26-nov. Creer sólo en Dios

Sigo pensando, porque lo llevo muy grabado dentro, que toda persona cree. Es una de mis máximas certezas. Aunque reconozco que hay niveles claros en este verbo tanto en la posible intensidad como en aquello mismo que se cree o aquello a lo que se ofrece credibilidad, que lo hacen claramente diferente del contexto en el que se utilice. No es lo mismo decir que se cree que el sol amanecerá, que se cree que es amigo, que se cree que todo irá bien, que se cree en Dios.

La diferencia fundamental respecto de la fe es que es Dios mismo quien se está comunicando al hombre, en cuya palabra no hay engaño y que es fiel, salvador del hombre. En él no se encuentra error, ni maldad alguna, y todo cuanto dice y hace por el hombre le conduce a la felicidad y la dicha plena.

Algo así es impensable afirmarlo del hombre, ni en el amor más rotundo y radical que exista en la tierra. Lo comparo con aquella persona a quien más queramos y que más nos quiera, y sabré a ciencia cierta que puede estar equivocado, que no estará siempre a mi lado, que me podrá fallar porque limitado y débil. Esta persona, en definitva, está involucrada en el mismo juego que yo mismo, en la existencia. La comunión con Dios, a diferencia sin embargo de la unión con cualquier persona, implica creer en él y creerle por completo, seguirle y aceptar de su mano toda la revelación.

Mucho menos, por tanto, de cualquier cosa. No digo más.

Sin embargo, la fuerza de la fe nace en ambas, y esto sí es sorprendente constatarlo por el amor que nos une. Tanto de Dios con el hombre, como del hombre con Dios, como de cualquier otra persona que me encuentre en este mundo. El amor es la fuerza de adhesión; no el temor, ni el castigo, ni la destrucción, ni de la coacción. El amor es la fuerza que une en tanto que ofrece la libertad, y la conoce la posibilidad de la separación y de la indeseable, aunque necesaria, distancia que nos personaliza y hace ser quienes somos. El amor, y sólo el amor,  vincula estrechamente a quienes no pueden verse, y les hace estar pendientes el uno del otro en una presencia verdaderamente vinculante.

El Catecismo, al respecto, dice varios puntos que os propongo reflexionar:

  1. La fe es adhesión personal. Una relación, que genera comunión con el Dios vivo y verdadero, revelado como persona, y mostrando cómo el hombre puede relacionarse con Dios.
  2. La fe, como adhesión personal, implica al mismo tiempo e inseparablemente, asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado.
  3. Toda, y no parte de lo revelado.
  4. Es justo y bueno creer absolutamente en lo que Dios dice.
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