3-dic. Creer en Jesucristo, el Hijo de Dios

https://i2.wp.com/4.bp.blogspot.com/_9xzkGB3CmrY/S7O6COWSeqI/AAAAAAAAAPs/WLmJ_K4fOnM/s1600/20091031201402-cruz-jesucristo.jpgLa fe en Jesucristo, como Hijo de Dios, purifica y da sentido verdadero a toda nuestra fe. No se trata de un Dios misterioso, sino de Dios encarnado. Precisamente por eso lo podemos conocer perfectamente. Pero además, este punto del Catecismo subraya algo que me parece crucial en todos los sentidos, tanto para la teología, como para la espiritualidad, y de igual manera para la pastoral y la evangelización: la inseparabilidad de la fe en Dios y de Aquel que el Padre ha enviado. Es más, se indica que esta fe es pedida tanto por el Padre (escuchadle), como por el mismo Jesús (creed también en mí).

  1. Dios encarnado, Dios humano. De algún modo, la perfecta humanidad de Jesús revela igualmente la divinidad, nos da a conocer al mismo tiempo quién es Dios y quiénes somos nosotros.
  2. Libera a la fe de temores, de miedos, de duplicidades y competitividades entre lo humano y lo divino. Sitúa a la humanidad en el corazón de Dios, y diviniza la humanidad dignificándola como nadie había podido soñar.
  3. Un Dios dialogante, un Dios Palabra capaz de ser escuchada. En todo el texto se habla varias veces de la posibilidad de encuentro entre el hombre y Dios, porque éste se da en Cristo mismo de modo perfecto. Estamos insertos en esta misma conversación y comunicación de personas.
  4. Un Dios que ve, y se deja ver por tanto. La proclamación del Misterio, al mismo tiempo que su desvelación y revelación. No sólo se ha hecho hombre, sino que en la humanidad ha dejado ver quién era, y ha dicho quién era. Un Dios, por tanto, que se ha mostrado. Sin embargo, al Padre sólo podemos llegar por medio de “los ojos” de Cristo, a través de lo que Él ha visto y ha dado a entender a los hombres de sí mismo.
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31-oct. La transmisión de la fe

Aquí vale, para empezar, aquello de que quien ha recibido un regalo lo va diciendo a los demás, como poco. Si puede, lo enseña. No todo se puede enseñar, también es verdad. Porque hay limitaciones. Si me regalan un coche, no lo voy a meter en mi clase. Tendré que llevar a la gente hasta él. Pero si me han obsequiado con una comida, ¿tendré alguna foto dle momento? La cuestión es que, dentro de la dinámica del regalar y del vivir está también la de extenderse, aunque sea con una sonrisa, con una alegría, con el tono vital más allá de la persona que la recibe.

Respecto de la fe, exactamente igual. El tesoro y regalo de la fe ansía que, quien lo recibe, sea capaz de llevarlo más allá de sí mismo. Con dos ventajas: la primera, que se puede compartir enteramente, de modo que cuanto más se da y más se extiende, se hace más grande y se multiplica en mayor medida; y, por otro lado, que no depende enteramente de quien  comunica, sino de la relación y apertura de la persona a Dios, que es quien entrega verdaderamente la fe. Me imagino entonces que es como dar a conocer a dos amigos, a quien te lo ha regalado todo y a quien te acompaña en tus cosas de la vida, de modo que ambos puedan entablar esa relación hasta el punto de que tu otro amigo también reciba el gran don que tú disfrutas ya. Compartir la fe es “poner en contacto”, crear relaciones, vincular a otros hombres con Dios, acercarlos, aproximarlos, permitir que otros se sientan cómodos con Dios, que entablen diálogo… Algo así es transmitir la fe.

Este regalo se dio enteramente, de parte de Dios, en Jesucristo. Los primeros en recibirlo por entero fueron, por tanto, el grupo de discípulos. De esta manera se constituye la Tradición Apostólica, con la enorme responsabilidad de guardar el tesoro de la fe íntegro, para comunicarlo íntegro. No como reserva, para sí y sólo para sí, sino para seguir dándolo por entero, completo, y ayudar a otros a descubrir enteramente al Señor, el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, la vocación a la santidad a la que somos llamados. Tanta fuerza tiene este tesoro que une a los hombres en la fe, constituyendo la Iglesia en torno a Cristo mismo, al Resucitado, el verdadero tesoro que está deseando dar a conocer al mundo.

Esta comunicación comenzó con el mismo Jesús, que envió a los suyos a anunciar el Reino y a curar y salvar, como pescadores de hombres, como corderos en medio de lobos, como peregrinos sin bastón ni bolsa. Se trata de un anuncio y de la comunicación de los bienes divinos, una palabra y su cumplimiento definitivo. De modo que los apóstoles utilizaron todo cuanto estaba a su disposición, con sus palabras y con sus obras, con toda su vida, y también por medio de escritos. Así se completa la generación apostólica, con todo este testimonio de quienes pertenecieron a su generación y tuvieron trato con Cristo. En todo este anuncio los apóstoles no hablan de sí mismos, ni se ven a sí mismos como el regalo que Dios tiene para el mundo. Sino que su referencia es el mismo Dios, hecho hombre, y la salvación realizada en el misterio pascual. El kerigma condensa primeramente esta fe, en la que se ve que el centro está en Jesucristo, con su muerte para el perdón de los pecados y su resurreción para otorgar vida nueva al hombre, vida eterna, invitando a todos a participar de ella.

En esta responsabilidad, los apóstoles no se ven solos ni desvalidos, ni abandonados por el Señor, sino capacitados por el Espíritu Santo, que vive en ellos como en un templo, para mostrar al mundo enteramente la riqueza de la fe. Es por tanto el Espíritu quien obra en ellos, siendo dóciles a la voz de su llamada y al impulso de la misión.

30-oct. Cristo Jesús, mediador y plenitud de toda revelación

Antes de hablar de Cristo Palabra, el Catecismo se refiere a la fragmentación de la revelación anterior. Y nos invita a comprenderla de este modo, en la verdad de una experiencia y revelación que no estaba completa, y que quería más, y que alcanza su culmen y máxima expresión posible en Cristo. Si Cristo es la Palabra completa y definitiva del Padre, podemos decir que con anterioridad Dios había hablado con palabras particulares y concretas, en diálogo sincero con el pueblo, en respuesta en gran medida a sus necesidades y demandas dentro del progreso de la historia de la Salvación. Estas palabras “pequeñas” e incompletas le iban capacitando para acoger la Palabra en el culmen de la historia. De este modo se señala la validez y eficacia de las mediaciones, diversas y múltiples de la etapa anterior, al tiempo que se da un salto cualitativo en su recapitulación y máxima expresión en Cristo. No se trata sólo de un aspecto cuantitativo, sino de un salto de lo parcial a lo total, de lo fragmentado a la unidad. En Cristo está todo lo anterior recogido como promesa, y se expandirá su Palabra como prolongación y desarrollo de lo que Cristo es. Así se constituye en centro de toda la historia, en fuente y culmen.

Por otro lado, se subraya la importancia de Cristo como Palabra única. Dios no tiene más Palabra que la del Hijo, que ha sido entregada por completo a los hombres, haciéndoles llegar así su designio y voluntad salvífica, y entablando con ellos un diálogo, más allá del cual ya no se puede decir nada más. Todo ha sido dicho, por parte de Dios, en Cristo Jesús. De modo que el hombre que quiera conocerle, buscarle y dialogar con Él, lo hará a través del Hijo.

La experiencia de la mediación humana es imprescindible. El hombre no tiene acceso a nada si no es “a través de”, sean palabras, sean ideas, sean experiencias, sean sentimientos, sean tradiciones. Todo está mediado para el hombre. Y estas “mediaciones o intermediarios”, puestos en medio de aquello que se busca y la persona, pueden en ocasiones ser facilitadores o impedimientos, como si se tratase de grados de trasparencia y de autenticidad. En ocasiones experimentamos la dificultad para llegar a la esencia por la incapacidad de la mediación, como puede pasar en clase con un buen o mal maestro, o en casa con un buen o mal padre-educador, o con un amigo en tanto que mediador del don de la amistad, o con un libro o escrito en tanto que mediadores de la sabiduría, o incluso con un chiste como mediador del humor y de la alegría. De modo que, cuando decimos que Cristo es mediador, afirmamos al mismo tiempo dos cosas: que en Él tenemos acceso libre y confiado al Padre, porque ha roto el muro que nos separaba de la Vida, de la Verdad, del Bien, de Dios mismo; y que Él es absolutamente trasparente, por tanto, al Padre siendo Dios mismo, haciendo de facilitador y de Camino para el acceso a Dios. Por un lado, Cristo en su humanidad acoge y da a comprender al modo humano, por otro hace explícito el contenido de la revelación.

Las tres cuestiones de hoy me parece que son elementos configuradores de la experiencia cristiana, al tiempo que purifican nuestra fe de idolatrías y de falsedades. No se trata de sólo Cristo, o de sola Palabra, sino de reconocer en Cristo, en toda su realidad, como mediador de Dios perfecto y como plenitud de la revelación. Existen por tanto otros caminos, fragmentados, que también nos acercan a Dios, acercándonos poco a poco a Cristo, que es la plenitud de todo lo anterior. Y existen, como no puede ser de otro modo, más signos y muchas ayudas para la vida cristiana, que nos permiten comprender y actualizar nuestra fe y armonizarla con la vida, pero tendrán en Cristo su centro. No son palabra nueva, sino desarollo o comprensión de lo que ya ha sido mostrado en el Hijo, y en Él tendrán su luz y fuerza verdadera. Así la Iglesia ha expresado que el Espíritu Santo es el Espíritu del Hijo, que nos hace vivir como hijos adoptivos. Y así la experiencia cristiana reconoce en la tradición que se ve orientada, cada vez más, hacia Cristo como cabeza, en quien se recapitula todo.