11-dic. La fe es algo humano

Nunca he terminado de comprender del todo a quienes defienden una fe tan espiritual tan espiritual que se despega de lo humano más humano. Será que soy de los que tienen el privilegio de elegir creer, querer creer, e intentar vivir con fe. Tampoco les pillo el truco a quienes proponen un enfrentamiento entre Dios y el hombre, alegando que “la idea de Dios” viene a esclavizar, a moralizar, a dogmatizar, a completar en el hombre sus inquietudes y a dar respuestas cómodas. Mejor dicho, a los que sólo pueden “pensar” una “idea de Dios”, les entiendo perfectamente en este sentido. Como a cuantos han tenido una mala experiencia en su camino, o se les ha metido una china en el zapato que les hace estar pendientes sólo de aquello que pisan. A esos, sí les comprendo. A quienes quieren “pensar a Dios” sin dejarle hablar, o sin encontrarse con el Dios vivo y verdadero, con el amante del hombre, con el Dios apasionado por la humanidad hasta el punto de hacerse “uno de tantos”.

Por otro lado, para qué engañarnos. En ocasiones también caigo en esa tentación, en la de dejar a Dios todo el protagonismo, en la de no poner el grano de arena que a mí, en esta relación, me corresponde. Claro que no puedo llegar a la medida de Dios, y que “amar sin medida” es una gran frase, pero muy dura. Claro que, en mi humanidad, puedo poner al servicio de la fe y de la comunión con Dios lo que soy. Y a esto se refiere realmente esta cuestión, a que el hombre puede hacer. No crear, pero sí hacer por creer, querer creer, fiarse con su vida, tomar las decisiones en diálogo.

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9-Nov. El crecimiento en la inteligencia de la fe

Llamo la atención sobre el título del post, tomado literalmente del CATIC. He preferido no cambiarlo ni tocarlo porque me resulta muy significativo. Se refiere a la inteligencia de la fe, en lugar de al crecimiento en la fe misma. Pero me parece fundamental subrayar que la comprensión lleva a una mejor vivencia, sin identificar por ello que saber mucho signifique directamente vivir mucho. Lo cual no se dice aquí expresamente, aunque sí quedará claro más adelante. Estamos llamados a creer en la inteligencia de nuestra fe, acompañando de igual modo nuestro crecimiento en otras dimensiones de la vida, de igual modo que alguien que comienza a amar desea saber más de la otra persona, o quien se dispone a confiar lo hace conociendo de qué pasta está hecho ese amigo a quien desvelará sus secretos.

Quiere conocer quien ya cree. Y quizá nos pueda servir de signo o síntoma para valorar el estado actual de nuestra propia experiencia cristiana. Si ha movido mi inteligencia, si me ha llevado a valorar otros aspectos, si tengo más cuidado en lo que pienso, si he examinado con un poco de detenimiento la coherencia de ciertas ideas, si he buscado de algún modo detenerme en alguna lectura, o si he podido expresar con razones, más o menos amplias o limitadas, por qué vivo como vivo, por qué creo en el Dios que creo. Sin embargo, con todo lo dicho, la inteligencia de la fe no es producto de la mera acción o interés del hombre, sino fruto de la acción del Espíritu, dada la naturaleza de aquello que querermos aprehender. El Espíritu nos sitúa ante el misterio que no se ve, con una inteligencia capaz primeramente de amar aquello que estamos contemplando o sintiendo. El Espíritu nos mueve a esa introducción que nos hace sentir dentro, y participar, de aquello que queremos ver mejor, con la humildad de una criatura cuya inteligencia es más solícita que exigente.

Tres son las vías que el Catecismo señala al respecto:

  1. La vía de la profundización, al modo de María, que guardaba en su corazón las palabras del Hijo. Este “llevar en el interior”, repasar y revivir, es primeramente una tarea teológica, que tiene también su especialización, aunque es propia de todo fiel cristiano y debería acomodarse a su nivel cultural, social y personal. Nadie dice que esta tarea se haga sólo en los libros, porque se trata de investigar la verdad revelada, de modo que también incluye la necesaria profundización, por ejemplo, en los signos de los tiempos con la adecuada interpretación y discernimiento. De igual modo, nadie dice que esta tarea deba ejercerse en solitario, sino que más bien debe contagiarse y rezumar de la eclesialidad cotidiana y de la comunión necesaria, del diálogo y compartir que forma parte de la misma vida de fe.
  2. La vía de la vida misma, dada por la asidua participación y repetición de palabras en el contexto litúrgico, o en la vida de la comunidad. De este modo hay personas enteramente sabias en los misterios de Dios que no han abierto jamás un libro al modo teológico, o que no se han detenido especialmente a sistematizar su conocimiento, y que desbordan sabiduría e inteligencia espiritual por los cuatro costados. Hay un modo nuevo, siempre sorprendente, de acoger a Dios en la vida cíclica y ordenada de la Iglesia, que nos lleva en espiral a una mejor y más profunda inteligencia acomodándose con paciencia a nuestro mismo desarrollo.
  3. Por último, la vía de la escucha y de la comunión eclesial, expresada por nuestros pastores según el carisma especial que han recibido para el crecimiento y cuidado de la Iglesia.

8-nov. Sentido sobrenatural de la fe

Creer y conocer a Dios nunca dejará de ser un don que sorprende. Primeramente a quien lo tiene, y que por tanto nos cuestiona, nos lleva a agradecer. Nosotros, que creemos, nos damos cuenta de que no lo hemos construido por nosotros mismos, ni nace de nuestras ilusiones, ni imaginación, ni de las ideas. Hemos participado activamente, pero como receptores, confiando, fiándonos, participando, cultivando, creyendo. Hemos respondido, por así decir, a la fe con fe, al don con la gratitud y la responsabilidad de guardarlo. Además, dadas las características de nuestra sociedad moderna cada día más combativa con la vida religiosa, añadiría que llega un momento en el que creer y vivir cristianamente se mantiene y sostiene como don de Dios,al que vamos respondiendo. Y esto nos debería causar sorpresa, igualmente. Tanto el regalo hecho en la fe, como que esa fe perdure en nosotros, y nos dé vida.

Quienes pretenden hacer de la fe un proceso natural en el hombre no saben bien de qué están hablando. Lo siento. Ni tampoco quienes la humanizan hasta el punto de parecer que Dios interviene aisladamente, haciendo de su presencia algo tangencial incluso. Será humano, muy humano. Responderá al hombre, a todas sus inquietudes y dimensiones. Será social y pública, o no será. Pero no dejará de ser por ello sobrenatural, superando al hombre y lo humano, alzándolo a lo divino, haciéndolo digno de participar en el conocimiento de Dios y recibir a Dios mismo. De hecho, tiene en su carácter sobrenatural la esencia de su don y regalo, de lo que Dios quiere para el hombre.

El sentido sobrenatural de la fe se expresa en la capacidad que tiene cada creyente de aceptar y hacer suya la totalidad de la revelación, y entrar por tanto en comunión y conocimiento perfecto de Dios. También, como expresión de lo anterior, en una relación única con otras personas que también han recibido el don de la fe. Algo que puede, cualquier persona, constatar de múltiples maneras cuando se encuentra con otras personas que no conoce de nada y, sin embargo, se ve unida y vinculada de forma especial a través de la fe. Es el Espíritu quien fortalece la fe de cada creyente y le une a otros.

El Espíritu de la Verdad que guía a la Iglesia, dando a cada creyente, la conduce por tanto de forma sobrenatural, y exige escucha y docilidad. Para que de este modo:

  1. Se realice la adhesión de la fe a la de los santos, testigos de la fe. Guía por tanto, bajo el testimonio de su vida, de palabra y de obra, con la ayuda de nuestros hermanos mayores en la fe. Compartiendo con ellos santidad, contagiándonos de la respuesta valiente y atrevida que dieron, cada uno en su momento y contexto.
  2. Se profundice en ella con un juicio recto. El Espíritu nos adentra en el misterio de Dios como luz en nuestras oscuridades, y nos da a conocer más y más cada día la misericordia y la bondad de Dios, la salvación obrada en la historia, su designio y voluntad para con todos los hombres.
  3. Y para que se aplique cada día más plenamente en la vida. No se limita al conocimiento, incide en nuestra voluntad, libertad y capacidad para obrar según su voluntad. Queriendo lo que Dios quiere, amando al modo del Hijo. Con paciencia, otorgándonos perdón y reponiéndonos en el reposo. Respetando el camino de cada uno, aunque con exigencia. Y así, llevar la fe a la vida y la vida a la fe.

30-oct. Cristo Jesús, mediador y plenitud de toda revelación

Antes de hablar de Cristo Palabra, el Catecismo se refiere a la fragmentación de la revelación anterior. Y nos invita a comprenderla de este modo, en la verdad de una experiencia y revelación que no estaba completa, y que quería más, y que alcanza su culmen y máxima expresión posible en Cristo. Si Cristo es la Palabra completa y definitiva del Padre, podemos decir que con anterioridad Dios había hablado con palabras particulares y concretas, en diálogo sincero con el pueblo, en respuesta en gran medida a sus necesidades y demandas dentro del progreso de la historia de la Salvación. Estas palabras “pequeñas” e incompletas le iban capacitando para acoger la Palabra en el culmen de la historia. De este modo se señala la validez y eficacia de las mediaciones, diversas y múltiples de la etapa anterior, al tiempo que se da un salto cualitativo en su recapitulación y máxima expresión en Cristo. No se trata sólo de un aspecto cuantitativo, sino de un salto de lo parcial a lo total, de lo fragmentado a la unidad. En Cristo está todo lo anterior recogido como promesa, y se expandirá su Palabra como prolongación y desarrollo de lo que Cristo es. Así se constituye en centro de toda la historia, en fuente y culmen.

Por otro lado, se subraya la importancia de Cristo como Palabra única. Dios no tiene más Palabra que la del Hijo, que ha sido entregada por completo a los hombres, haciéndoles llegar así su designio y voluntad salvífica, y entablando con ellos un diálogo, más allá del cual ya no se puede decir nada más. Todo ha sido dicho, por parte de Dios, en Cristo Jesús. De modo que el hombre que quiera conocerle, buscarle y dialogar con Él, lo hará a través del Hijo.

La experiencia de la mediación humana es imprescindible. El hombre no tiene acceso a nada si no es “a través de”, sean palabras, sean ideas, sean experiencias, sean sentimientos, sean tradiciones. Todo está mediado para el hombre. Y estas “mediaciones o intermediarios”, puestos en medio de aquello que se busca y la persona, pueden en ocasiones ser facilitadores o impedimientos, como si se tratase de grados de trasparencia y de autenticidad. En ocasiones experimentamos la dificultad para llegar a la esencia por la incapacidad de la mediación, como puede pasar en clase con un buen o mal maestro, o en casa con un buen o mal padre-educador, o con un amigo en tanto que mediador del don de la amistad, o con un libro o escrito en tanto que mediadores de la sabiduría, o incluso con un chiste como mediador del humor y de la alegría. De modo que, cuando decimos que Cristo es mediador, afirmamos al mismo tiempo dos cosas: que en Él tenemos acceso libre y confiado al Padre, porque ha roto el muro que nos separaba de la Vida, de la Verdad, del Bien, de Dios mismo; y que Él es absolutamente trasparente, por tanto, al Padre siendo Dios mismo, haciendo de facilitador y de Camino para el acceso a Dios. Por un lado, Cristo en su humanidad acoge y da a comprender al modo humano, por otro hace explícito el contenido de la revelación.

Las tres cuestiones de hoy me parece que son elementos configuradores de la experiencia cristiana, al tiempo que purifican nuestra fe de idolatrías y de falsedades. No se trata de sólo Cristo, o de sola Palabra, sino de reconocer en Cristo, en toda su realidad, como mediador de Dios perfecto y como plenitud de la revelación. Existen por tanto otros caminos, fragmentados, que también nos acercan a Dios, acercándonos poco a poco a Cristo, que es la plenitud de todo lo anterior. Y existen, como no puede ser de otro modo, más signos y muchas ayudas para la vida cristiana, que nos permiten comprender y actualizar nuestra fe y armonizarla con la vida, pero tendrán en Cristo su centro. No son palabra nueva, sino desarollo o comprensión de lo que ya ha sido mostrado en el Hijo, y en Él tendrán su luz y fuerza verdadera. Así la Iglesia ha expresado que el Espíritu Santo es el Espíritu del Hijo, que nos hace vivir como hijos adoptivos. Y así la experiencia cristiana reconoce en la tradición que se ve orientada, cada vez más, hacia Cristo como cabeza, en quien se recapitula todo.

Libro (1) y Blog (1)

Un libro clásico, de fácil acceso incluso en internet: “Introducción al cristianismo“, de J. Ratzinger. Un tesoro, que sorprende por su agudeza y vitalidad, nada fácil de leer. Lo recomiendo el primero porque lo considero una síntesis cualificada y portentosa. De las que sitúa las cuestiones y da claves y fundamentos para la fe, más allá de los juicios simpáticos y agradables, y mucho más lejos de los dogmatismos inhumanos. Responder con claridad a una fe que necesita entendimiento y a la razón humana, que ansía conocer también el misterio de Dios. Dos indicaciones para su lectura:

  1. Leer con orden y concierto. Es decir, ir de principio a final al menos una vez en la vida, y dejar de saltear y recurrir a los buenos libros como recursos esporádicos. Introduce, como bien dice, en el cristianismo. Y eso requiere paciencia.
  2. Leer con lápiz y cuaderno. Porque será necesario anotar en más de una ocasión. Al menos yo lo he necesitado. En parte porque es mi modo de leer. Y el cuaderno para hacer la propia lectura de los acontecimientos. Un libro que se lee en la literalidad meramente es una soga en la inteligencia del hombre, que ahoga el espíritu.

Pensar por libre” es una verdadera inspiración para la vida cotidiana, fresco y vivo, con pasión y mucha libertad. Un blog en medio del mundo, o en las fronteras, como se quiera decir. A los Enrique Monasterio no le gusta que lo definan como blog, sino como globo, por aquello de los inteligentes juegos de palabras. Y para el año de la fe ya está aportando su granito de arena.

  1. No te lo pienses, y suscríbete. Así llevo un tiempo. Y nunca defrauda ni cansa. Sus letras son cercanas y claras. Y hacen reír. Sirve para todos los días, ¡cómo no ser bueno entonces en el año de la fe!
  2. Si te animas, quiere hacer algo con colaboradores para el año de la fe en su blog. Así que, ahí lo dejo. Al menos que nuestra fe se empiece a mover. Internet también es un mundo que necesita del testimonio y del buen hacer creyente.

Especial, fin de semana

Los fines de semana tendremos edición especial en este blog, decicado al Año de la Fe. Y consistirá en silencio el sábado -podría justificarlo con el “santo silencio” del sábado santo, pero no lo haré- y celebración dominical y descanso -podría justificarlo con las palabras de la Iglesia y el mandato del Señor, pero no lo haré-. Las solemnidades y días de guardar procederé habitualmente del mismo modo. Lo cual me vendrá bien a mí y a otros. Pero seré libre para saltarme el sábado cuando lo crea conveniente y escribir en agradecimiento al Señor el domingo cuando estime oportuno. ¡Libertad y fe!

Dicho sea de paso, así me permitirá adelantar el trabajo de la semana para el blog, y hacerlo de manera más reposada. Aunque el tono que emplearé seguirá siendo similar. Referencias académicas hay muchas, por doquier. Los que escriben libros son, por ahora, más importantes que los que escriben en blogs. Así que, leed si podéis a los importantes. Ellos sí que saben. Y os lo agradecerán. Lo mío es gratis, al menos para mí.

Los fines de semana aprovecharé para sondear por ahí y conocer otros blogs que estén en lo mismo: cultivando el año de la fe, proponiendo, uniendo, orando, reflexionando, catequizando… Y también os contaré qué tal van algunas publicaciones, sacando lo viejo y lo nuevo. Para ello utilizaré las categorías blog y libro de forma exclusiva. Así irás directo a ellas.

Por último, si te apetece o crees que puede venir bien, hacer un repaso de la semana, ahí queda.

26-oct. Dios sale al encuentro del hombre

Y a ese “salir de sí”, para comunicarse y donarse, lo llamamos “revelación”. Un término precioso, que deberíamos cuidar, con el que queremos hablar de algo fascinante: Dios, antes de que el hombre pueda ir en su búsqueda, cuando es como un niño pequeño que gatea en la fe, va hacia él para hacerse el encontradico y protegerle. Al igual que cuando éramos niños nuestros padres se asomaban en la cuna, y nos robaban una sonrisa haciendo una carantoña, así me imagino yo a Dios en mi vida espiritual en más de una ocasión. Y al igual que no recuerdo la cara de mis padres, porque yo era pequeño, entiendo que tampoco puedo recordar esta preciosa y hermosa relación con Dios, en la que él se dejaba ver y a mí me alegraba el alma.

La revelación divina pertenece a un orden de conocimiento inalcanzable para el hombre, por el hombre mismo. Sí es capaz de recibirla, porque está capacitado para acogerla. Pero no para crearla por sí, ni imaginársela tan siquiera. Porque corresponde al ámbito del Misterio personal de Dios. Del mismo modo que podemos estar mirando a una persona o familiar eternamente, sin saber qué piensa o qué siente o qué quiere, porque ni el pensamiento, ni el sentimiento, ni la voluntad se pueden ver, así ocurre con Dios. Nuestra capacidad llega hasta donde llega, que es a vislumbrarle y amarle como absoluto, como eterno, como principio y origen de todo. Pero de ahí a que ese Absoluto quiera hablar conmigo, darse a sí mismo y compartir su vida, hay un salto infinito. A este salto lo llamamos revelación, porque Dios se re-vela, se muestra y vuelve a su ser.

Además de contarse a sí mismo, da a conocer su voluntad y designio de salvación, su compromiso, por así decir, con el hombre desde la eternidad. Ya no es que Dios sea origen de todo, incluido el hombre, sino que en ese diálogo el hombre mismo aprende que ha sido creado por amor, no de cualquier modo, ni de cualquier manera, y con un destino de amor, para el amor y para la comunión con Dios. Y por tanto, todo hombre, dentro del proyecto de salvación de Dios, ocupa un lugar y tiene una misión. Este carácter salvífico de la revelación llega a su culmen no en los grandes padres y profetas del Antiguo Testamento, sino en el mismo Hijo, como muestra definitiva y última -en tanto que final- de Dios con el hombre. En Jesucristo todos conocemos lo que el Padre desea de nosotros, y el amor que nos tiene, por la Cruz y la Resurrección.

Y también la revelación comporta un carácter pneumatológico, en la entrega del Espíritu Santo, como Dios que vive y alienta en el corazón y la vida de las personas, y los llama a la comunión plena con él. Una unidad que a nosotros se nos escapa, tanto como destino, como en los medios por los que podemos alcanzar semejante libertad y tamaño amor. Lo que Dios nos cuenta, de este modo, se nos da como eternidad, en tanto que siempre fue su voluntad amar y salvar a los hombres, entablar con ellos trato de amistad y cercanía, disfrutar juntos de todo lo creado en su orden, belleza y esplendor.

Es la revelación, la que capacita para la respuesta, para el conocimiento y para el amor, al igual que cuando alguien nos llama por nuestro nombre en mitad de la multitud, y nos conoce y reconoce, y se muestra interesado en nuestra presencia aunque nosotros vivamos en la ignorancia. Dios, de esta manera, se abaja a nosotros y a nuestro lenguaje y formas, para que a través de ellas sepamos trascender e ir más allá de las mismas, hacia otro orden de realidad en el que el cielo y la tierra no estén divididos, en el que el hombre no esté encerrado en sí mismo sin los otros, en el que el hombre y la creación no se vean separados o sientan subordinados irresponsablemente, en el que el hombre y Dios puedan convivir al modo como Padre e hijo en el HIjo, como Creador amante y creatura agradecida.