13-oct. La fe de los mayores, esos testigos de vida

Nos anteceden muchos testigos en la fe. Los santos de la Iglesia, también los santos de la vida corriente. Aquellos a quienes leo y admiro, que se hacen presente en la celebración y la vida. Y los que dialogan, y los que escuchan, y los que corrigen, y los que admiro por la cercanía de sus vidas, por la pasión de su entrega, por la humildad de su presencia, porque caen y se levantan.

La Iglesia tiene que cambiar la mirada sobre sí misma. Aprender a ver en sus comunidades, testigos, y a escucharlos. Aprender de sus pastores y escucharlos con corazón filial, de forma personal. Aprender de los más pequeños, de quienes sufren y acoger su camino, servirles. Aprender de los que han dado su vida, y ya son mayores, porque se han hecho mayores en la fe, ancianos en la fe, sabios en la fe. En este sentido, me atrevo a pedir tres actitudes que nos ayuden a renovar nuestras comunidades y grupos:

  1. Oración y compartir lo de Dios en clima de encuentro con el Señor. Escucharnos unos a otros, permitiendo que se haga y surja el Espíritu entre nosotros, que se fortalezca la vida de los más pequeños y los más fuertes carguen con las debilidades y dudas de los pequeños, con sus pasos y sus sufrimientos. Nos hace falta mística, profundidad, hondura y compromiso con la fe. Quien habla y confiesa no queda igual. Hemos sido creados para alabar al Señor.
  2. Renovar nuestra mirada sobre el mundo. Porque la fe es esperanza, no crítica. Porque Dios vino a salvar el mundo, no a condenarlo. Porque hay un fuego que, quien se deja llevar por el Espíritu, desea que esté encendido ya en medio de todos los hombres. Amor, justicia, paz no son valores meramente, ni son vivibles sin Espíritu y al margen de Cristo cristianamente. Nuestra mirada sobre el mundo debe estar penetrada de fe. Y nos debemos recordar que el mundo es peregrinar para cada uno de nosotros, camino en el desierto en no pocas ocasiones, y vergel admirable y consolador en muchas otras. La vida que Dios nos ha regalado, y que Dios mantiene en todos, es una maravilla, que reclama la eternidad.
  3. Unidad, proximidad. Eclesialidad de la vida cotidiana, ejercicio de discernimiento para sentirse iglesia, para hablar en primera persona de ella, con nombres propios y con propiedad, respetando el misterio que la constituye, invitando e incorporando a sus tesoros y riquezas a otros. Dando testimonio del amor entre nosotros, especialmente con los más débiles.

Los mayores, en esto, tienen mucho que decir. Sean los santos por su vida virtuosa, sea por tantos virtuosos mayores que nos pueden ayudar en el camino de la fe, que esperan sentados ser escuchados y hablar con prudencia, recordar con pasión su historia, rememorar junto a ellos qué supuso para la Iglesia el Concilio Vaticano II y cómo lo recibieron. ¡Tienen tanto que decir!

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