29-oct. Las etapas de la revelación

El Catecismo presenta estas etapas divididas en cuatro grandes etapas, que culminan en la revelación definitiva y plena en Jesucristo. Es importante subrayar este aspecto de la pedagogía divina y de la paciencia de Dios, al modo como un maestro va hablando con sus alumnos e introduciéndoles en una materia. Esa paciencia, que tiene en cuenta también los pasos hacia adelante y hacia atrás, es nuestra salvación. No todo se puede mostrar ni enseñar en un instante, hace falta lentitud y ejercicios, porque la “cabeza y cerviz del hombre está endurecida, como su corazón”, y seguir dando pasos aunque algunas veces no todo esté asentado. Dios se muestra en la historia, de este modo, como un pedagogo. Con cada hombre, y con la humanidad. Y su revelación, aunque el hombre la ansíe siempre como total, será acogida según la posibilidad del momento.

Tenemos noticia, por otro lado, de tal revelación gracias al Antiguo Testamento. A través de sus géneros literarios, de su capacidad para discernir en su historia lo que es de Dios y lo que no es de Dios, y sobre todo de la acción del Espíritu Santo que inspira la Escritura para hacerla Palabra de Dios en sentido pleno. Así acogemos, por tanto, estos relatos y tradiciones, en las que Dios se cuenta a través de los hombres y para ellos, con palabras apropiadas para su entendimiento.

  1. El primer tiempo de la historia es previo a la humanidad misma. En la creación Dios da testimonio de sí, dejando en todo su huella, su orden, su belleza, su inmensidad y grandeza. No sólo al principio, sino dándole sostén y fundamento, Dios sigue siendo el Creador de todo. La creación misma es, toda ella, fruto de su amor y comunicación, en el que se da por entero. Pero especialmente, dentro de todo el orden, ha dejado su huella en el hombre y la mujer, creados a su imagen, y por tanto reflejo de su mismo ser. Los primeros padres, figura de la humanidad, señalan que el lugar que corresponde al hombre dentro de la creación es el de la intimidad y familiaridad con Dios, el de la comunión y diálogo con él, en continua presencia. Sin embargo, esta comunicación y conocimiento mutuo se ve rota e interrumpida en el pecado, fruto del engaño, de la mentira sobre Dios y sobre el hombre. En este momento, en el que los hombres niegan a Dios y pretenden ocupar su puesto, Dios se sigue mostrando al hombre con benevolencia y cuidado, no dejando al hombre solo frente a las consecuencias de su pecado, sino ofreciendo salvación y llamando incesantemente al hombre a compartir de nuevo su vida.
  2. El segundo momento se sitúa en la alianza con Noé. La humanidad se presenta ya en este relato bíblico dividida, dentro de un orden plural. División causada para limar su orgullo. Dios hará entonces alianza con la humanidad entera, evitando su destrucción, e iniciando un camino de salvación con ellas agrupadas en países, socialmente. A pesar de la corrupción y maldad que se expresa en los primeros capítulos del Génesis, que muestran cómo el pecado va degradando y dividiendo progresivamente todo lo humano, llegando incluso a darse muerte unos a otros, destacan figuras de especial santidad y bondad que revelan que, por encima de todo, la luz de Dios brilla en la oscuridad, y la bondad no puede ser eliminada del corazón del hombre y de la humanidad totalmente. En la alianza con Noé hay una palabra firme y definitiva de Dios con cada uno de sus hijos, con aquellos que le buscan rectamente, con aquellos que buscan la verdad, el bien y la justicia.
  3. La elección de Abraham da comienzo a la tercera etapa, cuando Dios comienza a reunir a sus hijos dispersos. De este modo, Abraham es llamado “padre de muchos”, padre de la fe. Tres aspectos se destacan, como principales y conectados entre sí, de esta etapa: (a) la llamada a la comunión por un nuevo nacimiento, de modo que, a ejemplo de Abraham todo hombre está convocado a (b) dejar lo suyo, sus modos y maneras, su patria incluso y su vida organizada, para formar parte de (c) un pueblo nuevo entre las naciones, que sea al mismo tiempo quien reciba y mantenga la promesa y la alianza con el Señor, y sea para la humanidad entera raíz y fermento.
  4. El pueblo de Israel, como resto liberado de la esclavitud de Egipo, en el que Dios dará los pasos definitivos hasta la venida del Hijo. Un pueblo elegido entre muchos, un pueblo pequeño compuesto por tribus, descendientes del mismo padre. El Israel liberado concreta la Alianza con Dios en las tablas de la Ley, de modo que hay un reconocimiento mutuo, un pacto de fidelidad indiscutiblemente asimétrico por parte de Dios, y un servicio a la humanidad entera como pueblo de la esperanza. Dios revela a este pueblo su propio nombre, haciéndole mediador y sacerdote de la antigua alianza. De entre el pueblo Dios suscita, en esta última etapa antes de Cristo a profetas y sabios que anuncien decididamente la venida de Dios y la salvación definitiva, que recuerden incesantemente la alianza hecha con Dios, y su fidelidad, que vaya adentrando al pueblo en la lógica de la misericordia y de la bondad.

María, la figura más pura de la Antigua Alianza, será de entre las mujeres la elegida por Dios para ser la puerta de la encarnación del Hijo. De este modo María es, desde la Nueva Alianza y la Nueva Creación, el gozne de la Historia de la salvación.

Personalmente, siempre me ha gustado contemplar esta historia como un proceso de concentración y expansión. Todo camina hacia una puerta pequeña, hacia una mujer, María, y en ella, se hace pequeño y asequible el Salvador del Mundo.

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