26-nov. Creer sólo en Dios

Sigo pensando, porque lo llevo muy grabado dentro, que toda persona cree. Es una de mis máximas certezas. Aunque reconozco que hay niveles claros en este verbo tanto en la posible intensidad como en aquello mismo que se cree o aquello a lo que se ofrece credibilidad, que lo hacen claramente diferente del contexto en el que se utilice. No es lo mismo decir que se cree que el sol amanecerá, que se cree que es amigo, que se cree que todo irá bien, que se cree en Dios.

La diferencia fundamental respecto de la fe es que es Dios mismo quien se está comunicando al hombre, en cuya palabra no hay engaño y que es fiel, salvador del hombre. En él no se encuentra error, ni maldad alguna, y todo cuanto dice y hace por el hombre le conduce a la felicidad y la dicha plena.

Algo así es impensable afirmarlo del hombre, ni en el amor más rotundo y radical que exista en la tierra. Lo comparo con aquella persona a quien más queramos y que más nos quiera, y sabré a ciencia cierta que puede estar equivocado, que no estará siempre a mi lado, que me podrá fallar porque limitado y débil. Esta persona, en definitva, está involucrada en el mismo juego que yo mismo, en la existencia. La comunión con Dios, a diferencia sin embargo de la unión con cualquier persona, implica creer en él y creerle por completo, seguirle y aceptar de su mano toda la revelación.

Mucho menos, por tanto, de cualquier cosa. No digo más.

Sin embargo, la fuerza de la fe nace en ambas, y esto sí es sorprendente constatarlo por el amor que nos une. Tanto de Dios con el hombre, como del hombre con Dios, como de cualquier otra persona que me encuentre en este mundo. El amor es la fuerza de adhesión; no el temor, ni el castigo, ni la destrucción, ni de la coacción. El amor es la fuerza que une en tanto que ofrece la libertad, y la conoce la posibilidad de la separación y de la indeseable, aunque necesaria, distancia que nos personaliza y hace ser quienes somos. El amor, y sólo el amor,  vincula estrechamente a quienes no pueden verse, y les hace estar pendientes el uno del otro en una presencia verdaderamente vinculante.

El Catecismo, al respecto, dice varios puntos que os propongo reflexionar:

  1. La fe es adhesión personal. Una relación, que genera comunión con el Dios vivo y verdadero, revelado como persona, y mostrando cómo el hombre puede relacionarse con Dios.
  2. La fe, como adhesión personal, implica al mismo tiempo e inseparablemente, asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado.
  3. Toda, y no parte de lo revelado.
  4. Es justo y bueno creer absolutamente en lo que Dios dice.

20-nov. Obediencia en la fe

Una fe madura abraza la obediencia. Iba a escribir “abraza sin miedo la obediencia en la fe”, y finalmente no lo he hecho. Porque en la fe también existe el miedo, y las dudas, y muchas inseguridades e incertezas. Quisiéramos todo claro y limpio, nítido y fiducial, pero sería una simplificación intolerable de la vida, del hombre y de Dios mismo.

Soy consciente de que hay verdades, de cualquier tipo, que cuesta secundar y a las que no se presta suficiente atención. Incluso aquellas simples y directas, de las cuales conocemos perfectamente sus consecuencias más que posibles. Por ejemplo, está claro que “si no estudias, no aprobarás”, y que lo bueno es aprobar y seguir dando de nosotros todo cuanto podamos, y sin embargo muchos experimentan en la juventud la dificultad por centrarse en el estudio. Por ejemplo, también es verdad que “vivir es un regalo”, y que “debo conocerme a mí mismo”, y que “toda persona tiene sentimientos”. Y todas ellas nos provocarían reacciones vitales de lo más intenso. No son nada fáciles de asumir, aceptar, acoger, creer a corazón entero y con todo el ser.

Mis alumnos en clase se “sorprenden” cuando hablo de que la verdadera libertad comienza en la obediencia, y que su estructura misma requiere verdad y fidelidad para ser buena y ser humana. Nadie quiere vivir de “los muchos posibles” sino “abrazar lo mejor”. Así nuestra libertad es obediencia a lo mejor que podemos encontrar y conocer, intentando responder, también, del mejor modo posible.

Por lo tanto, no me extraña en absoluto que en materia de fe experimentemos resistencias a la Verdad que ha sido revelada, y que incluso llegamos a reconocer como Verdad. No me sorprendo al comprobar la tensión que causa en la vida comprender la fe como obediencia. Es complejo, difícil, costoso. Sin lugar a dudas.

Al mismo tiempo, proclamamos que la verdadera obediencia a Dios no es posible sin la fe, y que tampoco la fe es posible comprenderla en plenitud sin obediencia. El Catecismo presenta dos modelos en relación a esta respuesta.

  1. Abraham, el padre en la fe. Llamado a dejarlo todo, salir de su tierra, encaminar sus pasos a una tierra desconocida y fiado de la promesa de fecundidad. La fe fue su garantía, lo que le hacía valedor y lo que le permitió ser peregrino en la tierra. Por eso muchos le recordarán, y es padre de todos los creyentes.
  2. María, la madre de los creyentes. En su humildad y humillación acogió la Palabra, hizo carne la vida del Hijo, y se mantuvo fiel y dócil a su Palabra a lo largo de toda su vida. En Ella no sólo encontramos “obediencia”, sino esclavitud.

19-nov. La respuesta del hombre a Dios

Si Dios fuera una idea, lo suyo sería el asentimiento, simple y sencillo. Si Dios fuera un sentimiento, responderíamos, por ejemplo, con otro sentimiento. Si se tratase de una norma o ley, la abrazaríamos con toda la voluntad. Al revelarse Dios a sí mismo como persona, como amigo que habla a los hombres, la respuesta se da con todo el ser. Y por tanto con la inteligencia, con la voluntad, con el corazón. Es por tanto totalizante y totalizadora, una presencia que todo lo abarca, y fuera de la cual nada en el hombre queda eximido de su llamada ni de su palabra. Invade el corazón, pero no sólo el corazón. Cuestiona la inteligencia y forma de ver el mundo, pero no sólo se trata de ideas. Mueve a la vida en plenitud, y no se confunde con la ley. Es, como digo, Misterio invisible que se ha dado a conocer con el objetivo de llamar a la comunión con él.

La respuesta del hombre a Dios, por otro lado, sigue siendo libre. Dios no se impone, ni somete al hombre esclavizándolo, ni provoca una reacción en él al modo como Skinner trataba a sus perros. La presencia de Dios ante el hombre dignifica al hombre mismo y le ofrece y brinda la posibilidad de acoger o rechazar, de unirse o seguir su camino, de abrazarlo o alejarse. No hay otro camino, aunque quizá permanezcamos siempre en camino, lo cual es diferente. O una opción u otra se hará de mayor peso, una opción u otra se constituirá en centro de la vida del hombre ante la siempre inesperada visita del Señor, aun en nuestras búsquedas más sinceras.

La fe se comprende como respuesta, por tanto, a la invitación hecha por Dios desde el amor y desde el deseo de recibir al hombre en su compañía y cercanía familiar. La fe nace y tiene origen, no en el hombre propiamente, aunque crea, sino en Dios mismo. De modo que hace responder al hombre desde el sometimiento de la inteligencia y de su voluntad a Dios, es decir, desde el hombre que se comprende en su propia pequeñez ante Dios y comienza a servir al Señor. A esta respuesta la Sagrada Escritura la denomina “obediencia de la fe”. Este sometimiento no significa que el hombre deje de pensar o de sentir o de querer o de desear, ni mucho menos, sino que se da cuenta de que está ante la Verdad, el Bien y la Belleza. De algún modo podemos decir que ha encontrado todo lo que andaba buscando, y que ese sometimiento, de carácter muy práctico pero que nace sobre todo del interior del hombre, significa e implica una adhesión total de la persona que no está exenta de esfuerzo, ni del vencimiento de las tendencias torcidas del hombre. El encuentro con Dios, que deja libre, también transforma, siempre a ritmo humano y con paciencia divina.

15-nov. La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia

Éste es el final del capítulo segundo, en forma de recopilación de cara a la vida práctica de la Iglesia y de todo cristiano. Y me hace recordar que existe algo llamado “Lectorado”, un ministerio menor que se entrega en el camino al sacerdocio, que recibí en una pequeña y sencilla celebración en medio de los escolapios jóvenes de mi provincia, en la casa en la que por entonces vivía. Recuerdo perfectamente que, siendo un paso tan pequeño aparentemente, para mí supuso un momento importante en un tiempo de crisis personal y vocacional. Quise abrazarme y confiar especialmente desde entonces en la Palabra, haciendo de ella algo esencial en mi camino. No era la primera vez que lo pensaba, ni que lo quería, sinceramente. Pero entonces lo necesitaba, y lo pedí encarecidamente en mi interior: “Señor, dame luz con tu Palabra.”

Pequeñas experencias como ésta, y tantas otras, recorren mi vida y mi relación con la Sagrada Escritura, educándome en mi camino personal y cristiano. Antes de anunciarla a otros, ha hecho conmigo un trabajo serio, e intenso. Me alegro de poder proclamar con seguridad que Dios, con su Palabra, siempre se ha mostrado cercano, prudente cuando correspondía, y exigente cuando tocaba. Y, lo quiera o no, está en mi día a día, y dice lo que tiene que decir. Hay días que la recibo con intensidad, otros que su fuerza es más discreta. Pero siempre está, siempre acompaña, y va fortaleciendo cada jornada son sus peripecias y aventuras, sin dejarme indiferente.

Habiendo vivido esto, para mí es fácil comprender que se diga que la Sagrada Escritura es fundamento y fuerza de la Iglesia. Quien tiene presente la Palabra también es capaz de iluminar su historia, y la de otros. Viene en su ayuda interiormente, y puede reconocer su presencia en la realidad, actuando en el mundo. Me ha hecho fuerte en la fe, con una confianza y disposición que no he labrado yo mismo, sin más; una actitud y libertad que ha sido sembrada, poco a poco, por el trato mayor y más inteligente, por la escucha más y más paciente cada jornada.

Así entiendo que la Palabra es el alma de la teología, de lo que decimos de Dios, y también de la misión de la Iglesia, en la predicación y en la pastoral. Sin duda alguna es alimento de vida, requisito para quienes se debilitan en su fe, porque encuentran en ella firmeza, y para los que están en momentos de mayor consolación, ya que el Espíritu les empujará a una semajanza más perfecta con el Señor. ¡Cómo no recomendar su lectura diaria! A mí, que me encanta disfrutar de los clásicos y de diversas lecturas, la Sagrada Escritura, con su lectura y evangelio diario, me parece esencial. Ojalá pudiera además ser compartida cotidianamente.

14-nov. El canon de las Escrituras

Todos sabemos que el canon de la Escritura es la norma que establece qué libros son inspirados como Palabra de Dios, recogidos por tanto y tratados como tales, en la Biblia. Se estipuló así en el Concilio de Roma, del año 382, bajo la autoridad de San Dámaso I. Hay otros libros que pueden estar inspirados, de muchas formas, y con muchos propósitos. Pero no son Palabra de Dios, y aquí está la diferencia que se señala entre canónicos y apócrifos. A todas luces, por lo tanto, se nos muestra que para ser tema conciliar, existía otra literatura paralela a la dictaminada, cuyos efectos en la vida de fe y de la iglesia eran distintos a los frutos del Espíritu, y cometían errores sobre la vida de Jesús. La Iglesia sólo puede determinar esto, como también se puede observar, en comunión de verdad con el Señor Resucitado y bajo la acción del Espíritu. El canon no sólo es una palabra dada en la historia de negación, que hubiera sido más fácil quizá, sino una afirmación recogida para siempre sobre la Palabra de Dios y la vida cristiana.

En total 73 libros, de muy diversas épocas, agurados en el Antiguo Testamento (46 escritos proféticos, sapienciales, incluso novelescos) y el Nuevo Testamento (27 textos, siendo centrales los cuatro evangelios). Tanta exahustividad y finura sólo puede venir del Espíritu. Siendo tantos libros debemos establecer un orden. Pero el orden, no está dentro del canon. Ni siquiera en las Biblias que se editan. Lo fundamental es el contenido.

Me sorprende que a ninguno se le haya ocurrido tirar abajo el Antiguo Testamento, dejarlo meramente como reliquia histórica, como leve intento, como aproximación de segunda categoría. Bueno, se le ocurrió a más de uno. Pero la Iglesia, en su sabiduría, se dio cuenta de que esto no podía ser así. Porque divinamente inspirados, significa que son Palabra de Dios dentro de la pedagogía de preparación del Hijo. Un camino recorrido, acompañados y en diálogo, en el que se significa tanto la cercanía de Dios con el pueblo de múltiples marenas, como también el deseo de los hombres, en ocasiones frágil y envuelto en pecado y maldad, por buscar a Dios hasta encontrarlo. Y, por tanto, son un gran tesoro. Que no ha perdido actualidad, aunque ha encontrado el prisma definitivo desde el que ser leído auténticamente.

El Nuevo Testamento tiene por objetivo central a Jesucristo, y todo lo que de él se deriva, como origen e inicio de la Iglesia bajo la acción del Espíritu. Aunque es así realmente para toda la Escritura, en el NT queda patente y claro. De ahí la necesidad del canon, porque no se trata sin más de hablar de Jesucristo o de contar cosas sobre él, sino de hablar con verdad y como Palabra de Dios permanente y perenne para la humanidad. Dios encarnado, Palabra hecha hombre que en sus actos y palabras, especialmente en su pasión y glorificación, da a conocer quién es Dios y revela al mismo tiempo la plenitud del hombre nuevo.

Junto a los Evangelios, como núcleo esencial de la fe, en tanto que la fe es relación con mismo Jesucristo y él es la Palabra, dimanan otros textos de la Iglesia naciente, como las cartas de Pablo o las apostólicas, los Hechos de los Apóstoles y el Apocalipsis. Interesante colección, diversa y variada, que surge de la misma fuente, del mismo Espíritu, con la necesidad de velar y proteger no sólo a las primeras comunidades sino a toda la Iglesia en su historia de peregrina. Interesante colección también de autores, diversos y tocados por el mismo Espíritu.

  1. Personalmente, el canon me devuelve muchas preguntas y me hace reconocer que la fe sigue siendo la puerta de acceso a las grandes verdades de la Iglesia. En relación con Dios, con el Dios vivo y verdadero, y en comunión con la Iglesia, cuando me planteo la necesidad del canon percibo un cuidado exquisito de parte del Señor para los hombres, para que no busquen donde no hay vida, para que sea señalada la fuente de la Vida verdadera.
  2. Supone un signo más de la presencia del Espíritu en la vida de la Iglesia, dispuesto a mantener la verdad y a llevarnos y unirnos con Jesucristo. Muchos fueron los que escribieron, sobre Dios o sobre la vida de Jesús, incluso cartas con el hombre de algún apóstol. Y obligaron al discernimiento sereno. Lo cual lleva, en primer lugar, a reconocer que es el mismo Espíritu el que custodia la integridad de la fe, y no da igual, ni siquiera con buena intención o deseo de acomodar a los tiempos, qué se diga del Señor. Existe un orden, dentro de la revelación, que ha llegado a su plenitud. El ejercicio posterior supone adentrarse, guiado por el Espíritu, en este inmenso tesoro, sin añadir en él.
  3. La unidad del canon implica una unidad de lectura. El Evangelio queda incomprensible en su verdad última sin el Antiguo Testamento, sin la preparación y pedagogía de Dios, y a su vez el AT se reconoce en camino y atento, siendo Palabra de Dios, hacia la encarnación y salvación del Verbo. La unidad implica también coherencia, sin contradicción, y perfección.
  4. Dicho lo cual, y sabiendo cómo se trata a la Palabra de Dios en la Iglesia con esmero, veneración y cariño, me alegro de haber sido conducido de este modo y de no tener por igual, ni de lejos, el Evangelio a otros libros sobre Jesús, o la Biblia a otros libros de espiritualidad. Gracias a Dios es central y constituyente en la vida de fe, y en la expresión de la misma. Por mucho que otros libros me hagan bien, o me propongan una lectura más fácil y sencilla, más asequible y acomodada de la vida de Jesús. El Evangelio como la Biblia no reciben valor por su lenguaje, sin más, sino por la autoría de los mismos.

12-nov. La Sagrada Escritura, inspirada e interpretada

Últimamente, y reconozco que no hace mucho tiempo de esto, he empezado a nombrar como Sagrada Escritura a lo que siempre he llamado Biblia o Palabra. Este pequeño cambio, que en según qué ambientes estés se nota más o menos, resulta significativo. Y me coloca delante de los textos con reverencia y cuidado. La palabra “sagrado” me lleva a Dios, e introduce en el misterio, como “lo santo”. Será una actitud cultual, respetuosa, que a algunos les puede estar sonando seria y distante. Aunque más bien lo vivo al revés, como espacio abierto por Dios, y no por hombre, para el diálogo y la comunicación.

No hace mucho me pidieron algo que me supuso mucho esfuerzo y contrariedad. Estaba perplejo, confundido. Incluso diría que herido y molesto. Lo que más pesaba en mí era la confusión, y aunque sabía lo que tenía que hacer, porque estaba claro, entraba a jugar también mi libertad, mis sueños, mis deseos, mi interpretación de la vida. A todo esto, me topé con un texto de la Sagrada Escritura, que había leído muchas veces anteriormente. No era, en absoluto, algo nuevo. Me lo sabía de memoria. Pero me supo diferente: “Acoge, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios.” Puedo asegurar que sentirse traspasado y trastocado de ese modo, en la agitación y en la prueba, señaló con rotundidad el norte. Y de lo que más me alegro de todo, fue de la actitud de acogida. Una Palabra acogida como amor, que desveló la compañía de Dios en todo lo que sucedía. Una experiencia que, por mucho que se quiera forzar, no se tiene sino desde la acogida respetuosa, sabiendo que no son ni tus deseos ni tus caminos los que se están trazando, sino que alguien te lleva de la mano, o al menos te indica por dónde seguir a la espera de una respuesta. El diálogo estaba abierto, la Palabra estaba dicha.

La Sagrada Escritura permite al hombre entender a Dios, al estar escrita en lenguas humanas, dicha expresamente para el hombre. Esta semejanza con nuestro lenguaje, al tiempo que facilita, también en ocasiones puede volverse una dificultad, y ser objeto de manipulación. Sin embargo, quien escucha a Dios en la Sagrada Escritura, o mantiene esa actitud de fe y atención, encuentra siempre algo nuevo. Estamos acostumbrados a tener entre nosotros la Biblia, pero deberíamos considerar que Dios no quisiera haber hablado, porque su Palabra es fruto de su libertad y amor, no mera condescendencia con el hombre ni respuesta a su capricho y necesidad. Su Palabra es verdad, en la que Dios se da a sí mismo. Es primeramente Palabra que nace de Dios, porque Dios ha querido. Palabra que se ha hecho plenamente hombre, en Jesucristo, Palabra Única e Hijo Único del Padre. De ahí que la Iglesia cuide y venere la Sagrada Escritura, y también la reparte entre los fieles.

En ocasiones me planteo la facilidad con la que tratamos la Sagrada Escritura, sin excesivo cuidado ni cariño, en nuestra vida cotidiana. Y cómo contrasta esta actitud con la liturgia de la Iglesia, que dispone de una presencia especial para ella, un trato digno y respetuoso, e incluso amoroso a través del beso después de la lectura del Evangelio. Sería bello enseñar a los cristianos a amar la Escritura, antes de leerla o estudiarla, sin más, antes de aprenderla. Como quien se educa para desear que Dios hable, o diga algo. Y así, desde ese silencio, que también se vive en ocasiones a lo largo de la vida, estar receptivos, dejarnos sorprender. Creo que sería oportuna, y se hace, esta reflexión más amplia sobre nuestra actitud ante la Sagrada Escritura. Sin duda, todo lo que se haga por dignificarla, redunda igualmente en nuestra capacidad para escuchar mejor lo que el Señor nos dice a través de ella, y cómo podemos en ella encontrarnos con el Hijo. No se trata, con todo, de “un Libro”, ni de “una colección de Libros”, sino de “la Palabra” de Dios, palabra viva que propicia el encuentro entre Dios y el hombre.

La Sagrada Escritura tiene a Dios como autor, y contiene aquello que fue inspirado por el Espíritu Santo, a través de hombres elegidos, dóciles a la voz del Espíritu y dispuestos así a responder con todos sus dones y capacidades a su acción. Por ello estos libros enseñan la verdad sólidamente, para nuestra salvación.

Lejos de suponer para la fe una dificultad el que esté hecha con la participación santa de autores humanos, me resulta una llamada en el Año de la Fe a dar gloria a Dios por la obra en algunos de sus hijos. Entiendo que, en su decisión por acercarse al hombre al máximo para hablar con él, la presencia de estos escritores humanos es un signo más que apoya la voluntad de Dios por respetar y valorar la libertad del hombre, al tiempo que muestra cómo esa libertad, capacidad y voluntad humana no son signos que le separen de Dios, ni le independicen de su origen, sino que bien orientados muestran su más radical belleza y bondad.

Además, el Espíritu ayuda en la interpretación, al modo como entiendo que podríamos dialogar con el autor de un libro, para que nos explique e ilumine los entresijos, los motivos. Nos pone en comunión, en sintonía con el texto, nos prepara para su recepción e ilumina la inteligencia para comprenderlo en su conjunto, no aisladamente, y en relación a la propia vida. El Espíritu no nos mueve a la curiosidad ni al capricho. Le interesa la vida del hombre, con lo que eso significa, y por eso se aproxima a nosotros de semejante modo.

El CVII señaló tres criterios para una interpretación de la Escritura conforme al Espíritu: (1) Prestar una gran atención al contenido y a la unidad de toda la Escritura. (2) Leer la Escritura en la Tradición viva de toda la Iglesia. (3) Estar atento a la analogía de la fe.

Si lo piensas bien, lo dicho en el párrafo anterior, viene a significar liberar la Escritura del peso y de la manipulación de los sectarismos y de las interpretaciones sesgadas. Lejos de plantear un método fácil, nos pone en el camino de la eclesialidad, de la comunión, de la lectura viva y actuante, y de la adhesión de corazón a la Escritura como la unión misma que fe provoca entre Dios y el creyente. Otras lecturas, con métodos más definidos, sólo podrán ser ayuda en la medida en que abran el tesoro que la Escritura porta, y esta llave sólo la tiene el Espíritu. De modo que cuando se acoge como Palabra de Dios, podemos reconocer que el Espíritu actúa en nosotros.

9-Nov. El crecimiento en la inteligencia de la fe

Llamo la atención sobre el título del post, tomado literalmente del CATIC. He preferido no cambiarlo ni tocarlo porque me resulta muy significativo. Se refiere a la inteligencia de la fe, en lugar de al crecimiento en la fe misma. Pero me parece fundamental subrayar que la comprensión lleva a una mejor vivencia, sin identificar por ello que saber mucho signifique directamente vivir mucho. Lo cual no se dice aquí expresamente, aunque sí quedará claro más adelante. Estamos llamados a creer en la inteligencia de nuestra fe, acompañando de igual modo nuestro crecimiento en otras dimensiones de la vida, de igual modo que alguien que comienza a amar desea saber más de la otra persona, o quien se dispone a confiar lo hace conociendo de qué pasta está hecho ese amigo a quien desvelará sus secretos.

Quiere conocer quien ya cree. Y quizá nos pueda servir de signo o síntoma para valorar el estado actual de nuestra propia experiencia cristiana. Si ha movido mi inteligencia, si me ha llevado a valorar otros aspectos, si tengo más cuidado en lo que pienso, si he examinado con un poco de detenimiento la coherencia de ciertas ideas, si he buscado de algún modo detenerme en alguna lectura, o si he podido expresar con razones, más o menos amplias o limitadas, por qué vivo como vivo, por qué creo en el Dios que creo. Sin embargo, con todo lo dicho, la inteligencia de la fe no es producto de la mera acción o interés del hombre, sino fruto de la acción del Espíritu, dada la naturaleza de aquello que querermos aprehender. El Espíritu nos sitúa ante el misterio que no se ve, con una inteligencia capaz primeramente de amar aquello que estamos contemplando o sintiendo. El Espíritu nos mueve a esa introducción que nos hace sentir dentro, y participar, de aquello que queremos ver mejor, con la humildad de una criatura cuya inteligencia es más solícita que exigente.

Tres son las vías que el Catecismo señala al respecto:

  1. La vía de la profundización, al modo de María, que guardaba en su corazón las palabras del Hijo. Este “llevar en el interior”, repasar y revivir, es primeramente una tarea teológica, que tiene también su especialización, aunque es propia de todo fiel cristiano y debería acomodarse a su nivel cultural, social y personal. Nadie dice que esta tarea se haga sólo en los libros, porque se trata de investigar la verdad revelada, de modo que también incluye la necesaria profundización, por ejemplo, en los signos de los tiempos con la adecuada interpretación y discernimiento. De igual modo, nadie dice que esta tarea deba ejercerse en solitario, sino que más bien debe contagiarse y rezumar de la eclesialidad cotidiana y de la comunión necesaria, del diálogo y compartir que forma parte de la misma vida de fe.
  2. La vía de la vida misma, dada por la asidua participación y repetición de palabras en el contexto litúrgico, o en la vida de la comunidad. De este modo hay personas enteramente sabias en los misterios de Dios que no han abierto jamás un libro al modo teológico, o que no se han detenido especialmente a sistematizar su conocimiento, y que desbordan sabiduría e inteligencia espiritual por los cuatro costados. Hay un modo nuevo, siempre sorprendente, de acoger a Dios en la vida cíclica y ordenada de la Iglesia, que nos lleva en espiral a una mejor y más profunda inteligencia acomodándose con paciencia a nuestro mismo desarrollo.
  3. Por último, la vía de la escucha y de la comunión eclesial, expresada por nuestros pastores según el carisma especial que han recibido para el crecimiento y cuidado de la Iglesia.