4-dic. Creer en el Espíritu Santo

https://i0.wp.com/4.bp.blogspot.com/-N6bO6mKAEvA/Te70MzGRwoI/AAAAAAAAAY4/2xS-I-nLx2E/s1600/holy-spirit-pic-0104.jpgLa tercera persona de la Trinidad, de la que siempre decimos, aunque sea mentira, que es la eternamente olvidada. Digo que es mentira porque Él es el eternamente presente. Y cuando decimos Padre o Hijo de corazón, lo decimos en el Espíritu. Y cuando estamos necesitamos, viene en ayuda de nuestra debilidad. Y cuando nos encontramos fortalecidos o inspirados, reclamamos directamente su acción y presencia. Por no hablar de aquello que llamamos Providencia, cuyo ejecutor sería precisamente el Espíritu. Él, lejos de estar olvidado, se pasea en cada sacramento y se cuela en la vida de cada creyente de manera sutil, admirable y sublime. Espiritualmente, como no podía ser de otro modo. Y también nos da a conocer, y nos injerta en la belleza de todo lo creado. Es necesario tener parte en el Espíritu, que es el mismo Espíritu del Hijo, para asemejarse a Él en la obediencia, en la humildad, en el amor mayúsculo, en toda respuesta vocacional, en toda oración. El Espíritu nos lleva a Jesús, directamente y sin rodeos, sin que sepamos de dónde viene ni a dónde va, tocando el corazón al pasar.

Leyendo este breve número, destacaría dos cuestiones:

  1. No se habla de imagen alguna, sino de personalidad espiritual. Todo lo suyo son verbos, porque el rostro ha sido puesto por Cristo mismo. Y dentro de los verbos, en relación a la fe, porque es la sección que nos ocupa, se habla principalmente de su capacidad para conocer en profundidad tanto a Dios mismo como el corazón del hombre, y unirlos. Su acción, destinada propiamente hacia a los hombres, culmina en la intimidad.
  2. Y, como segundo aspecto ligado al anterior, que hace partícipes a todos de su propia vida, de modo que la fe se identifica con vida en el Espíritu. La preposición viene resaltada en el texto mismo. No se trata de dejarse mover, de responder a sus mociones, de dar crédito a sus signos, sino de participar y tomar parte como seres espirituales, al tiempo que encarnados e históricos, en su vida, en su persona. Si en la fe hay algún salto de confianza, este salto se realiza hacia el Espíritu.

cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 152

3-dic. Creer en Jesucristo, el Hijo de Dios

https://i2.wp.com/4.bp.blogspot.com/_9xzkGB3CmrY/S7O6COWSeqI/AAAAAAAAAPs/WLmJ_K4fOnM/s1600/20091031201402-cruz-jesucristo.jpgLa fe en Jesucristo, como Hijo de Dios, purifica y da sentido verdadero a toda nuestra fe. No se trata de un Dios misterioso, sino de Dios encarnado. Precisamente por eso lo podemos conocer perfectamente. Pero además, este punto del Catecismo subraya algo que me parece crucial en todos los sentidos, tanto para la teología, como para la espiritualidad, y de igual manera para la pastoral y la evangelización: la inseparabilidad de la fe en Dios y de Aquel que el Padre ha enviado. Es más, se indica que esta fe es pedida tanto por el Padre (escuchadle), como por el mismo Jesús (creed también en mí).

  1. Dios encarnado, Dios humano. De algún modo, la perfecta humanidad de Jesús revela igualmente la divinidad, nos da a conocer al mismo tiempo quién es Dios y quiénes somos nosotros.
  2. Libera a la fe de temores, de miedos, de duplicidades y competitividades entre lo humano y lo divino. Sitúa a la humanidad en el corazón de Dios, y diviniza la humanidad dignificándola como nadie había podido soñar.
  3. Un Dios dialogante, un Dios Palabra capaz de ser escuchada. En todo el texto se habla varias veces de la posibilidad de encuentro entre el hombre y Dios, porque éste se da en Cristo mismo de modo perfecto. Estamos insertos en esta misma conversación y comunicación de personas.
  4. Un Dios que ve, y se deja ver por tanto. La proclamación del Misterio, al mismo tiempo que su desvelación y revelación. No sólo se ha hecho hombre, sino que en la humanidad ha dejado ver quién era, y ha dicho quién era. Un Dios, por tanto, que se ha mostrado. Sin embargo, al Padre sólo podemos llegar por medio de “los ojos” de Cristo, a través de lo que Él ha visto y ha dado a entender a los hombres de sí mismo.

31-oct. La transmisión de la fe

Aquí vale, para empezar, aquello de que quien ha recibido un regalo lo va diciendo a los demás, como poco. Si puede, lo enseña. No todo se puede enseñar, también es verdad. Porque hay limitaciones. Si me regalan un coche, no lo voy a meter en mi clase. Tendré que llevar a la gente hasta él. Pero si me han obsequiado con una comida, ¿tendré alguna foto dle momento? La cuestión es que, dentro de la dinámica del regalar y del vivir está también la de extenderse, aunque sea con una sonrisa, con una alegría, con el tono vital más allá de la persona que la recibe.

Respecto de la fe, exactamente igual. El tesoro y regalo de la fe ansía que, quien lo recibe, sea capaz de llevarlo más allá de sí mismo. Con dos ventajas: la primera, que se puede compartir enteramente, de modo que cuanto más se da y más se extiende, se hace más grande y se multiplica en mayor medida; y, por otro lado, que no depende enteramente de quien  comunica, sino de la relación y apertura de la persona a Dios, que es quien entrega verdaderamente la fe. Me imagino entonces que es como dar a conocer a dos amigos, a quien te lo ha regalado todo y a quien te acompaña en tus cosas de la vida, de modo que ambos puedan entablar esa relación hasta el punto de que tu otro amigo también reciba el gran don que tú disfrutas ya. Compartir la fe es “poner en contacto”, crear relaciones, vincular a otros hombres con Dios, acercarlos, aproximarlos, permitir que otros se sientan cómodos con Dios, que entablen diálogo… Algo así es transmitir la fe.

Este regalo se dio enteramente, de parte de Dios, en Jesucristo. Los primeros en recibirlo por entero fueron, por tanto, el grupo de discípulos. De esta manera se constituye la Tradición Apostólica, con la enorme responsabilidad de guardar el tesoro de la fe íntegro, para comunicarlo íntegro. No como reserva, para sí y sólo para sí, sino para seguir dándolo por entero, completo, y ayudar a otros a descubrir enteramente al Señor, el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, la vocación a la santidad a la que somos llamados. Tanta fuerza tiene este tesoro que une a los hombres en la fe, constituyendo la Iglesia en torno a Cristo mismo, al Resucitado, el verdadero tesoro que está deseando dar a conocer al mundo.

Esta comunicación comenzó con el mismo Jesús, que envió a los suyos a anunciar el Reino y a curar y salvar, como pescadores de hombres, como corderos en medio de lobos, como peregrinos sin bastón ni bolsa. Se trata de un anuncio y de la comunicación de los bienes divinos, una palabra y su cumplimiento definitivo. De modo que los apóstoles utilizaron todo cuanto estaba a su disposición, con sus palabras y con sus obras, con toda su vida, y también por medio de escritos. Así se completa la generación apostólica, con todo este testimonio de quienes pertenecieron a su generación y tuvieron trato con Cristo. En todo este anuncio los apóstoles no hablan de sí mismos, ni se ven a sí mismos como el regalo que Dios tiene para el mundo. Sino que su referencia es el mismo Dios, hecho hombre, y la salvación realizada en el misterio pascual. El kerigma condensa primeramente esta fe, en la que se ve que el centro está en Jesucristo, con su muerte para el perdón de los pecados y su resurreción para otorgar vida nueva al hombre, vida eterna, invitando a todos a participar de ella.

En esta responsabilidad, los apóstoles no se ven solos ni desvalidos, ni abandonados por el Señor, sino capacitados por el Espíritu Santo, que vive en ellos como en un templo, para mostrar al mundo enteramente la riqueza de la fe. Es por tanto el Espíritu quien obra en ellos, siendo dóciles a la voz de su llamada y al impulso de la misión.

25-oct. Nuestro modo de hablar de Dios

Cuando decimos hoy que necesitamos cambiar nuestro lenguaje sobre Dios, afirmamos al mismo tiempo dos cosas: (1) que podemos, fruto de nuestro conocimiento y de nuestras experiencias y vivencias personales, hablar de Dios, y que nuestra capacidad racional da para ello, y para que nos podamos entender, y para que seamos entendidos por otros que quizá nunca han escuchado una palabra sobre Dios; (2) que existen muchos lenguajes posibles sobre Dios, unos mejores y más cercanos, otros más equívocos y distantes; todos ellos parten de las limitaciones y grandezas de nuestro conocimiento de las realidades craedas; y que por lo tanto debemos estar atentos a nuestras palabras, porque son relevantes.

En cualquier caso, ¡cuánto me alegro de que ninguna cultura haya reflejado la experiencia religiosa en palabras que sólo unos pocos podían conocer, y en lenguajes ocultos. Todas, para hablar de Dios, utilizan las palabras que tienen a mano, los verbos que tienen a mano, el lenguaje de la vida cotidiana. Y desde él, se alzan y atreven a lo sublime y a lo eterno. ¡Qué grande!

En este sentido, es muy clarificadora por ejemplo la experiencia de la paternidad en la tierra para hablar de la Paternidad mayúscula de Dios con todos los hombres. Según algunos, hay quienes tienen limitaciones a la hora de hablar de Dios como Padre, porque esa palabra refleja para ellos una relación poco sana, decepcionante o dañina; mientras que para otros, sería todo lo contrario, en función de su propia experiencia de paternidad, más bondadosa, de mayor confianza, más cercana. Lo que en ocasiones no nos planteamos es que esta “palabra” nace en la vida del mismo Jesús, y que es Él quien nos la comunica desde su encarnación, desde sus relaciones familiares, y también desde el trato con la Palabra, en el Antiguo Testamento. Las palabras, además, nos llevan a la acción, a comportarnos y vivirnos, a buscar de un determinado modo. No es lo mismo “Padre”, sabiendo que es Jesús quien lo pronuncia, que “Papaito”, que “Papá”, que “Abuelo”. Respondemos de modo diferente a su Palabra.

Respecto al modo como hablamos de Dios, la Iglesia insiste en dos puntos muy importantes:

  1. El mejor lenguaje para referirse a Dios es el de las personas, y el de las relaciones personales. Dios es personal, se ha revelado como un Dios personal. Porque Dios quiso dejar su huella en el hombre, creado a su imagen y semejanza. Y este “parecido” nos permite reflejar la perfección de lo infinito. Y en el hombre encontramos ese deseo de más, esa aspiración a la grandeza, la capacidad para nombrar incluso aquello que no puede alcanzar con sus fuerzas, pero sí soñar.
  2. El lenguaje humano debe purificarse, reconocer su límite y no hacerse absoluto, de modo que no nos lleve a confusión. Podemos decir en catequesis que Dios es amigo, siempre y cuando la amistad esté clara en lo que significa, y siempre y cuando cuando sepamos que Dios no es un “colega”. Nuestra semejanza con Dios se construye en la enorme difernecia y distancia que  hay entre el Creador y la criatura.

Además, contamos con la revelación, con una Palabra en la que Dios se ha contado a sí mismo, encarnada en Jesús. Dios habla, y ha hablado, y sigue y seguirá hablando. Misterio abierto con lenguaje asequible al hombre, para que el hombre entienda, acoja y comparta.

Y también, respecto del lenguaje, estamos llamados a compartir comprensiblemente unos con otros aquello que conocemos de Dios. En un ejercicio de discernimiento común, más que de autoridad y de enseñanza, superando dogmanismos e iluminismos, para iluminarnos y ayudarnos en el caminar. Aquí las palabras que son comunes, las experiencias que son comunes, el enriquecimiento mutuo en el que superamos los propios esquemas, se vuelve a nuestro favor como elemento purificador en el que yo intento conocer más allá de lo propio, sin hacer lo mío lo exclusivo de la Iglesia.

Algunos han abogado, a lo largo de la historia, por una comprensión negativa de Dios, en la que el hombre sólo puede decir aquello que Dios no es. Algo que, aunque parezca muy real, nos hace caer en el desconocimiento de Dios, en la no aceptación de su Palabra y de la revelación. Una cuestión es decir que Dios siempre es “más” y otra, muy distinta, negar toda posible expresión de Dios.

Después de esta pequeña reflexión sobre el lenguaje y Dios, creo que sería bueno entre los cristianos reconocer que, si bien por lado necesitamos una forma de hablar de Dios que llegue más a la gente, también sería muy conveniente para nuestra fe y nuestra espiritualidad, para nuestra relación con Dios en la oración o la misión, recuperar un respeto bien entendido y una cierta unción a la hora de hablar de Él y de nombrarle, y de llamarle. En esta actitud, de toda la persona y de toda la comunidad, se recuperaría el sentido hondo del lenguaje sobre Dios, de quien no podemos hablar, y eso sí es cierto, de cualquier modo.