10-dic. La fe es una gracia

Siempre lo he sabido. Estas cosas son cosas de Dios. Y por mucho que las intentemos enseñar, comunicar, transmitir, vienen de Él y comienzan en Él, y hasta que no nos demos cuenta, todo seguirá siendo pura promesa, pura idea, mera relación humana, un genial testimonio de vida y poco más. En ocasiones, con cierto humor le he preguntado a Dios que por qué a mí se me ha dado “fe” para aproximarme al Misterio. Y también con humor Dios suele responder que “por qué no, ¿tan especial te crees?”.

Gracia significa que Dios lo regala, como don, y lo distribuye según su voluntad. Esto es un hecho indiscutible en la vida de todo creyente. La fe no se alcanza por las propias fuerzas, como no podríamos creer si Dios no se hubiera dado a conocer, o no se hiciera “abrazable” por el hombre, “cognoscible” a su inteligencia, “audible” a sus oídos y corazón, “vivible” a su voluntad. Dios tiene la capacidad de agacharse, pero ningún hombre puede engradecerse hasta tal punto. La fe tiene que ver con ese “gusto” en aceptar y creer la verdad de Dios, es decir, que Él mismo se hace para nosotros alimento capaz de dar sabor, como sabiduría, como vida, como firmeza de la propia vida.

Me parece que algunos leen que “la fe es un regalo” de manera puramente selectiva, como si Dios hiciera acepción de personas, y a algunos les expulsase de una tierra sagrada, como si con algunos verdaderamente jugase al escondite. Me parece que una lectura así no es más que una trampa, para quienes no quieren aceptar el regalo de la fe, que está ahí, ante todos, y que todos pueden aceptar y abrazar cuando quieran. Otra cosa es que no vivamos desde el principio una fe absoluta y pura, sino que haya que hacer camino poco a poco. Me parece que algunos de los que se ven sin fe, tienen más fe que paciencia, más fe que fortaleza para esperar. Pero perdida la paciencia y la fortaleza, creen que desaparecerá la fe, o se apagará la llama débil. Estos son problemas más espirituales, y requieren acompañamiento y comunidad, que dogmáticos e intelectuales.

La fe también nos ayuda a dar testimonio de Dios. Y como testimonio, lo hacemos al modo como Dios quiere. E igualmente, de esto tenemos experiencia quienes anunciamos y predicamos, quienes vivimos con el deseo de transparentar a Dios. Quizá unos días creemos que hemos hecho algo maravilloso, y no llega a nadie, y volvemos con las manos vacías. Otros días no, y toca el corazón de muchos. Pero lo asombroso es que cuando nosotros nos mostramos débiles, nos vemos pobres y necesitados, sentimos que todo va mal, Dios sigue actuando a través de las personas. Esto es aquello del “auxilio interior del Espíritu”, que viene en ayuda de nuestra vocación y misión, que es su llamada y su encargo.

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