como Palabra de Dios, recogidos por tanto y tratados como tales, en la Biblia. Se estipuló así en el Concilio de Roma, del año 382, bajo la autoridad de San Dámaso I. Hay otros libros que pueden estar inspirados, de muchas formas, y con muchos propósitos. Pero no son Palabra de Dios, y aquí está la diferencia que se señala entre canónicos y apócrifos. A todas luces, por lo tanto, se nos muestra que para ser tema conciliar, existía otra literatura paralela a la dictaminada, cuyos efectos en la vida de fe y de la iglesia eran distintos a los frutos del Espíritu, y cometían errores sobre la vida de Jesús. La Iglesia sólo puede determinar esto, como también se puede observar, en comunión de verdad con el Señor Resucitado y bajo la acción del Espíritu. El canon no sólo es una palabra dada en la historia de negación, que hubiera sido más fácil quizá, sino una afirmación recogida para siempre sobre la Palabra de Dios y la vida cristiana.

En total 73 libros, de muy diversas épocas, agurados en el Antiguo Testamento (46 escritos proféticos, sapienciales, incluso novelescos) y el Nuevo Testamento (27 textos, siendo centrales los cuatro evangelios). Tanta exahustividad y finura sólo puede venir del Espíritu. Siendo tantos libros debemos establecer un orden. Pero el orden, no está dentro del canon. Ni siquiera en las Biblias que se editan. Lo fundamental es el contenido.

Me sorprende que a ninguno se le haya ocurrido tirar abajo el Antiguo Testamento, dejarlo meramente como reliquia histórica, como leve intento, como aproximación de segunda categoría. Bueno, se le ocurrió a más de uno. Pero la Iglesia, en su sabiduría, se dio cuenta de que esto no podía ser así. Porque divinamente inspirados, significa que son Palabra de Dios dentro de la pedagogía de preparación del Hijo. Un camino recorrido, acompañados y en diálogo, en el que se significa tanto la cercanía de Dios con el pueblo de múltiples marenas, como también el deseo de los hombres, en ocasiones frágil y envuelto en pecado y maldad, por buscar a Dios hasta encontrarlo. Y, por tanto, son un gran tesoro. Que no ha perdido actualidad, aunque ha encontrado el prisma definitivo desde el que ser leído auténticamente.

El Nuevo Testamento tiene por objetivo central a Jesucristo, y todo lo que de él se deriva, como origen e inicio de la Iglesia bajo la acción del Espíritu. Aunque es así realmente para toda la Escritura, en el NT queda patente y claro. De ahí la necesidad del canon, porque no se trata sin más de hablar de Jesucristo o de contar cosas sobre él, sino de hablar con verdad y como Palabra de Dios permanente y perenne para la humanidad. Dios encarnado, Palabra hecha hombre que en sus actos y palabras, especialmente en su pasión y glorificación, da a conocer quién es Dios y revela al mismo tiempo la plenitud del hombre nuevo.

Junto a los Evangelios, como núcleo esencial de la fe, en tanto que la fe es relación con mismo Jesucristo y él es la Palabra, dimanan otros textos de la Iglesia naciente, como las cartas de Pablo o las apostólicas, los Hechos de los Apóstoles y el Apocalipsis. Interesante colección, diversa y variada, que surge de la misma fuente, del mismo Espíritu, con la necesidad de velar y proteger no sólo a las primeras comunidades sino a toda la Iglesia en su historia de peregrina. Interesante colección también de autores, diversos y tocados por el mismo Espíritu.

  1. Personalmente, el canon me devuelve muchas preguntas y me hace reconocer que la fe sigue siendo la puerta de acceso a las grandes verdades de la Iglesia. En relación con Dios, con el Dios vivo y verdadero, y en comunión con la Iglesia, cuando me planteo la necesidad del canon percibo un cuidado exquisito de parte del Señor para los hombres, para que no busquen donde no hay vida, para que sea señalada la fuente de la Vida verdadera.
  2. Supone un signo más de la presencia del Espíritu en la vida de la Iglesia, dispuesto a mantener la verdad y a llevarnos y unirnos con Jesucristo. Muchos fueron los que escribieron, sobre Dios o sobre la vida de Jesús, incluso cartas con el hombre de algún apóstol. Y obligaron al discernimiento sereno. Lo cual lleva, en primer lugar, a reconocer que es el mismo Espíritu el que custodia la integridad de la fe, y no da igual, ni siquiera con buena intención o deseo de acomodar a los tiempos, qué se diga del Señor. Existe un orden, dentro de la revelación, que ha llegado a su plenitud. El ejercicio posterior supone adentrarse, guiado por el Espíritu, en este inmenso tesoro, sin añadir en él.
  3. La unidad del canon implica una unidad de lectura. El Evangelio queda incomprensible en su verdad última sin el Antiguo Testamento, sin la preparación y pedagogía de Dios, y a su vez el AT se reconoce en camino y atento, siendo Palabra de Dios, hacia la encarnación y salvación del Verbo. La unidad implica también coherencia, sin contradicción, y perfección.
  4. Dicho lo cual, y sabiendo cómo se trata a la Palabra de Dios en la Iglesia con esmero, veneración y cariño, me alegro de haber sido conducido de este modo y de no tener por igual, ni de lejos, el Evangelio a otros libros sobre Jesús, o la Biblia a otros libros de espiritualidad. Gracias a Dios es central y constituyente en la vida de fe, y en la expresión de la misma. Por mucho que otros libros me hagan bien, o me propongan una lectura más fácil y sencilla, más asequible y acomodada de la vida de Jesús. El Evangelio como la Biblia no reciben valor por su lenguaje, sin más, sino por la autoría de los mismos.
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9-Nov. El crecimiento en la inteligencia de la fe

Llamo la atención sobre el título del post, tomado literalmente del CATIC. He preferido no cambiarlo ni tocarlo porque me resulta muy significativo. Se refiere a la inteligencia de la fe, en lugar de al crecimiento en la fe misma. Pero me parece fundamental subrayar que la comprensión lleva a una mejor vivencia, sin identificar por ello que saber mucho signifique directamente vivir mucho. Lo cual no se dice aquí expresamente, aunque sí quedará claro más adelante. Estamos llamados a creer en la inteligencia de nuestra fe, acompañando de igual modo nuestro crecimiento en otras dimensiones de la vida, de igual modo que alguien que comienza a amar desea saber más de la otra persona, o quien se dispone a confiar lo hace conociendo de qué pasta está hecho ese amigo a quien desvelará sus secretos.

Quiere conocer quien ya cree. Y quizá nos pueda servir de signo o síntoma para valorar el estado actual de nuestra propia experiencia cristiana. Si ha movido mi inteligencia, si me ha llevado a valorar otros aspectos, si tengo más cuidado en lo que pienso, si he examinado con un poco de detenimiento la coherencia de ciertas ideas, si he buscado de algún modo detenerme en alguna lectura, o si he podido expresar con razones, más o menos amplias o limitadas, por qué vivo como vivo, por qué creo en el Dios que creo. Sin embargo, con todo lo dicho, la inteligencia de la fe no es producto de la mera acción o interés del hombre, sino fruto de la acción del Espíritu, dada la naturaleza de aquello que querermos aprehender. El Espíritu nos sitúa ante el misterio que no se ve, con una inteligencia capaz primeramente de amar aquello que estamos contemplando o sintiendo. El Espíritu nos mueve a esa introducción que nos hace sentir dentro, y participar, de aquello que queremos ver mejor, con la humildad de una criatura cuya inteligencia es más solícita que exigente.

Tres son las vías que el Catecismo señala al respecto:

  1. La vía de la profundización, al modo de María, que guardaba en su corazón las palabras del Hijo. Este “llevar en el interior”, repasar y revivir, es primeramente una tarea teológica, que tiene también su especialización, aunque es propia de todo fiel cristiano y debería acomodarse a su nivel cultural, social y personal. Nadie dice que esta tarea se haga sólo en los libros, porque se trata de investigar la verdad revelada, de modo que también incluye la necesaria profundización, por ejemplo, en los signos de los tiempos con la adecuada interpretación y discernimiento. De igual modo, nadie dice que esta tarea deba ejercerse en solitario, sino que más bien debe contagiarse y rezumar de la eclesialidad cotidiana y de la comunión necesaria, del diálogo y compartir que forma parte de la misma vida de fe.
  2. La vía de la vida misma, dada por la asidua participación y repetición de palabras en el contexto litúrgico, o en la vida de la comunidad. De este modo hay personas enteramente sabias en los misterios de Dios que no han abierto jamás un libro al modo teológico, o que no se han detenido especialmente a sistematizar su conocimiento, y que desbordan sabiduría e inteligencia espiritual por los cuatro costados. Hay un modo nuevo, siempre sorprendente, de acoger a Dios en la vida cíclica y ordenada de la Iglesia, que nos lleva en espiral a una mejor y más profunda inteligencia acomodándose con paciencia a nuestro mismo desarrollo.
  3. Por último, la vía de la escucha y de la comunión eclesial, expresada por nuestros pastores según el carisma especial que han recibido para el crecimiento y cuidado de la Iglesia.

6-nov. El Magisterio

Cuánto me gustaría que se comprendiera adecuadamente la situación del Magisterio de la Iglesia hoy, con todo lo que comporta dentro de una sociedad privilegiada intelectualmente para poder pensar por sí misma, aunque no siempre ejerza este derecho y regalo que se le hace. Digo que cuánto me gustaría porque noto y siento que no es lo que sucede habitualmente. Incluso dentro de la misma Iglesia hay quienes interpretan así o asá, hacen o deshacen a su parecer, y tratan los asuntos de mayor importancia a través de sus meras opiniones.

Conservar un tesoro nunca fue fácil. De eso está llena la literatura y el cine. Conservar una hacienda unida, sin que sea repartida y dividida entre los hijos nunca fue fácil. Los mismos generales de Alejandro Magno se quedaron con distintos reinos, ahogando el imperio resurgente de su corta vida. Pero la Revelación, tanto en la Sagrada Tradición como en la Sagrada Escritura, debe mantener su unidad para bien de los cristianos; y los hijos, los discípulos, los creyentes deben recibir por entero la fe, sin mermarla, ni empequeñecerla, ni seleccionar las páginas o sus gustos. Les va en ello que les demos a conocer verdaderamente a Jesucristo y la salvación, o que, de otra manera, les hagamos un Dios a su medida, una historia contada por hombres para hombres. De ahí que la Iglesia se reconozca a sí misma como necesitada de la asistencia del Espíritu continuamente para llevar adelante esta transmisión, y ore e implore a Dios carismas especiales para la interpretación y la recepción de la Palabra de Dios.

Esta oración y súplica de la Iglesia y de los creyentes, creo que es escuchada por Dios continuamente, de modo que con cada uno va haciendo su camino para que pueda llegar a vivir integralmente, y en unidad con toda la Iglesia, la fe. De hecho, un cristiano por sí mismo, dada su capacidad para recibir y lo particular de su historia y vida, sólo puede mostrar y testimoniar su propio proceso de fe. No la fe de la Iglesia, sino su camino. Y reconoce, aisladamente, que él no tiene la fe de la Iglesia. Sino que la revelación se mantiene en la comunión de vida con los demás creyentes, unidos entre sí a través de sus pastores, y de este modo persevera en la custodia, práctica y profesión de fe recibida.

Y por otro lado, la Magisterio le corresponde la misión, que no se da a sí mismo sino que está inspirado por Dios y es querido por Dios, de interpretar y discernir, de guiar y orientar la fe de la Iglesia. El ejercicio de esta enseñanza sólo puede hacerse en nombre de Jesucristo (con la seriedad que esto comporta), en la comunión de los obispos con el sucesor de Pedro. En absoluto es Palabra de Dios, sino que está al servicio de la Palabra de Dios, con el fin de enseñar puramente y fielmente lo transmitido; no sale de su persona, sino que enseña aquello que está en la Fuente, interpretando en fidelidad. Y creemos que esta tarea no puede darse sin la asistencia del Espíritu, al igual que la acogida de la Palabra también es facilitada e iluminada por Dios mismo dándose a sí mismo a los hombres.

Hablando personalmente, una tarea de semejante magnitud sólo provoca en mí admiración. No sólo amor por mis obispos y pastores, a quienes conozco débiles y frágiles, como personas que son al igual que yo me conozco a mí mismo. Y, de igual modo que a aquellos que llevan peso sobre sus vidas que muchas veces les superan, intento ayudar del mejor modo que puedo. Su carga, sin embargo, no es transferible, más allá del diálogo y de la fidelidad que yo pueda mostrar con mi propia vida, de la búsqueda sincera de Dios y de la verdad con la que pueda servirles, y con el testimonio de lo que vivo. Sin embargo, entiendo que mi lugar en la cadena de la fe es la de recibir, y la responsabilidad que tengo como fiel cristiano, y al igual que todos al servicio de la Iglesia, es la de acoger íntegramente la Palabra de Dios y la de dejarme guiar con docilidad dentro de la comunión eclesial. Todo está pensado para mi bien, todo es querido por Dios para mi bien. Incluso las personas que están al frente de la Iglesia las acojo como un don de Dios para mi propia vida, con quienes busco estar en mayor comunión cada día.

El problema surge cuando algunos olvidan, junto con esta docilidad y amor por la Iglesia, que deben ser ellos mismos, y que deben pensar, discurtir, formar su conciencia, acoger esta Palabra en libertad. O cuando se produce una sospecha que todo lo cuestiona, incapaces de recibir el don de Dios y de sentirse parte de la Iglesia en comunión. Estas dos situaciones, extremas ambas, dan muestra de la complejidad de nuestra situación histórica y eclesial, y se realizan cotidianamente. La docilidad no puede suprimir la propia persona, esclavizándola y minimizándola, cayendo en la idolatría y el endiosamiento de las personas, cuando sólo a Dios debemos rendir culto; y tampoco, por el extremo contrario, hacer nuestra propia iglesia, sin aceptar las mediaciones autorizadas que Dios mismo ha dispuesto para nuestro bien, para ganar en mayor libertad, para impedir la esclavitud de uno mismo a su propio pensamiento y parecer, o para idolatrarse y endiosarse él solo, o dejar que otros lo manipulen de este modo.

5-nov. Tradición y Sagrada Escritura

No pocas veces me encuentro con esta dificultad y con preguntas relacionadas con este ámbito. Y creo que no pocos cristianos confunden tradición con tradiciones, y tienen asociada la palabra tradición a un elemento negativo, que suena a pasado de moda. Si no hacemos “limpieza de mente”, muy higiénica de vez en cuando, no lograremos entender bien lo que la Iglesia dice. Es como si hablásemos de dos cosas, con los mismos fonemas; por lo tanto, no nos entenderemos nunca. Creo, por tanto, que no se trata más que de una confusión terminológica y de unos ciertos prejuicios.

Lo primero es comprender, como antes se ha expuesto, que la Revelación plena se ha dado en Jesucristo. Y que por consiguiente, los primeros que acogieron la Revelación fueron los discípulos. No sólo en su cabeza o en su corazón, sino también en sus vidas, guiados por el Espíritu Santo de forma especial, en atención al carisma fundador que comporta su misión, y renovados por Él. Los primeros cristianos son de este modo acogidos por la Iglesia como un pilar o fundamento, como el primer depósito de la fe vivo. No porque ellos hayan querido, sino por elección de Dios; no porque se den a sí mismos esa responsabilidad y dignidad, sino que son quienes van a cargar con el peso y la exigencia de ese momento, guiados y consolados por el Espíritu en medio de la persecución; porque ellos sean especialmente inteligentes y vieran el horizonte, sino por la iluminación del Espíritu en sus vidas, en su discernimiento, en su debilidad. Ellos no disponían al inicio de la Sagrada Escritura, sino de la Palabra de Dios en Jesucristo. E igualmente guiados por el Espíritu lo testimoniaron por escrito, dando lugar a la Sagrada Escritura. Por eso “Tradición y Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgieron ambas de la misma fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin.” (DV 9, CATIC 80). Esta Palabra de Dios es la que la Iglesia está llamada a guardar, a la que debe servir fielmente y debe comunicar íntegramente de generación en generación. No de cualquier modo, también es cierto, sino a través del Magisterio de la Iglesia, como trasmisor e intérprete inspirado por el Espíritu.

Otra cuestión son las tradiciones, de diverso carácter. Sean concrecciones en la historia, en los pueblos, corrientes intelectuales… Y que no son, ni pueden considerarse, como Palabra de Dios, ni fuente de la Iglesia. Su objetivo es ayudar a los cristianos, no someterlos ni cegarlos, para que alcancen al Señor Jesús, para que lleguen ellos también a beber y saciarse en la fuente. Por lo que podemos decir que son medios que debemos considerar más o menos útiles en tanto en cuanto se muestre su eficacia mediadora, y sean discernidos por la Iglesia.

22-oct. Conocer y amar a Dios, más y mejor, es la vida del hombre

El hombre porta dentro una pregunta imborrable, la del sentido de su propia vida. No sólo la de su origen, también la de su meta y horizonte. En muchas circunstancias surge con especial fuerza. Y reclama una respuesta que sólo se encuentra definitivamente en el amor de Dios, y en el amar en su propia vida. El amor constituye esencialmente al hombre, porque éste ha sido creado por Dios por amor y para el amor.

  1. El conocer del hombre comienza al ser conocido y llamado por su propio nombre, al dejarse conocer e interrogar, cuando entra en un diálogo y sale de sí mismo.
  2. El amor del hombre, igualmente, se inicia con el amor que recibe, y por lo tanto, en el dejarse amar en profundidad por quien le conoce últimamente.

Esta verdad de la fe, acogida con fidelidad y concretándola en la propia vida, como una verdad práctica y como una verdad dicha por amor al hombre para que encuentre paz, es capaz de sustentar toda su existencia, orientarle definitivamente hacia el bien, generar comunión entre los hombres, y encontrar y ver a Dios, a quien busca incansablemente. Cuando el hombre acepta, y deja de luchar contra sí mismo, que ha sido creado por Dios para el amor se ve en la tesitura de dar una respuesta que sólo del amor nace y que sólo desea amar más y mejor cada día.

  1. Esta verdad la conocemos en la historia de la Salvación, en la que Dios se revela como Uno y Trino. Padre, origen de todo que llama a todo hombre a compartir su propia vida. Hijo que redime y salva al hombre, roto por el poder del pecado y alejado del amor y dividido como humanidad y en su propia humanidad. Espíritu Santo que actúa en cada persona y la asemeja en lo cotidiano y en la historia al Hijo, haciendo de todo aquel que lo recibe y se deja hacer por él un hombre libre al modo como el Hijo revela la perfecta humanidad.
  2. La comunicación de esta verdad, para nuestra salvación, forma parte del envío de la Iglesia a anunciar la Buena Noticia, a dar respuesta desde el Amor de Dios a los hombres en sus búsquedas e interrogantes, en su sentido hondo y en su horizonte, en su acción y en su compromiso. La Iglesia ante el mundo es este sacramento que, con su palabra y sus obras, hace presente a Dios para que el hombre se encuentre cara a cara con Él.
  3. Dar a conocer a los hombres el camino abierto hacia la salvación y el Reino es recibido por los cristianos con urgencia, en fidelidad. De este modo se predica con fe la fe de la iglesia, se vive la fe en la comunión y amor fraterno en la comunidad de creyentes, se celebra en la liturgia, y cada hombre se encuentra con Dios en la oración.

Hoy estamos urgidos, desde muchos ámbitos, a renovar la catequesis, por medio de la cual los hombres conocen a Cristo, le abrazan con fe, y se incorporan a su Cuerpo, que es la Iglesia. Especialmente entre los jóvenes y entre aquellos que no han escuchado hablar nunca del amor de Dios manifestado en el Hijo, de quienes buscan y sacian su sed en tantos lugares. Pero también, y con igual urgencia, entre los bautizados de Occidente, cuya fe demanda una educación y recepción más intensa y sincera.

CATIC 1 – 25

18-oct. La comunión de los santos

Un tema evidente para muchos. Lo bueno se pega. Cuanto más te pegas al Señor, más se contagia su santidad. Cuanto más te unes a los hombres, a lo humano, y más lo palpas, con mayor generosidad se concede la comunión con Dios mismo. Se llama comunión de los santos a la unidad profunda que hay, en la fe, entre personas que viven por y para Dios, formando el cuerpo de Cristo.

Personalmente, vivo esta comunión, que proclamamos en el Credo de dos modos principales:

  1. La cercanía a determinadas personas, por obra y gracia del Espíritu. Reconocidas en mi historia como casualidades, o cristocoincidencias (término precioso de mi amigo Jorge). Con ellos crece la vida del Espíritu en mí y se fortalece la Iglesia, dando testimonio de un amor y de una libertad que el mundo no conoce y que admira y desea. Me parece sorprendente, incluso a mí, vivir de este modo. Ya no es sólo que me vea como una persona social y relacional, como alguien que es capaz y quiere vivir con otros, sino que se trata de verdadera unidad de vida; algo mucho mayor que el trabajo, la misión. No es que una vaya antes que otra, porque la comunión surge donde surge, sea oración, sea el esfuerzo de cada día, sea en una visita a qué se yo qué lugar.
  2. Viviendo en comunión con los santos del cielo. Cuando estamos unidos a los santos, cuando conocemos su testimonio, cuando aceptamos su intercesión y protección, cuando mantenemos su referencia cercana. Hay santos en nuestra época, pero tienen todos algo de actual e intemporal. Pertenecen a lo eterno, y lo reflejan, pese a ser todos hombres de carne y hueso que vivieron concretamente en algún lugar y momento de la historia. Ya conté, en otro post de otro blog, lo que supuso para mí el día de mi ordenación que se entonasen las letanías. En ese momento se reflejó en mi carnet que mi patria era el cielo, a ella aspiro y para ello deseo vivir.

14-oct. Por qué creer

Muchas veces me han hecho esta pregunta. Y yo respondo con mi propia vida y con mis razones. Me parece que es la forma más auténtica de aclarar a otros, y también de explicar mi vida. La fe está animada por el Espíritu, comunión con Dios que no prescinde de lo humano ni de mi ser hombre concreto, de carne y hueso en un lugar concreto y tiempo concreto de la historia. Pero supera ampliamente mi visión y mis razones. Hasta yo lo sé. Y lo sé cuando hablo y doy razones de mi fe. Sinceramente, mi propia fe, en ocasiones, me supera y me lleva donde ni yo hubiera imaginado jamás, o donde jamás hubiera querido estar. Se trata de una vida en relación con Dios, que es diálogo y encuentro con Cristo. De ahí que mi necesidad de confianza, ni impulso para creer en el mundo y en mí mismo encuentre un eco enorme y una ayuda indispensable en la fe de la Iglesia. Gracias al encuentro con Cristo me encontré con la Iglesia, y sin la Iglesia nunca me hubiera encontrado, en mi historia doy muestra de ello, con Cristo, su amor y su salvación, mi vocación y la vida nueva que experimento.

Todo hombre cree. La cuestión es en qué puede creer o quiere creer. Si nos tomásemos en serio esto, si cada hombre lo reconociese para sí mismo, entonces tendría que preguntar y dialogar mucho, buscar y encontrar. En Cristo Dios ha dado una Palabra definitiva a esta búsqueda del hombre. Y espera su respuesta.