24-oct. Conocer a Dios

Las razones no convencen al hombre moderno. Al mismo tiempo, no puede prescindir de la razón. Se ha vuelto un sujeto “transracional“, utilizando la razón no tanto como guía, sino como filtro. De tal manera que la razón se exige en tanto que la fe debe ser razonable y creíble. La existencia de Dios debe comunicarse hoy por otras vías diferentes a las que hasta la modernidad fueron empleadas. El conocimiento, como tal, se debe situar en un contexto apropiado y en la búsqueda de sentido, en verdades que alcancen la totalidad de la vida. Ejercicio al que hoy, incluso con las búsquedas y deseos permanentes en todo hombre, no estamos muy acostumbrados. Sin embargo, el hombre de fe descubre que siempre han estado abiertos ante él, desde la creación misma, dos caminos para llegar a Dios: el mundo y el hombre. En el mundo, con su orden y movimiento y belleza cuestiona y pregunta al hombre, como realidad que no está sostenida en sí misma, que no puede tener ni origen ni final en sí misma. La belleza del universo cuestiona e impresiona al hombre. Por otro lado, el hombre en su profundidad y capacidad, con su apertura a la verdad y al bien se interroga sobre la existencia de Dios a partir de su capacidad espiritual, y descubre en sí una semilla de eternidad, irreductible a pura materia.

Más allá de todo esto, sorprende que Dios quiere que el hombre entre en su propia intimidad. Las pruebas de fe disponen al encuentro. La razón, como capacidad, se queda en el reconocimiento, todavía en la distancia. Pero el hombre busca conocer y amar a Dios.Para ello, más que dejar huellas de sí mismo en el mundo y en Dios, se ha contado a sí mismo y ha abierto para el hombre la posibilidad de acogerle en la fe, relacionarse con él de forma personal.

Lo que la razón alcanza, por tanto, es al Dios del absoluto, al principio y fin de lo creado, como respuesta a los interrogantes del propio hombre, y su búsqueda de sentido. Esa misma razón le permite acoger la revelación y la donación que Dios hace de sí mismo. Sin embargo, la inteligencia y capacidad de conocer del hombre no es un valor absoluto, en la que se pueda confiar sin la necesaria purificación y esfuerzo. El hombre necesita el esfuerzo de su razón para llegar a Dios, y una revisión de sus propias creencias e ideas del mundo. Experimentamos muchas dificultades para conocer a Dios sólo por medio de la razón, “porque las verdades que se refieren a Dios y a los hombres sobrepasan absolutamente el orden de las cosas sensibles y cuando deben traducirse en actos y proyectarse en la vida exigen que el hombre se entregue y renuncie a sí mismo.”

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