31-oct. La transmisión de la fe

Aquí vale, para empezar, aquello de que quien ha recibido un regalo lo va diciendo a los demás, como poco. Si puede, lo enseña. No todo se puede enseñar, también es verdad. Porque hay limitaciones. Si me regalan un coche, no lo voy a meter en mi clase. Tendré que llevar a la gente hasta él. Pero si me han obsequiado con una comida, ¿tendré alguna foto dle momento? La cuestión es que, dentro de la dinámica del regalar y del vivir está también la de extenderse, aunque sea con una sonrisa, con una alegría, con el tono vital más allá de la persona que la recibe.

Respecto de la fe, exactamente igual. El tesoro y regalo de la fe ansía que, quien lo recibe, sea capaz de llevarlo más allá de sí mismo. Con dos ventajas: la primera, que se puede compartir enteramente, de modo que cuanto más se da y más se extiende, se hace más grande y se multiplica en mayor medida; y, por otro lado, que no depende enteramente de quien  comunica, sino de la relación y apertura de la persona a Dios, que es quien entrega verdaderamente la fe. Me imagino entonces que es como dar a conocer a dos amigos, a quien te lo ha regalado todo y a quien te acompaña en tus cosas de la vida, de modo que ambos puedan entablar esa relación hasta el punto de que tu otro amigo también reciba el gran don que tú disfrutas ya. Compartir la fe es “poner en contacto”, crear relaciones, vincular a otros hombres con Dios, acercarlos, aproximarlos, permitir que otros se sientan cómodos con Dios, que entablen diálogo… Algo así es transmitir la fe.

Este regalo se dio enteramente, de parte de Dios, en Jesucristo. Los primeros en recibirlo por entero fueron, por tanto, el grupo de discípulos. De esta manera se constituye la Tradición Apostólica, con la enorme responsabilidad de guardar el tesoro de la fe íntegro, para comunicarlo íntegro. No como reserva, para sí y sólo para sí, sino para seguir dándolo por entero, completo, y ayudar a otros a descubrir enteramente al Señor, el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, la vocación a la santidad a la que somos llamados. Tanta fuerza tiene este tesoro que une a los hombres en la fe, constituyendo la Iglesia en torno a Cristo mismo, al Resucitado, el verdadero tesoro que está deseando dar a conocer al mundo.

Esta comunicación comenzó con el mismo Jesús, que envió a los suyos a anunciar el Reino y a curar y salvar, como pescadores de hombres, como corderos en medio de lobos, como peregrinos sin bastón ni bolsa. Se trata de un anuncio y de la comunicación de los bienes divinos, una palabra y su cumplimiento definitivo. De modo que los apóstoles utilizaron todo cuanto estaba a su disposición, con sus palabras y con sus obras, con toda su vida, y también por medio de escritos. Así se completa la generación apostólica, con todo este testimonio de quienes pertenecieron a su generación y tuvieron trato con Cristo. En todo este anuncio los apóstoles no hablan de sí mismos, ni se ven a sí mismos como el regalo que Dios tiene para el mundo. Sino que su referencia es el mismo Dios, hecho hombre, y la salvación realizada en el misterio pascual. El kerigma condensa primeramente esta fe, en la que se ve que el centro está en Jesucristo, con su muerte para el perdón de los pecados y su resurreción para otorgar vida nueva al hombre, vida eterna, invitando a todos a participar de ella.

En esta responsabilidad, los apóstoles no se ven solos ni desvalidos, ni abandonados por el Señor, sino capacitados por el Espíritu Santo, que vive en ellos como en un templo, para mostrar al mundo enteramente la riqueza de la fe. Es por tanto el Espíritu quien obra en ellos, siendo dóciles a la voz de su llamada y al impulso de la misión.

30-oct. Cristo Jesús, mediador y plenitud de toda revelación

Antes de hablar de Cristo Palabra, el Catecismo se refiere a la fragmentación de la revelación anterior. Y nos invita a comprenderla de este modo, en la verdad de una experiencia y revelación que no estaba completa, y que quería más, y que alcanza su culmen y máxima expresión posible en Cristo. Si Cristo es la Palabra completa y definitiva del Padre, podemos decir que con anterioridad Dios había hablado con palabras particulares y concretas, en diálogo sincero con el pueblo, en respuesta en gran medida a sus necesidades y demandas dentro del progreso de la historia de la Salvación. Estas palabras “pequeñas” e incompletas le iban capacitando para acoger la Palabra en el culmen de la historia. De este modo se señala la validez y eficacia de las mediaciones, diversas y múltiples de la etapa anterior, al tiempo que se da un salto cualitativo en su recapitulación y máxima expresión en Cristo. No se trata sólo de un aspecto cuantitativo, sino de un salto de lo parcial a lo total, de lo fragmentado a la unidad. En Cristo está todo lo anterior recogido como promesa, y se expandirá su Palabra como prolongación y desarrollo de lo que Cristo es. Así se constituye en centro de toda la historia, en fuente y culmen.

Por otro lado, se subraya la importancia de Cristo como Palabra única. Dios no tiene más Palabra que la del Hijo, que ha sido entregada por completo a los hombres, haciéndoles llegar así su designio y voluntad salvífica, y entablando con ellos un diálogo, más allá del cual ya no se puede decir nada más. Todo ha sido dicho, por parte de Dios, en Cristo Jesús. De modo que el hombre que quiera conocerle, buscarle y dialogar con Él, lo hará a través del Hijo.

La experiencia de la mediación humana es imprescindible. El hombre no tiene acceso a nada si no es “a través de”, sean palabras, sean ideas, sean experiencias, sean sentimientos, sean tradiciones. Todo está mediado para el hombre. Y estas “mediaciones o intermediarios”, puestos en medio de aquello que se busca y la persona, pueden en ocasiones ser facilitadores o impedimientos, como si se tratase de grados de trasparencia y de autenticidad. En ocasiones experimentamos la dificultad para llegar a la esencia por la incapacidad de la mediación, como puede pasar en clase con un buen o mal maestro, o en casa con un buen o mal padre-educador, o con un amigo en tanto que mediador del don de la amistad, o con un libro o escrito en tanto que mediadores de la sabiduría, o incluso con un chiste como mediador del humor y de la alegría. De modo que, cuando decimos que Cristo es mediador, afirmamos al mismo tiempo dos cosas: que en Él tenemos acceso libre y confiado al Padre, porque ha roto el muro que nos separaba de la Vida, de la Verdad, del Bien, de Dios mismo; y que Él es absolutamente trasparente, por tanto, al Padre siendo Dios mismo, haciendo de facilitador y de Camino para el acceso a Dios. Por un lado, Cristo en su humanidad acoge y da a comprender al modo humano, por otro hace explícito el contenido de la revelación.

Las tres cuestiones de hoy me parece que son elementos configuradores de la experiencia cristiana, al tiempo que purifican nuestra fe de idolatrías y de falsedades. No se trata de sólo Cristo, o de sola Palabra, sino de reconocer en Cristo, en toda su realidad, como mediador de Dios perfecto y como plenitud de la revelación. Existen por tanto otros caminos, fragmentados, que también nos acercan a Dios, acercándonos poco a poco a Cristo, que es la plenitud de todo lo anterior. Y existen, como no puede ser de otro modo, más signos y muchas ayudas para la vida cristiana, que nos permiten comprender y actualizar nuestra fe y armonizarla con la vida, pero tendrán en Cristo su centro. No son palabra nueva, sino desarollo o comprensión de lo que ya ha sido mostrado en el Hijo, y en Él tendrán su luz y fuerza verdadera. Así la Iglesia ha expresado que el Espíritu Santo es el Espíritu del Hijo, que nos hace vivir como hijos adoptivos. Y así la experiencia cristiana reconoce en la tradición que se ve orientada, cada vez más, hacia Cristo como cabeza, en quien se recapitula todo.

29-oct. Las etapas de la revelación

El Catecismo presenta estas etapas divididas en cuatro grandes etapas, que culminan en la revelación definitiva y plena en Jesucristo. Es importante subrayar este aspecto de la pedagogía divina y de la paciencia de Dios, al modo como un maestro va hablando con sus alumnos e introduciéndoles en una materia. Esa paciencia, que tiene en cuenta también los pasos hacia adelante y hacia atrás, es nuestra salvación. No todo se puede mostrar ni enseñar en un instante, hace falta lentitud y ejercicios, porque la “cabeza y cerviz del hombre está endurecida, como su corazón”, y seguir dando pasos aunque algunas veces no todo esté asentado. Dios se muestra en la historia, de este modo, como un pedagogo. Con cada hombre, y con la humanidad. Y su revelación, aunque el hombre la ansíe siempre como total, será acogida según la posibilidad del momento.

Tenemos noticia, por otro lado, de tal revelación gracias al Antiguo Testamento. A través de sus géneros literarios, de su capacidad para discernir en su historia lo que es de Dios y lo que no es de Dios, y sobre todo de la acción del Espíritu Santo que inspira la Escritura para hacerla Palabra de Dios en sentido pleno. Así acogemos, por tanto, estos relatos y tradiciones, en las que Dios se cuenta a través de los hombres y para ellos, con palabras apropiadas para su entendimiento.

  1. El primer tiempo de la historia es previo a la humanidad misma. En la creación Dios da testimonio de sí, dejando en todo su huella, su orden, su belleza, su inmensidad y grandeza. No sólo al principio, sino dándole sostén y fundamento, Dios sigue siendo el Creador de todo. La creación misma es, toda ella, fruto de su amor y comunicación, en el que se da por entero. Pero especialmente, dentro de todo el orden, ha dejado su huella en el hombre y la mujer, creados a su imagen, y por tanto reflejo de su mismo ser. Los primeros padres, figura de la humanidad, señalan que el lugar que corresponde al hombre dentro de la creación es el de la intimidad y familiaridad con Dios, el de la comunión y diálogo con él, en continua presencia. Sin embargo, esta comunicación y conocimiento mutuo se ve rota e interrumpida en el pecado, fruto del engaño, de la mentira sobre Dios y sobre el hombre. En este momento, en el que los hombres niegan a Dios y pretenden ocupar su puesto, Dios se sigue mostrando al hombre con benevolencia y cuidado, no dejando al hombre solo frente a las consecuencias de su pecado, sino ofreciendo salvación y llamando incesantemente al hombre a compartir de nuevo su vida.
  2. El segundo momento se sitúa en la alianza con Noé. La humanidad se presenta ya en este relato bíblico dividida, dentro de un orden plural. División causada para limar su orgullo. Dios hará entonces alianza con la humanidad entera, evitando su destrucción, e iniciando un camino de salvación con ellas agrupadas en países, socialmente. A pesar de la corrupción y maldad que se expresa en los primeros capítulos del Génesis, que muestran cómo el pecado va degradando y dividiendo progresivamente todo lo humano, llegando incluso a darse muerte unos a otros, destacan figuras de especial santidad y bondad que revelan que, por encima de todo, la luz de Dios brilla en la oscuridad, y la bondad no puede ser eliminada del corazón del hombre y de la humanidad totalmente. En la alianza con Noé hay una palabra firme y definitiva de Dios con cada uno de sus hijos, con aquellos que le buscan rectamente, con aquellos que buscan la verdad, el bien y la justicia.
  3. La elección de Abraham da comienzo a la tercera etapa, cuando Dios comienza a reunir a sus hijos dispersos. De este modo, Abraham es llamado “padre de muchos”, padre de la fe. Tres aspectos se destacan, como principales y conectados entre sí, de esta etapa: (a) la llamada a la comunión por un nuevo nacimiento, de modo que, a ejemplo de Abraham todo hombre está convocado a (b) dejar lo suyo, sus modos y maneras, su patria incluso y su vida organizada, para formar parte de (c) un pueblo nuevo entre las naciones, que sea al mismo tiempo quien reciba y mantenga la promesa y la alianza con el Señor, y sea para la humanidad entera raíz y fermento.
  4. El pueblo de Israel, como resto liberado de la esclavitud de Egipo, en el que Dios dará los pasos definitivos hasta la venida del Hijo. Un pueblo elegido entre muchos, un pueblo pequeño compuesto por tribus, descendientes del mismo padre. El Israel liberado concreta la Alianza con Dios en las tablas de la Ley, de modo que hay un reconocimiento mutuo, un pacto de fidelidad indiscutiblemente asimétrico por parte de Dios, y un servicio a la humanidad entera como pueblo de la esperanza. Dios revela a este pueblo su propio nombre, haciéndole mediador y sacerdote de la antigua alianza. De entre el pueblo Dios suscita, en esta última etapa antes de Cristo a profetas y sabios que anuncien decididamente la venida de Dios y la salvación definitiva, que recuerden incesantemente la alianza hecha con Dios, y su fidelidad, que vaya adentrando al pueblo en la lógica de la misericordia y de la bondad.

María, la figura más pura de la Antigua Alianza, será de entre las mujeres la elegida por Dios para ser la puerta de la encarnación del Hijo. De este modo María es, desde la Nueva Alianza y la Nueva Creación, el gozne de la Historia de la salvación.

Personalmente, siempre me ha gustado contemplar esta historia como un proceso de concentración y expansión. Todo camina hacia una puerta pequeña, hacia una mujer, María, y en ella, se hace pequeño y asequible el Salvador del Mundo.

Libro (1) y Blog (1)

Un libro clásico, de fácil acceso incluso en internet: “Introducción al cristianismo“, de J. Ratzinger. Un tesoro, que sorprende por su agudeza y vitalidad, nada fácil de leer. Lo recomiendo el primero porque lo considero una síntesis cualificada y portentosa. De las que sitúa las cuestiones y da claves y fundamentos para la fe, más allá de los juicios simpáticos y agradables, y mucho más lejos de los dogmatismos inhumanos. Responder con claridad a una fe que necesita entendimiento y a la razón humana, que ansía conocer también el misterio de Dios. Dos indicaciones para su lectura:

  1. Leer con orden y concierto. Es decir, ir de principio a final al menos una vez en la vida, y dejar de saltear y recurrir a los buenos libros como recursos esporádicos. Introduce, como bien dice, en el cristianismo. Y eso requiere paciencia.
  2. Leer con lápiz y cuaderno. Porque será necesario anotar en más de una ocasión. Al menos yo lo he necesitado. En parte porque es mi modo de leer. Y el cuaderno para hacer la propia lectura de los acontecimientos. Un libro que se lee en la literalidad meramente es una soga en la inteligencia del hombre, que ahoga el espíritu.

Pensar por libre” es una verdadera inspiración para la vida cotidiana, fresco y vivo, con pasión y mucha libertad. Un blog en medio del mundo, o en las fronteras, como se quiera decir. A los Enrique Monasterio no le gusta que lo definan como blog, sino como globo, por aquello de los inteligentes juegos de palabras. Y para el año de la fe ya está aportando su granito de arena.

  1. No te lo pienses, y suscríbete. Así llevo un tiempo. Y nunca defrauda ni cansa. Sus letras son cercanas y claras. Y hacen reír. Sirve para todos los días, ¡cómo no ser bueno entonces en el año de la fe!
  2. Si te animas, quiere hacer algo con colaboradores para el año de la fe en su blog. Así que, ahí lo dejo. Al menos que nuestra fe se empiece a mover. Internet también es un mundo que necesita del testimonio y del buen hacer creyente.

Especial, fin de semana

Los fines de semana tendremos edición especial en este blog, decicado al Año de la Fe. Y consistirá en silencio el sábado -podría justificarlo con el “santo silencio” del sábado santo, pero no lo haré- y celebración dominical y descanso -podría justificarlo con las palabras de la Iglesia y el mandato del Señor, pero no lo haré-. Las solemnidades y días de guardar procederé habitualmente del mismo modo. Lo cual me vendrá bien a mí y a otros. Pero seré libre para saltarme el sábado cuando lo crea conveniente y escribir en agradecimiento al Señor el domingo cuando estime oportuno. ¡Libertad y fe!

Dicho sea de paso, así me permitirá adelantar el trabajo de la semana para el blog, y hacerlo de manera más reposada. Aunque el tono que emplearé seguirá siendo similar. Referencias académicas hay muchas, por doquier. Los que escriben libros son, por ahora, más importantes que los que escriben en blogs. Así que, leed si podéis a los importantes. Ellos sí que saben. Y os lo agradecerán. Lo mío es gratis, al menos para mí.

Los fines de semana aprovecharé para sondear por ahí y conocer otros blogs que estén en lo mismo: cultivando el año de la fe, proponiendo, uniendo, orando, reflexionando, catequizando… Y también os contaré qué tal van algunas publicaciones, sacando lo viejo y lo nuevo. Para ello utilizaré las categorías blog y libro de forma exclusiva. Así irás directo a ellas.

Por último, si te apetece o crees que puede venir bien, hacer un repaso de la semana, ahí queda.

26-oct. Dios sale al encuentro del hombre

Y a ese “salir de sí”, para comunicarse y donarse, lo llamamos “revelación”. Un término precioso, que deberíamos cuidar, con el que queremos hablar de algo fascinante: Dios, antes de que el hombre pueda ir en su búsqueda, cuando es como un niño pequeño que gatea en la fe, va hacia él para hacerse el encontradico y protegerle. Al igual que cuando éramos niños nuestros padres se asomaban en la cuna, y nos robaban una sonrisa haciendo una carantoña, así me imagino yo a Dios en mi vida espiritual en más de una ocasión. Y al igual que no recuerdo la cara de mis padres, porque yo era pequeño, entiendo que tampoco puedo recordar esta preciosa y hermosa relación con Dios, en la que él se dejaba ver y a mí me alegraba el alma.

La revelación divina pertenece a un orden de conocimiento inalcanzable para el hombre, por el hombre mismo. Sí es capaz de recibirla, porque está capacitado para acogerla. Pero no para crearla por sí, ni imaginársela tan siquiera. Porque corresponde al ámbito del Misterio personal de Dios. Del mismo modo que podemos estar mirando a una persona o familiar eternamente, sin saber qué piensa o qué siente o qué quiere, porque ni el pensamiento, ni el sentimiento, ni la voluntad se pueden ver, así ocurre con Dios. Nuestra capacidad llega hasta donde llega, que es a vislumbrarle y amarle como absoluto, como eterno, como principio y origen de todo. Pero de ahí a que ese Absoluto quiera hablar conmigo, darse a sí mismo y compartir su vida, hay un salto infinito. A este salto lo llamamos revelación, porque Dios se re-vela, se muestra y vuelve a su ser.

Además de contarse a sí mismo, da a conocer su voluntad y designio de salvación, su compromiso, por así decir, con el hombre desde la eternidad. Ya no es que Dios sea origen de todo, incluido el hombre, sino que en ese diálogo el hombre mismo aprende que ha sido creado por amor, no de cualquier modo, ni de cualquier manera, y con un destino de amor, para el amor y para la comunión con Dios. Y por tanto, todo hombre, dentro del proyecto de salvación de Dios, ocupa un lugar y tiene una misión. Este carácter salvífico de la revelación llega a su culmen no en los grandes padres y profetas del Antiguo Testamento, sino en el mismo Hijo, como muestra definitiva y última -en tanto que final- de Dios con el hombre. En Jesucristo todos conocemos lo que el Padre desea de nosotros, y el amor que nos tiene, por la Cruz y la Resurrección.

Y también la revelación comporta un carácter pneumatológico, en la entrega del Espíritu Santo, como Dios que vive y alienta en el corazón y la vida de las personas, y los llama a la comunión plena con él. Una unidad que a nosotros se nos escapa, tanto como destino, como en los medios por los que podemos alcanzar semejante libertad y tamaño amor. Lo que Dios nos cuenta, de este modo, se nos da como eternidad, en tanto que siempre fue su voluntad amar y salvar a los hombres, entablar con ellos trato de amistad y cercanía, disfrutar juntos de todo lo creado en su orden, belleza y esplendor.

Es la revelación, la que capacita para la respuesta, para el conocimiento y para el amor, al igual que cuando alguien nos llama por nuestro nombre en mitad de la multitud, y nos conoce y reconoce, y se muestra interesado en nuestra presencia aunque nosotros vivamos en la ignorancia. Dios, de esta manera, se abaja a nosotros y a nuestro lenguaje y formas, para que a través de ellas sepamos trascender e ir más allá de las mismas, hacia otro orden de realidad en el que el cielo y la tierra no estén divididos, en el que el hombre no esté encerrado en sí mismo sin los otros, en el que el hombre y la creación no se vean separados o sientan subordinados irresponsablemente, en el que el hombre y Dios puedan convivir al modo como Padre e hijo en el HIjo, como Creador amante y creatura agradecida.

25-oct. Nuestro modo de hablar de Dios

Cuando decimos hoy que necesitamos cambiar nuestro lenguaje sobre Dios, afirmamos al mismo tiempo dos cosas: (1) que podemos, fruto de nuestro conocimiento y de nuestras experiencias y vivencias personales, hablar de Dios, y que nuestra capacidad racional da para ello, y para que nos podamos entender, y para que seamos entendidos por otros que quizá nunca han escuchado una palabra sobre Dios; (2) que existen muchos lenguajes posibles sobre Dios, unos mejores y más cercanos, otros más equívocos y distantes; todos ellos parten de las limitaciones y grandezas de nuestro conocimiento de las realidades craedas; y que por lo tanto debemos estar atentos a nuestras palabras, porque son relevantes.

En cualquier caso, ¡cuánto me alegro de que ninguna cultura haya reflejado la experiencia religiosa en palabras que sólo unos pocos podían conocer, y en lenguajes ocultos. Todas, para hablar de Dios, utilizan las palabras que tienen a mano, los verbos que tienen a mano, el lenguaje de la vida cotidiana. Y desde él, se alzan y atreven a lo sublime y a lo eterno. ¡Qué grande!

En este sentido, es muy clarificadora por ejemplo la experiencia de la paternidad en la tierra para hablar de la Paternidad mayúscula de Dios con todos los hombres. Según algunos, hay quienes tienen limitaciones a la hora de hablar de Dios como Padre, porque esa palabra refleja para ellos una relación poco sana, decepcionante o dañina; mientras que para otros, sería todo lo contrario, en función de su propia experiencia de paternidad, más bondadosa, de mayor confianza, más cercana. Lo que en ocasiones no nos planteamos es que esta “palabra” nace en la vida del mismo Jesús, y que es Él quien nos la comunica desde su encarnación, desde sus relaciones familiares, y también desde el trato con la Palabra, en el Antiguo Testamento. Las palabras, además, nos llevan a la acción, a comportarnos y vivirnos, a buscar de un determinado modo. No es lo mismo “Padre”, sabiendo que es Jesús quien lo pronuncia, que “Papaito”, que “Papá”, que “Abuelo”. Respondemos de modo diferente a su Palabra.

Respecto al modo como hablamos de Dios, la Iglesia insiste en dos puntos muy importantes:

  1. El mejor lenguaje para referirse a Dios es el de las personas, y el de las relaciones personales. Dios es personal, se ha revelado como un Dios personal. Porque Dios quiso dejar su huella en el hombre, creado a su imagen y semejanza. Y este “parecido” nos permite reflejar la perfección de lo infinito. Y en el hombre encontramos ese deseo de más, esa aspiración a la grandeza, la capacidad para nombrar incluso aquello que no puede alcanzar con sus fuerzas, pero sí soñar.
  2. El lenguaje humano debe purificarse, reconocer su límite y no hacerse absoluto, de modo que no nos lleve a confusión. Podemos decir en catequesis que Dios es amigo, siempre y cuando la amistad esté clara en lo que significa, y siempre y cuando cuando sepamos que Dios no es un “colega”. Nuestra semejanza con Dios se construye en la enorme difernecia y distancia que  hay entre el Creador y la criatura.

Además, contamos con la revelación, con una Palabra en la que Dios se ha contado a sí mismo, encarnada en Jesús. Dios habla, y ha hablado, y sigue y seguirá hablando. Misterio abierto con lenguaje asequible al hombre, para que el hombre entienda, acoja y comparta.

Y también, respecto del lenguaje, estamos llamados a compartir comprensiblemente unos con otros aquello que conocemos de Dios. En un ejercicio de discernimiento común, más que de autoridad y de enseñanza, superando dogmanismos e iluminismos, para iluminarnos y ayudarnos en el caminar. Aquí las palabras que son comunes, las experiencias que son comunes, el enriquecimiento mutuo en el que superamos los propios esquemas, se vuelve a nuestro favor como elemento purificador en el que yo intento conocer más allá de lo propio, sin hacer lo mío lo exclusivo de la Iglesia.

Algunos han abogado, a lo largo de la historia, por una comprensión negativa de Dios, en la que el hombre sólo puede decir aquello que Dios no es. Algo que, aunque parezca muy real, nos hace caer en el desconocimiento de Dios, en la no aceptación de su Palabra y de la revelación. Una cuestión es decir que Dios siempre es “más” y otra, muy distinta, negar toda posible expresión de Dios.

Después de esta pequeña reflexión sobre el lenguaje y Dios, creo que sería bueno entre los cristianos reconocer que, si bien por lado necesitamos una forma de hablar de Dios que llegue más a la gente, también sería muy conveniente para nuestra fe y nuestra espiritualidad, para nuestra relación con Dios en la oración o la misión, recuperar un respeto bien entendido y una cierta unción a la hora de hablar de Él y de nombrarle, y de llamarle. En esta actitud, de toda la persona y de toda la comunidad, se recuperaría el sentido hondo del lenguaje sobre Dios, de quien no podemos hablar, y eso sí es cierto, de cualquier modo.