11-oct. Razones para mi fe

Comienzo por mí mismo. Y veo que siempre he tenido razones para mi fe. Empezando por mi propia familia, siguiendo por el ambiente en el que me movía, que no era siempre fácil ni propenso, y también en las elecciones que he ido haciendo de joven. Pequeñas y grandes, todas sumaban o restaban fuerza. En mis preguntas he encontrado más consuelo que decepción, y más ánimo y libertad que coacción e imposición. Pero fue de joven, antes de la universidad, cuando me cuestioné con seriedad, y siento que tuve la oportunidad de responder con fe y enteramente a Dios. Desde entonces procuro vivir en confianza, mantener la referencia y sentirme unido a Cristo Jesús, dejarme mover por el Espíritu y acoger de Dios, e interpretar desde Dios, cuanto sucede. No siempre es fácil, aunque sé que siempre es posible. Y este siempre, me interroga, impide que me cierre en mí mismo, me despierta y me impulsa.

Tres cosas hoy creo que me ayudan a mantener y crecer en la fe:

  1. La formación recibida. No ganada, ni conquistada, sino recibida. Que me ha ayudado a dar forma a muchas cosas y experiencias, a lo que tenía dentro y a lo que veía pero que estaban para mí desconectadas. Este esfuerzo intelectual no ha quedado, ni de lejos, en algo de ideas, en el mundo del más allá. Se va haciendo carne, y siempre es auxilio. En ocasiones, también es verdad, me interroga seriamente y me pide respuestas, comprensión y actualización más allá de lo aprendido. La formación no trata de libros y de páginas, se forma también en la oración y muy especialmente en el trato y la presencia de Dios en la propia vida. Ahí sí que va tomando cuerpo. Las ideas sólo son una ayuda, y no indispensable absolutamente. El encuentro con Dios se ha dado en muchos lugares, en muchas situaciones. Aunque todos ellos se han vuelto tarde o temprano sincera oración de entrega y de comunicación.
  2. La comunidad, las relaciones, la iglesia. Personas de fe que me han rodeado, con palabras sabias, impulsando y cuidando mi proceso, e igualmente en camino. He tenido el privilegio de vivir, como reconozco que otros sufren o han sufrido, ambientes dogmáticos, cerrados y limitados donde sólo se puede pensar y vivir unidireccionalmente. Para mí el Misterio de la iglesia se ha realizado, y realiza, en una comunión en la diversidad no siempre fácil, aunque muy enriquecedora y apasionante. Cuando Cristo está en medio, está en medio. Y lo puedo vivir a diario con muchas personas. Especialmente en la Eucaristía.
  3. Mi propia libertad, mi propia conciencia, mi propia fe. Creo que también se cuida la fe en la medida en que no se oculta y se muestra con libertad. No todos los contextos son fáciles. Curiosamente experimento que algunos, en los que debería ser más fácil hablar de Dios, se vuelve tedioso y complejo, así como de ciertas cuestiones de moral y de fe. Por el contrario, me sorprende que allí donde hay personas de bien, sin fe y sin pertenecer a la Iglesia, pero inteligentes y de buena voluntad, el diálogo resulta mucho más fácil de lo esperado. Incluso con alejados cuyas vidas se van volviendo serias, allí también. He elegido mostrarme desde la fe, hablar desde la fe y cuidarla así. Esto también me ayuda, aunque no es todo, sinceramente.
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