6-nov. El Magisterio

Cuánto me gustaría que se comprendiera adecuadamente la situación del Magisterio de la Iglesia hoy, con todo lo que comporta dentro de una sociedad privilegiada intelectualmente para poder pensar por sí misma, aunque no siempre ejerza este derecho y regalo que se le hace. Digo que cuánto me gustaría porque noto y siento que no es lo que sucede habitualmente. Incluso dentro de la misma Iglesia hay quienes interpretan así o asá, hacen o deshacen a su parecer, y tratan los asuntos de mayor importancia a través de sus meras opiniones.

Conservar un tesoro nunca fue fácil. De eso está llena la literatura y el cine. Conservar una hacienda unida, sin que sea repartida y dividida entre los hijos nunca fue fácil. Los mismos generales de Alejandro Magno se quedaron con distintos reinos, ahogando el imperio resurgente de su corta vida. Pero la Revelación, tanto en la Sagrada Tradición como en la Sagrada Escritura, debe mantener su unidad para bien de los cristianos; y los hijos, los discípulos, los creyentes deben recibir por entero la fe, sin mermarla, ni empequeñecerla, ni seleccionar las páginas o sus gustos. Les va en ello que les demos a conocer verdaderamente a Jesucristo y la salvación, o que, de otra manera, les hagamos un Dios a su medida, una historia contada por hombres para hombres. De ahí que la Iglesia se reconozca a sí misma como necesitada de la asistencia del Espíritu continuamente para llevar adelante esta transmisión, y ore e implore a Dios carismas especiales para la interpretación y la recepción de la Palabra de Dios.

Esta oración y súplica de la Iglesia y de los creyentes, creo que es escuchada por Dios continuamente, de modo que con cada uno va haciendo su camino para que pueda llegar a vivir integralmente, y en unidad con toda la Iglesia, la fe. De hecho, un cristiano por sí mismo, dada su capacidad para recibir y lo particular de su historia y vida, sólo puede mostrar y testimoniar su propio proceso de fe. No la fe de la Iglesia, sino su camino. Y reconoce, aisladamente, que él no tiene la fe de la Iglesia. Sino que la revelación se mantiene en la comunión de vida con los demás creyentes, unidos entre sí a través de sus pastores, y de este modo persevera en la custodia, práctica y profesión de fe recibida.

Y por otro lado, la Magisterio le corresponde la misión, que no se da a sí mismo sino que está inspirado por Dios y es querido por Dios, de interpretar y discernir, de guiar y orientar la fe de la Iglesia. El ejercicio de esta enseñanza sólo puede hacerse en nombre de Jesucristo (con la seriedad que esto comporta), en la comunión de los obispos con el sucesor de Pedro. En absoluto es Palabra de Dios, sino que está al servicio de la Palabra de Dios, con el fin de enseñar puramente y fielmente lo transmitido; no sale de su persona, sino que enseña aquello que está en la Fuente, interpretando en fidelidad. Y creemos que esta tarea no puede darse sin la asistencia del Espíritu, al igual que la acogida de la Palabra también es facilitada e iluminada por Dios mismo dándose a sí mismo a los hombres.

Hablando personalmente, una tarea de semejante magnitud sólo provoca en mí admiración. No sólo amor por mis obispos y pastores, a quienes conozco débiles y frágiles, como personas que son al igual que yo me conozco a mí mismo. Y, de igual modo que a aquellos que llevan peso sobre sus vidas que muchas veces les superan, intento ayudar del mejor modo que puedo. Su carga, sin embargo, no es transferible, más allá del diálogo y de la fidelidad que yo pueda mostrar con mi propia vida, de la búsqueda sincera de Dios y de la verdad con la que pueda servirles, y con el testimonio de lo que vivo. Sin embargo, entiendo que mi lugar en la cadena de la fe es la de recibir, y la responsabilidad que tengo como fiel cristiano, y al igual que todos al servicio de la Iglesia, es la de acoger íntegramente la Palabra de Dios y la de dejarme guiar con docilidad dentro de la comunión eclesial. Todo está pensado para mi bien, todo es querido por Dios para mi bien. Incluso las personas que están al frente de la Iglesia las acojo como un don de Dios para mi propia vida, con quienes busco estar en mayor comunión cada día.

El problema surge cuando algunos olvidan, junto con esta docilidad y amor por la Iglesia, que deben ser ellos mismos, y que deben pensar, discurtir, formar su conciencia, acoger esta Palabra en libertad. O cuando se produce una sospecha que todo lo cuestiona, incapaces de recibir el don de Dios y de sentirse parte de la Iglesia en comunión. Estas dos situaciones, extremas ambas, dan muestra de la complejidad de nuestra situación histórica y eclesial, y se realizan cotidianamente. La docilidad no puede suprimir la propia persona, esclavizándola y minimizándola, cayendo en la idolatría y el endiosamiento de las personas, cuando sólo a Dios debemos rendir culto; y tampoco, por el extremo contrario, hacer nuestra propia iglesia, sin aceptar las mediaciones autorizadas que Dios mismo ha dispuesto para nuestro bien, para ganar en mayor libertad, para impedir la esclavitud de uno mismo a su propio pensamiento y parecer, o para idolatrarse y endiosarse él solo, o dejar que otros lo manipulen de este modo.

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