19-nov. La respuesta del hombre a Dios

Si Dios fuera una idea, lo suyo sería el asentimiento, simple y sencillo. Si Dios fuera un sentimiento, responderíamos, por ejemplo, con otro sentimiento. Si se tratase de una norma o ley, la abrazaríamos con toda la voluntad. Al revelarse Dios a sí mismo como persona, como amigo que habla a los hombres, la respuesta se da con todo el ser. Y por tanto con la inteligencia, con la voluntad, con el corazón. Es por tanto totalizante y totalizadora, una presencia que todo lo abarca, y fuera de la cual nada en el hombre queda eximido de su llamada ni de su palabra. Invade el corazón, pero no sólo el corazón. Cuestiona la inteligencia y forma de ver el mundo, pero no sólo se trata de ideas. Mueve a la vida en plenitud, y no se confunde con la ley. Es, como digo, Misterio invisible que se ha dado a conocer con el objetivo de llamar a la comunión con él.

La respuesta del hombre a Dios, por otro lado, sigue siendo libre. Dios no se impone, ni somete al hombre esclavizándolo, ni provoca una reacción en él al modo como Skinner trataba a sus perros. La presencia de Dios ante el hombre dignifica al hombre mismo y le ofrece y brinda la posibilidad de acoger o rechazar, de unirse o seguir su camino, de abrazarlo o alejarse. No hay otro camino, aunque quizá permanezcamos siempre en camino, lo cual es diferente. O una opción u otra se hará de mayor peso, una opción u otra se constituirá en centro de la vida del hombre ante la siempre inesperada visita del Señor, aun en nuestras búsquedas más sinceras.

La fe se comprende como respuesta, por tanto, a la invitación hecha por Dios desde el amor y desde el deseo de recibir al hombre en su compañía y cercanía familiar. La fe nace y tiene origen, no en el hombre propiamente, aunque crea, sino en Dios mismo. De modo que hace responder al hombre desde el sometimiento de la inteligencia y de su voluntad a Dios, es decir, desde el hombre que se comprende en su propia pequeñez ante Dios y comienza a servir al Señor. A esta respuesta la Sagrada Escritura la denomina “obediencia de la fe”. Este sometimiento no significa que el hombre deje de pensar o de sentir o de querer o de desear, ni mucho menos, sino que se da cuenta de que está ante la Verdad, el Bien y la Belleza. De algún modo podemos decir que ha encontrado todo lo que andaba buscando, y que ese sometimiento, de carácter muy práctico pero que nace sobre todo del interior del hombre, significa e implica una adhesión total de la persona que no está exenta de esfuerzo, ni del vencimiento de las tendencias torcidas del hombre. El encuentro con Dios, que deja libre, también transforma, siempre a ritmo humano y con paciencia divina.

8-nov. Sentido sobrenatural de la fe

Creer y conocer a Dios nunca dejará de ser un don que sorprende. Primeramente a quien lo tiene, y que por tanto nos cuestiona, nos lleva a agradecer. Nosotros, que creemos, nos damos cuenta de que no lo hemos construido por nosotros mismos, ni nace de nuestras ilusiones, ni imaginación, ni de las ideas. Hemos participado activamente, pero como receptores, confiando, fiándonos, participando, cultivando, creyendo. Hemos respondido, por así decir, a la fe con fe, al don con la gratitud y la responsabilidad de guardarlo. Además, dadas las características de nuestra sociedad moderna cada día más combativa con la vida religiosa, añadiría que llega un momento en el que creer y vivir cristianamente se mantiene y sostiene como don de Dios,al que vamos respondiendo. Y esto nos debería causar sorpresa, igualmente. Tanto el regalo hecho en la fe, como que esa fe perdure en nosotros, y nos dé vida.

Quienes pretenden hacer de la fe un proceso natural en el hombre no saben bien de qué están hablando. Lo siento. Ni tampoco quienes la humanizan hasta el punto de parecer que Dios interviene aisladamente, haciendo de su presencia algo tangencial incluso. Será humano, muy humano. Responderá al hombre, a todas sus inquietudes y dimensiones. Será social y pública, o no será. Pero no dejará de ser por ello sobrenatural, superando al hombre y lo humano, alzándolo a lo divino, haciéndolo digno de participar en el conocimiento de Dios y recibir a Dios mismo. De hecho, tiene en su carácter sobrenatural la esencia de su don y regalo, de lo que Dios quiere para el hombre.

El sentido sobrenatural de la fe se expresa en la capacidad que tiene cada creyente de aceptar y hacer suya la totalidad de la revelación, y entrar por tanto en comunión y conocimiento perfecto de Dios. También, como expresión de lo anterior, en una relación única con otras personas que también han recibido el don de la fe. Algo que puede, cualquier persona, constatar de múltiples maneras cuando se encuentra con otras personas que no conoce de nada y, sin embargo, se ve unida y vinculada de forma especial a través de la fe. Es el Espíritu quien fortalece la fe de cada creyente y le une a otros.

El Espíritu de la Verdad que guía a la Iglesia, dando a cada creyente, la conduce por tanto de forma sobrenatural, y exige escucha y docilidad. Para que de este modo:

  1. Se realice la adhesión de la fe a la de los santos, testigos de la fe. Guía por tanto, bajo el testimonio de su vida, de palabra y de obra, con la ayuda de nuestros hermanos mayores en la fe. Compartiendo con ellos santidad, contagiándonos de la respuesta valiente y atrevida que dieron, cada uno en su momento y contexto.
  2. Se profundice en ella con un juicio recto. El Espíritu nos adentra en el misterio de Dios como luz en nuestras oscuridades, y nos da a conocer más y más cada día la misericordia y la bondad de Dios, la salvación obrada en la historia, su designio y voluntad para con todos los hombres.
  3. Y para que se aplique cada día más plenamente en la vida. No se limita al conocimiento, incide en nuestra voluntad, libertad y capacidad para obrar según su voluntad. Queriendo lo que Dios quiere, amando al modo del Hijo. Con paciencia, otorgándonos perdón y reponiéndonos en el reposo. Respetando el camino de cada uno, aunque con exigencia. Y así, llevar la fe a la vida y la vida a la fe.

29-oct. Las etapas de la revelación

El Catecismo presenta estas etapas divididas en cuatro grandes etapas, que culminan en la revelación definitiva y plena en Jesucristo. Es importante subrayar este aspecto de la pedagogía divina y de la paciencia de Dios, al modo como un maestro va hablando con sus alumnos e introduciéndoles en una materia. Esa paciencia, que tiene en cuenta también los pasos hacia adelante y hacia atrás, es nuestra salvación. No todo se puede mostrar ni enseñar en un instante, hace falta lentitud y ejercicios, porque la “cabeza y cerviz del hombre está endurecida, como su corazón”, y seguir dando pasos aunque algunas veces no todo esté asentado. Dios se muestra en la historia, de este modo, como un pedagogo. Con cada hombre, y con la humanidad. Y su revelación, aunque el hombre la ansíe siempre como total, será acogida según la posibilidad del momento.

Tenemos noticia, por otro lado, de tal revelación gracias al Antiguo Testamento. A través de sus géneros literarios, de su capacidad para discernir en su historia lo que es de Dios y lo que no es de Dios, y sobre todo de la acción del Espíritu Santo que inspira la Escritura para hacerla Palabra de Dios en sentido pleno. Así acogemos, por tanto, estos relatos y tradiciones, en las que Dios se cuenta a través de los hombres y para ellos, con palabras apropiadas para su entendimiento.

  1. El primer tiempo de la historia es previo a la humanidad misma. En la creación Dios da testimonio de sí, dejando en todo su huella, su orden, su belleza, su inmensidad y grandeza. No sólo al principio, sino dándole sostén y fundamento, Dios sigue siendo el Creador de todo. La creación misma es, toda ella, fruto de su amor y comunicación, en el que se da por entero. Pero especialmente, dentro de todo el orden, ha dejado su huella en el hombre y la mujer, creados a su imagen, y por tanto reflejo de su mismo ser. Los primeros padres, figura de la humanidad, señalan que el lugar que corresponde al hombre dentro de la creación es el de la intimidad y familiaridad con Dios, el de la comunión y diálogo con él, en continua presencia. Sin embargo, esta comunicación y conocimiento mutuo se ve rota e interrumpida en el pecado, fruto del engaño, de la mentira sobre Dios y sobre el hombre. En este momento, en el que los hombres niegan a Dios y pretenden ocupar su puesto, Dios se sigue mostrando al hombre con benevolencia y cuidado, no dejando al hombre solo frente a las consecuencias de su pecado, sino ofreciendo salvación y llamando incesantemente al hombre a compartir de nuevo su vida.
  2. El segundo momento se sitúa en la alianza con Noé. La humanidad se presenta ya en este relato bíblico dividida, dentro de un orden plural. División causada para limar su orgullo. Dios hará entonces alianza con la humanidad entera, evitando su destrucción, e iniciando un camino de salvación con ellas agrupadas en países, socialmente. A pesar de la corrupción y maldad que se expresa en los primeros capítulos del Génesis, que muestran cómo el pecado va degradando y dividiendo progresivamente todo lo humano, llegando incluso a darse muerte unos a otros, destacan figuras de especial santidad y bondad que revelan que, por encima de todo, la luz de Dios brilla en la oscuridad, y la bondad no puede ser eliminada del corazón del hombre y de la humanidad totalmente. En la alianza con Noé hay una palabra firme y definitiva de Dios con cada uno de sus hijos, con aquellos que le buscan rectamente, con aquellos que buscan la verdad, el bien y la justicia.
  3. La elección de Abraham da comienzo a la tercera etapa, cuando Dios comienza a reunir a sus hijos dispersos. De este modo, Abraham es llamado “padre de muchos”, padre de la fe. Tres aspectos se destacan, como principales y conectados entre sí, de esta etapa: (a) la llamada a la comunión por un nuevo nacimiento, de modo que, a ejemplo de Abraham todo hombre está convocado a (b) dejar lo suyo, sus modos y maneras, su patria incluso y su vida organizada, para formar parte de (c) un pueblo nuevo entre las naciones, que sea al mismo tiempo quien reciba y mantenga la promesa y la alianza con el Señor, y sea para la humanidad entera raíz y fermento.
  4. El pueblo de Israel, como resto liberado de la esclavitud de Egipo, en el que Dios dará los pasos definitivos hasta la venida del Hijo. Un pueblo elegido entre muchos, un pueblo pequeño compuesto por tribus, descendientes del mismo padre. El Israel liberado concreta la Alianza con Dios en las tablas de la Ley, de modo que hay un reconocimiento mutuo, un pacto de fidelidad indiscutiblemente asimétrico por parte de Dios, y un servicio a la humanidad entera como pueblo de la esperanza. Dios revela a este pueblo su propio nombre, haciéndole mediador y sacerdote de la antigua alianza. De entre el pueblo Dios suscita, en esta última etapa antes de Cristo a profetas y sabios que anuncien decididamente la venida de Dios y la salvación definitiva, que recuerden incesantemente la alianza hecha con Dios, y su fidelidad, que vaya adentrando al pueblo en la lógica de la misericordia y de la bondad.

María, la figura más pura de la Antigua Alianza, será de entre las mujeres la elegida por Dios para ser la puerta de la encarnación del Hijo. De este modo María es, desde la Nueva Alianza y la Nueva Creación, el gozne de la Historia de la salvación.

Personalmente, siempre me ha gustado contemplar esta historia como un proceso de concentración y expansión. Todo camina hacia una puerta pequeña, hacia una mujer, María, y en ella, se hace pequeño y asequible el Salvador del Mundo.

24-oct. Conocer a Dios

Las razones no convencen al hombre moderno. Al mismo tiempo, no puede prescindir de la razón. Se ha vuelto un sujeto “transracional“, utilizando la razón no tanto como guía, sino como filtro. De tal manera que la razón se exige en tanto que la fe debe ser razonable y creíble. La existencia de Dios debe comunicarse hoy por otras vías diferentes a las que hasta la modernidad fueron empleadas. El conocimiento, como tal, se debe situar en un contexto apropiado y en la búsqueda de sentido, en verdades que alcancen la totalidad de la vida. Ejercicio al que hoy, incluso con las búsquedas y deseos permanentes en todo hombre, no estamos muy acostumbrados. Sin embargo, el hombre de fe descubre que siempre han estado abiertos ante él, desde la creación misma, dos caminos para llegar a Dios: el mundo y el hombre. En el mundo, con su orden y movimiento y belleza cuestiona y pregunta al hombre, como realidad que no está sostenida en sí misma, que no puede tener ni origen ni final en sí misma. La belleza del universo cuestiona e impresiona al hombre. Por otro lado, el hombre en su profundidad y capacidad, con su apertura a la verdad y al bien se interroga sobre la existencia de Dios a partir de su capacidad espiritual, y descubre en sí una semilla de eternidad, irreductible a pura materia.

Más allá de todo esto, sorprende que Dios quiere que el hombre entre en su propia intimidad. Las pruebas de fe disponen al encuentro. La razón, como capacidad, se queda en el reconocimiento, todavía en la distancia. Pero el hombre busca conocer y amar a Dios.Para ello, más que dejar huellas de sí mismo en el mundo y en Dios, se ha contado a sí mismo y ha abierto para el hombre la posibilidad de acogerle en la fe, relacionarse con él de forma personal.

Lo que la razón alcanza, por tanto, es al Dios del absoluto, al principio y fin de lo creado, como respuesta a los interrogantes del propio hombre, y su búsqueda de sentido. Esa misma razón le permite acoger la revelación y la donación que Dios hace de sí mismo. Sin embargo, la inteligencia y capacidad de conocer del hombre no es un valor absoluto, en la que se pueda confiar sin la necesaria purificación y esfuerzo. El hombre necesita el esfuerzo de su razón para llegar a Dios, y una revisión de sus propias creencias e ideas del mundo. Experimentamos muchas dificultades para conocer a Dios sólo por medio de la razón, “porque las verdades que se refieren a Dios y a los hombres sobrepasan absolutamente el orden de las cosas sensibles y cuando deben traducirse en actos y proyectarse en la vida exigen que el hombre se entregue y renuncie a sí mismo.”

23-oct. Capaz de Dios

Me resulta curioso, y atractivo al mismo tiempo, que el catecismo comience hablando tan sublimemente del hombre, de cómo se entiende al hombre a la luz de la fe. No es un previo didáctico, ni se trata a mi entender de una imposición. Más bien lo acojo como una llamada a comenzar su lectura mirándome a mí mismo, contemplando la humanidad a mi alrededor. Retoma por tanto una perspectiva que, como se había dicho antes, busca dar respuesta al hombre de hoy, y de todos los tiempos.

En esta antropología breve tiene dos claves principales, que son el deseo y la búsqueda, que a mí personalmente me son muy familiares. Pero sobre todo, y por encima de ellas, afirman que el hombre está estructuralmente hecho, ha sido creado, para algo más que para sí mismo, para “un más” que encuentra respuesta definitiva y plena en Dios. Su deseo y sus búsquedas se originan en la huella de Dios en su propia creación, y en su particular destino: por Dios y para Dios.

  1. El deseo del hombre tiene raíces profundas. No se queda en apetencia ni en ganas, sino que busca aquello que le dé sustento y consistencia. En él el hombre puede descubrirse como ser hacia lo infinito y eterno, con dirección. Un deseo tan grande sólo puede ser saciado por Dios. A través de su propia tensión, y desde el hombre mismo, Dios atrae a la humanidad hacia sí para concederle su dignidad más alta. La vocación del hombre se realiza plenamente en la comunión con su Creador, y por tanto en el respeto a su propia creación.
  2. Este deseo se ha configurado religiosamente de múltiples maneras, de tal modo que podemos decir que todo hombre es un ser religioso (de re-ligar, de volver a unir). Necesita concretarse, vivirlo ya, “formalizar” lo que siente, expresar lo que vive. Lo cual me invita hoy, más que nunca, a buscar las formas en las que ese deseo anterior se concreta y se encarna. Tanto en las formas de vida modernas, y tecnológicas, y científicas, como en aquellos aspectos personales de todo hombre, que hace suya la tensión hacia lo infinito.
  3. Lo anterior, tanto su deseo como su religiosidad, pueden ser olvidadas, desconocidas o rechazadas. El ser humano por tanto está necesitado de una pedagogía, de una atención a sí mismo y de un reconocimiento de sí mismo. Pero tanto el olvido como el rechazo puede estár motivado por muy diversas causas. Con seriedad debemos tomarnos, por tanto, el testimonio que damos y las estructuras que generamos en nuestro mundo. El Catecismo no silencia que, en no pocas ocasiones, este rechazo y olvido puede tener su origen en las riquezas como en la vida disoluta de los creyentes.Dicho de otro modo, que aquel hueco que en el hombre corresponde a Dios, sólo Dios puede llenarlo perfectamente, pero puede ser “ocupado” por otras muchas realidades.
  4. Pero también hace notar que el hombre puede ocultarse de Dios, más que Dios del hombre, y rechazar su llamada y palabra, más que Dios deje de hablar con él. Actitud ambas del hombre pecador, que, como Adán en el relato del Génesis, intenta alejarse de Dios para no ser ni visto, ni conocido, ni enfrentado a su propia verdad. Me parece importante subrayar que quizá en una sociedad como la nuestra encontremos más personas “heridas” y “alejadas” por esta causa que por muchas otras; personas que no se acercan a Dios por miedo a sí mismas, por descontento y vacío consigo mismas, por no pensar, por no sentir, por no recibir más de lo que no están dispuestas a querer encontrar. Por miedo también a que Dios les pida cambiar su vida sin saber cómo hacer para amar, o para decidir en libertad, o para responder por entero a su Palabra. Quizá algunos jóvenes, dentro de la masa, como algunos mayores, acomodados en sus respuestas, prefieran no dejarse interrogar de este modo, ni entablar diálogo sobre sí mismos.
  5. Dios no cesa de llamar a los hombres. Por lo tanto, que se alegren los que buscan a Dios, o andan perdidos. Porque, al igual que la parábola del buen pastor que deja sus ovejas, el Padre nos sale al encuentro y nos llama. Y es cuestión de tiempo que escuchemos su voz, y en su palabra reconozcamos nuestro propio nombre, con la dignidad de hijos. Y nos llama y busca para que tengamos vida y felicidad, para siempre, sin que nadie pueda quitárnosla jamás. Nada hay, por tanto, que pueda separarnos definitivamente de Dios, a no ser el hombre mismo, a no ser que el hombre mismo se niegue a escuchar.
  6. Esta búsqueda de Dios, desde el hombre mismo, exige de él (1) todo el esfuerzo de su inteligencia, (2) la rectitud de su voluntad, (3) “un corazón recto”, (4) y el testimonio de otros creyentes que le enseñan a buscar a Dios. Lo cual, visto así y con tanta contundencia, me hace alegrarme por haber recibido mi fe de manera fácil y doméstica, en casa y con la familia, nutrida de experiencias de todo tipo. También he experimentado el conflicto de las preguntas y dudas, de la falta de compromiso y de mi propia incoherencia, de la doblez de corazón y del pecado dentro de mí, y sufrido el testimonio poco evangélico de los que nos decimos creyentes, incluido el propio testimonio. Pero, por ello, le doy gracias a Dios por haber recibido y acogido la fe. Sin embargo, más allá de la propia experiencia veo en esta búsqueda del hombre que el Catecismo invita a lo más humano, y a la coherencia con uno mismo en cualquier estado y forma de vida. ¿Acado puedo pensar que ya lo he alcazado todo? ¿O me tengo que ver, sinceramente, también como un buscador más a quien se le pide tanto? ¿No es este un camino de purificación para mayor rectitud, para mayor entrega, para mayor libertad?

22-oct. Conocer y amar a Dios, más y mejor, es la vida del hombre

El hombre porta dentro una pregunta imborrable, la del sentido de su propia vida. No sólo la de su origen, también la de su meta y horizonte. En muchas circunstancias surge con especial fuerza. Y reclama una respuesta que sólo se encuentra definitivamente en el amor de Dios, y en el amar en su propia vida. El amor constituye esencialmente al hombre, porque éste ha sido creado por Dios por amor y para el amor.

  1. El conocer del hombre comienza al ser conocido y llamado por su propio nombre, al dejarse conocer e interrogar, cuando entra en un diálogo y sale de sí mismo.
  2. El amor del hombre, igualmente, se inicia con el amor que recibe, y por lo tanto, en el dejarse amar en profundidad por quien le conoce últimamente.

Esta verdad de la fe, acogida con fidelidad y concretándola en la propia vida, como una verdad práctica y como una verdad dicha por amor al hombre para que encuentre paz, es capaz de sustentar toda su existencia, orientarle definitivamente hacia el bien, generar comunión entre los hombres, y encontrar y ver a Dios, a quien busca incansablemente. Cuando el hombre acepta, y deja de luchar contra sí mismo, que ha sido creado por Dios para el amor se ve en la tesitura de dar una respuesta que sólo del amor nace y que sólo desea amar más y mejor cada día.

  1. Esta verdad la conocemos en la historia de la Salvación, en la que Dios se revela como Uno y Trino. Padre, origen de todo que llama a todo hombre a compartir su propia vida. Hijo que redime y salva al hombre, roto por el poder del pecado y alejado del amor y dividido como humanidad y en su propia humanidad. Espíritu Santo que actúa en cada persona y la asemeja en lo cotidiano y en la historia al Hijo, haciendo de todo aquel que lo recibe y se deja hacer por él un hombre libre al modo como el Hijo revela la perfecta humanidad.
  2. La comunicación de esta verdad, para nuestra salvación, forma parte del envío de la Iglesia a anunciar la Buena Noticia, a dar respuesta desde el Amor de Dios a los hombres en sus búsquedas e interrogantes, en su sentido hondo y en su horizonte, en su acción y en su compromiso. La Iglesia ante el mundo es este sacramento que, con su palabra y sus obras, hace presente a Dios para que el hombre se encuentre cara a cara con Él.
  3. Dar a conocer a los hombres el camino abierto hacia la salvación y el Reino es recibido por los cristianos con urgencia, en fidelidad. De este modo se predica con fe la fe de la iglesia, se vive la fe en la comunión y amor fraterno en la comunidad de creyentes, se celebra en la liturgia, y cada hombre se encuentra con Dios en la oración.

Hoy estamos urgidos, desde muchos ámbitos, a renovar la catequesis, por medio de la cual los hombres conocen a Cristo, le abrazan con fe, y se incorporan a su Cuerpo, que es la Iglesia. Especialmente entre los jóvenes y entre aquellos que no han escuchado hablar nunca del amor de Dios manifestado en el Hijo, de quienes buscan y sacian su sed en tantos lugares. Pero también, y con igual urgencia, entre los bautizados de Occidente, cuya fe demanda una educación y recepción más intensa y sincera.

CATIC 1 – 25