9-Nov. El crecimiento en la inteligencia de la fe

Llamo la atención sobre el título del post, tomado literalmente del CATIC. He preferido no cambiarlo ni tocarlo porque me resulta muy significativo. Se refiere a la inteligencia de la fe, en lugar de al crecimiento en la fe misma. Pero me parece fundamental subrayar que la comprensión lleva a una mejor vivencia, sin identificar por ello que saber mucho signifique directamente vivir mucho. Lo cual no se dice aquí expresamente, aunque sí quedará claro más adelante. Estamos llamados a creer en la inteligencia de nuestra fe, acompañando de igual modo nuestro crecimiento en otras dimensiones de la vida, de igual modo que alguien que comienza a amar desea saber más de la otra persona, o quien se dispone a confiar lo hace conociendo de qué pasta está hecho ese amigo a quien desvelará sus secretos.

Quiere conocer quien ya cree. Y quizá nos pueda servir de signo o síntoma para valorar el estado actual de nuestra propia experiencia cristiana. Si ha movido mi inteligencia, si me ha llevado a valorar otros aspectos, si tengo más cuidado en lo que pienso, si he examinado con un poco de detenimiento la coherencia de ciertas ideas, si he buscado de algún modo detenerme en alguna lectura, o si he podido expresar con razones, más o menos amplias o limitadas, por qué vivo como vivo, por qué creo en el Dios que creo. Sin embargo, con todo lo dicho, la inteligencia de la fe no es producto de la mera acción o interés del hombre, sino fruto de la acción del Espíritu, dada la naturaleza de aquello que querermos aprehender. El Espíritu nos sitúa ante el misterio que no se ve, con una inteligencia capaz primeramente de amar aquello que estamos contemplando o sintiendo. El Espíritu nos mueve a esa introducción que nos hace sentir dentro, y participar, de aquello que queremos ver mejor, con la humildad de una criatura cuya inteligencia es más solícita que exigente.

Tres son las vías que el Catecismo señala al respecto:

  1. La vía de la profundización, al modo de María, que guardaba en su corazón las palabras del Hijo. Este “llevar en el interior”, repasar y revivir, es primeramente una tarea teológica, que tiene también su especialización, aunque es propia de todo fiel cristiano y debería acomodarse a su nivel cultural, social y personal. Nadie dice que esta tarea se haga sólo en los libros, porque se trata de investigar la verdad revelada, de modo que también incluye la necesaria profundización, por ejemplo, en los signos de los tiempos con la adecuada interpretación y discernimiento. De igual modo, nadie dice que esta tarea deba ejercerse en solitario, sino que más bien debe contagiarse y rezumar de la eclesialidad cotidiana y de la comunión necesaria, del diálogo y compartir que forma parte de la misma vida de fe.
  2. La vía de la vida misma, dada por la asidua participación y repetición de palabras en el contexto litúrgico, o en la vida de la comunidad. De este modo hay personas enteramente sabias en los misterios de Dios que no han abierto jamás un libro al modo teológico, o que no se han detenido especialmente a sistematizar su conocimiento, y que desbordan sabiduría e inteligencia espiritual por los cuatro costados. Hay un modo nuevo, siempre sorprendente, de acoger a Dios en la vida cíclica y ordenada de la Iglesia, que nos lleva en espiral a una mejor y más profunda inteligencia acomodándose con paciencia a nuestro mismo desarrollo.
  3. Por último, la vía de la escucha y de la comunión eclesial, expresada por nuestros pastores según el carisma especial que han recibido para el crecimiento y cuidado de la Iglesia.

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